Indira Kempis
Llevo algunos recorridos con experiencias repartidas entre la teoría y la práctica para abordar el tema de la participación ciudadana. Desde su enfoque de argumentos científicos hasta detonar la sensibilidad que me envuelve cuando soy partícipe de sus movilizaciones sociales y requerimientos institucionales.
Comprender la participación desde lo social ha agudizado mis sentidos. Entre más aprendo, más entiendo que sus dinámicas son una dualidad constante entre lo complejo y lo sencillo. Entre más entiendo, más comprendo lo que he escuchado decir al urbanista Rubén Pesci: “debemos de pasar del lenguaje áulico al lenguaje popular”, aquel en que somos comunes, el que podemos entender porque la lógica y la obviedad se juntan para decirnos que la coherencia se hace a través del conocimiento experimentado.
Las aulas de clases que me han visto pasar me han enseñado a observar en los ojos de cada joven las inquietudes que tienen para con su entorno, ¿quién puede involucrarse en su comunidad cuando las circunstancias de miedo, desconfianza, desinterés y apatía son grandes barreras?
El deseo intenso que abrigan algunos jóvenes por transformar los escenarios con los que nos han y hemos acostumbrado a vivir: de miedo. El miedo con el que nos despiertan las noticias, las balaceras, la violencia, la vulnerabilidad. El miedo de la no respuesta y del futuro imposible. Más allá: El poco campo de acción para real incidencia de la participación ciudadana en la formación de políticas públicas y su implementación, aleja cualquier intento mental-emocional para desvanecer ese miedo. Lamentablemente, la confusión de la participación con la mercadotecnia y la publicidad, ha hecho de su incidencia un campo cada vez más mediático que efectivo para la intervención colectiva como actores decisivos para la toma de decisiones.
Por mucho tiempo nos han vendido el discurso de una participacionitis en donde hay que pensar por las generaciones futuras sin entender que la participación ciudadana debe existir en horizontal a todos los procesos históricos, de modo tal, que sin confundirla con consultas ciudadanas, debe ser eje estructural de la democracia del presente. La participación no es un producto, es un proceso que debe conservar la individualidad y alcanzar la colectividad.
