Durante miles de años, los incendios han formado parte de la naturaleza del Parque Nacional Gila; sin embargo, hemos tratado de eliminarlos
(Tomado de guardian.co.uk, traducción de Félix Ramos Gamiño)
El humo del incendio de Wallow cubre el cielo sobre Nuevo México, en junio de 2011. Foto: Jae C Hong/AP.
Este año significó mi décimo verano en la misma torre de incendios, para vigilar una franja del Parque Nacional Gila, en el suroeste de Nuevo México, donde cada año surgen en el paisaje cientos de incendios forestales, causados por rayos.
Cuando la gente me pregunta qué es exactamente lo que hago yo allí, la respuesta más sencilla que puedo encontrar es que se me paga por mirar las montañas todo el día. Si se levanta una voluta de humo, utilizo mi radio para enviar un mensaje y activar la alarma. A veces, se combate al fuego; a veces, se permite que arda, lo cual depende de oscuros cálculos sobre los “valores en peligro” versus el “beneficio para los recursos forestales”. Desde principios de mayo y hasta mediados de agosto de este año, detecté seis incendios, menos de uno por cada diez días que me pasé en mi torre de observación. Por lo tanto, durante la mayor parte del verano, mi tiempo fue mío exclusivamente, y también lo fueron los estados de ánimo de las montañas. No había televisión, no había conexión con internet y no había teléfono. La carretera más cercana quedaba como a 7.5 kilómetros.
En otras palabras, pura felicidad. Por algún tiempo.
Durante la mayor parte de este verano, el humor de la montaña no resultó nada agradable. Un invierno extraodinariamente seco había azotado el suroeste americano, y en mayo y junio el viento soplaba fieramente, a veces casi a cien kilómetros por hora. Allá en el lejano oeste, a unos 150 kilómetros, al otro lado de los límites del Estado, se declaraban incendios gigantescos y llenaban de humo mi horizonte. En algunos días, daba la impresión de que todo el Estado de Arizona estaba envuelto en llamas. El incendio de Wallow, ahora registrado como el mayor incendio forestal en la historia de Arizona, destruyó 217 mi 741 hectáreas, y cruzó hasta Nuevo México, en su frente oriental. Las puestas de sol eran apocalípticas.
Y entonces, como lo hacen la mayor parte de los años, en julio llegaron las lluvias y pusieron fin a los incendios. En lugar de incendios y humo los peligros adquirieron las formas de deslaves e inundaciones, ya que las tormentas descargaban intensas precipitaciones en el campo, donde se habían quemado los árboles, y dejaron expuerto el desnudo suelo. Otro peligro surgió en la forma de oportunistas e ideólogos. Los políticos organizaron mítines para exigir el castigo del Servicio Forestal de los Estados Unidos, por su mal manejo de los bosques. Se aliaron a los intereses de la tala y el pastoreo, y señalaron que las motosierras y las vacas podrían prevenir grandes incendios en el futuro, siempre y cuando se les diera luz verde para hacer lo que les viniera en gana con tierras públicas propiedad de todos los americanos.
La ironía era algo delicioso, porque, si uno habla con científicos, éstos dirán que precisamente la tala y el pastoreo, -así como un siglo de supresión de fuegos silvestres- eran los causantes de los espectáculos de gigantescos e indomables incendios en los bosques del oeste americano.
En fechas tan cercanas como el siglo XIX, el régimen de incendios en esas tierras consistía en frecuentes (estamos hablando dos o más por decenio) fuegos superficiales de baja intensidad, que se desplazaban principalmente sobre los pastos, pero dejaban incólumes los árboles, ampliamente espaciados, del viejo y crecido bosque.
En lo particular, los pinos Ponderosa estaban perfectamente adaptados para soportar tales fuegos. Su gruesa corteza, resistente al fuego, combinada con su costumbre revolucionaria de dejar caer sus ramas conforme crecían, los convirtió en rudos sobrevivientes de un ecosistema propenso al fuego.
Entonces empezaron la tala y el pastoreo. En segundo término, el crecimiento del bosque se produjo con mayor densidad, en parte porque el voraz ganado se había comido la hierba, con lo que removió el fino combustible con que previamente se habían alimentado los fuegos silvestres. La supresión de estos fuegos no hizo sino fortalecer la densidad de los combustibles, en tanto que los árboles jóvenes y los retoños, que en algún tiempo habían sido destruidos por el fuego, o que habrían sido ahogados por los pastos densamente enraizados, se arraigaron y desparramaron.
Esto nos dejó con cargas de combustible de magnitud muy por encima de las normas históricas. Cauterizado por la sequía, un bosque enfermo e innatural estaba perfectamente preparado para convertirse en un enorme penacho de humo.
Hay un dicho que corre entre mis colegas de la comunidad de los incendios silvestres: que durante el siglo XX, a pesar de nuestro éxito fenomenal en eliminar los incendios de las tierras públicas, no fuimos tan exitosos en su generación como en su eliminación. Especialmente entre los efectos del cambio climático, los días de iniciar incendios han terminado. Pero, si algo he aprendido en mi década de tranquilo observador de la montaña, es el hecho de que el fuego es tanto una fuerza creativa como destructiva, y que de los ennegrecidos tocones, el bosque se renovará a sí mismo una vez más. Lo que no sabemos es qué tipo de bosque iremos a tener. ¿Seguiremos los consejos de los rancheros y los madereros, y de sus favoritos en el Congreso, y volveremos a las motosierras y las vacas, repitiendo así los errores que nos condujeron a esta situación? ¿O aprenderemos algo de humildad, y reconoceremos que vivimos en un ecosistema adaptado al fuego, y permitiremos que la tierra siga su propio, a veces salvaje curso, para recuperarse?
Las respuestas a estas preguntas determinarán el carácter de los próximos incendios.
