Doctor Enrique Florescano
Historiador El Colegio de México / U de París
Comenzaré con la reseña de un logro no suficientemente destacado por los estudios históricos y antropológicos: el derrocamiento del canon historiográfico que impuso a fines del siglo XIX México a través de los siglos, el libro colectivo dirigido por Vicente Riva Palacio.
Como es sabido, esta obra fue la primera que integró los hasta entonces contradictorios pasados de la nación y postuló el mito de la nación homogénea. Uno de los primeros efectos de la aparición de México a través de los siglos fue difundir una narración exaltada de la unidad nacional, que borró la silueta de las regiones y los pueblos. Como se ha escrito, la historia se convirtió en biografía del Estado, y el faro que guió estas obras fue el modelo establecido por México a través de los siglos. La historia que entonces importó relatar era la de los tres movimientos que construyeron el Estado nacional: la Independencia, el movimiento de Reforma y la Revolución de 1910, de la cual emergió el Estado revolucionario. De este modo, la historia del siglo XX se convirtió en la “historia del encumbramiento del Estado posrevolucionario, visto por él mismo”.
VISIÓN OFICIAL DE LA HISTORIA
A pesar de que estos tres movimientos tuvieron su origen en el interior del país y nacieron como reacciones contra la opresión centralista, el nacionalismo revolucionario los transformó en una suerte de arquetipos de la homogeneidad de la nación. De 1920 a 1970, durante cinco largas décadas, la visión oficial de la historia posrevolucionaria se impuso en la mentalidad de los historiadores, las instituciones y el libro de texto, sin que casi nadie osara desafiarla. La crítica al Estado homogéneo comenzó entre fines de la década de los sesenta y el principio de los años setenta, y provocó una profunda revisión del pasado. La obra de Luis González inició un cambio de 180 grados en la historiografía regional. En primer lugar porque su obra maestra, Pueblo en vilo, elevó la menospreciada historia local a los rangos más altos del prestigio historiográfico. Segundo, porque en su reiterada exaltación de las virtudes de la microhistoria explicó con sencillez qué es, cómo se hace y para qué sirve la historia local. Gracias a este mensaje y a su inusitado discurso, que combinaba la erudición libresca con el lenguaje coloquial y vernáculo, la obra de Luis González tuvo una recepción excepcional en todos los rincones del país, y una respuesta multiplicada, que convirtió a la historia local en parte sustantiva de la identidad nacional.
MITO DE LA REVOLUCIÓN HOMOGÉNEA
Los geógrafos se sumaron a la crítica de las interpretaciones centralistas, y propusieron nuevas perspectivas regionales que recogían planteamientos procedentes de la ecología, la territorialidad, la ciencia política, la antropología y la historia. Con un ímpetu aún mayor, los historiadores del proceso revolucionario desbarataron el mito de la Revolución homogénea y mostraron las raíces regionales de la explosión que se desparramó por el territorio entre 1910 y 1920. La compleja relación entre el Estado nacional y los intereses regionales fue uno de los temas que absorbieron el interés de historiadores y antropólogos.
Con todo, quizá la última novedad en esta cascada de estudios regionales sea la aparición de un grupo de obras de historia política concentradas en la región y en las relaciones de ésta con los poderes de las capitales administrativas.
Un rasgo común de estos ensayos es el rechazo de la tesis que postulaba que el surgimiento del Estado federal a principios del siglo XIX dio origen a las regiones, y la consecuente afirmación de que la defensa de las autonomías regionales forjó el Estado federal. Nada tiene entonces de extraño que la multiplicación de los estudios regionales y el reconocimiento de complejas identidades locales desembocara, en los últimos años, en una reflexión crítica sobre los métodos utilizados para reconstruir la historia y la identidad nacionales.
IDENTIDAD NACIONAL
El libro de Claudio Lomnitz, Las salidas del laberinto, recoge las críticas expresadas antes por Carlos Monsiváis y otros autores contra las corrientes intelectuales que transformaron el desarrollo histórico en un psicodrama, según el cual los traumas de la infancia de la nación (la conquista), desencadenaron las tragedias posteriores de la historia mexicana y forjaron una identidad nacional escindida. El libro de Lomnitz descubre identidades locales, regionales, étnicas y de clase decisivas en la formación de la compleja geografía de la identidad nacional. Así, del mismo modo que estos variados estudios reconocieron las localidades y las regiones como focos generadores de culturas específicas, así también una corriente filosófica reciente (Fernando Salmerón, Luis Villoro y León Olivé), ha propuesto, frente a las interpretaciones hegemónicas sobre “lo mexicano” y la identidad nacional, el concepto de pluralismo cultural. Es decir, esta corriente se opone a “la idea de que existe, de hecho o potencialmente, una única representación completa y verdadera de la realidad a la cual deban acceder todos los seres humanos, ni siquiera a largo plazo, sea cual sea la Cultura o la comunidad epistémica a la que pertenezcan”. De este modo, en el lapso de medio siglo, la historiografía se ha unido a la antropología, la geografía, la ciencia política y la filosofía, para combatir las mitologías del nacionalismo hegemónico, pensar desde distintas perspectivas la formación histórica de la nación y proponer la instauración de “una política multicultural adecuada a México”.PAÍS DIVERSO, MÚLTIPLE Y CONTRASTADOEn suma, la historiografía mexicana, al vincularse con la antropología y las ciencias sociales, mostró su voluntad de cambio en el transcurso de las últimas cinco décadas. A lo largo de estos años modificó sus enfoques y sus métodos para examinar el pasado, reconoció la diversidad territorial, social y cultural del país, y asumió la responsabilidad de presentar una nueva imagen de esa realidad: la silueta de un país diverso, múltiple y contrastado.Por otra parte, no podemos olvidar que el actual proceso de globalización ha afectado la concepción del Estado-nación en dos de sus funciones centrales. En primer lugar, la organización y el manejo de la economía y de los flujos de capital es cada vez más una facultad de las instituciones transnacionales y no del Estado. En segundo lugar, la progresiva integración del mundo ha impulsado un proceso de homogeneización y fragmentación de la cultura. Casi todas las naciones consumen los productos y valores culturales fabricados por las capitales y consorcios occidentales. Y, sin embargo, en el ámbito político, el Estado-nación sigue siendo el factor decisivo para manejar las contradicciones y los conflictos sociales, el sustento de las instituciones de educación y salud sobre las que reposa la socialización y estabilidad de la población, y continúa siendo la única agencia que puede promover el desarrollo de la comunidad nacional y definir su orientación.
DISYUNTIVA DEL ESTADO
En la circunstancia mexicana el Estado enfrenta dos alternativas. El gobierno puede adoptar los lineamientos dictados por las fuerzas internacionales o decidirse por la búsqueda de una nueva estrategia económica orientada a manejar los recursos del Estado en beneficio de las mayorías nacionales y los sectores más desprotegidos. Frente a los desafíos económicos y sociales, el Estado está en la posibilidad de convertirse en un mero agente de intereses ajenos a la nación o en el ordenador y potenciador de los recursos nacionales. Los analistas del proceso internacional nos indican que los Estados que han adoptado una política multicultural asentada en los intereses reales de los grupos étnicos, las localidades y las regiones han podido transitar exitosamente a una reorganización de sus bases sociales y de su tejido social. Esta reorientación del Estado debe acompañarse de un fortalecimiento de las instituciones básicas de la democracia: el Estado de derecho, la división de poderes, los derechos del ciudadano, el sufragio universal y la libertad de disentir y participar en los asuntos nacionales. La globalización de la cultura y de la información plantea a nuestras instituciones nuevas formas de difusión del conocimiento y el intercambio intelectual. Estamos obligados a definir las nuevas redes de comunicación locales, regionales, nacionales e internacionales que efectivamente nos vinculen con la aldea global y permitan un flujo eficaz de la información científica. Ésta es una tarea nuestra que no podemos delegar. Es responsabilidad nuestra diseñar nuestros propios modos de intercambio y convertirlos en prácticas institucionales efectivas.
PROTAGONISTAS DEL CAMBIO
Las transformaciones sociales y mediáticas de las últimas décadas también plantean un cambio en los interlocutores tradicionales de las ciencias sociales. Anteriormente, los principales destinatarios de los productos y servicios de las ciencias sociales eran los dirigentes políticos, el gobierno, los líderes sociales, los medios de comunicación y los miembros de la academia. Hoy, sin embargo, los grandes protagonistas del cambio son la propia sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y las asociaciones informales locales y regionales. Es decir, para mantener vivas y operativas las ciencias sociales, tenemos que vincularlas estrechamente con su matriz, diseñar nuevas redes de comunicación con la sociedad y sus representantes efectivos. Estoy cierto de que las ideas, los debates y las propuestas que hoy recorren los diversos ámbitos de la sociedad ayudarán a fortalecer la participación de las ciencias sociales en las encrucijadas de nuestro tiempo, y a forjar un diálogo más amplio y abierto con la plural sociedad mexicana de nuestros días.
