Al rescate de cuatro ciénegas

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(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

cienegascuatroINICIATIVA :

– Patentar la naturaleza para preservarla mejor

– En México, una bióloga quiere comercializar los genes de bacterias que viven en una cuenca hidrográfica

– El objetivo: ayudar financieramente a los habitantes del lugar e impulsarlos para que protejan este ecosistema

En el desierto ubicado en el norte de México, investigadores se esfuerzan por salvar un oasis de vida antes de que se seque definitivamente. En la cuenca de Cuatro Ciénegas, con una longitud de 40 kilómetros, abundan las fuentes, arroyos y estanques, algunos de los cuales existen desde hace decenas de miles de años.

Organismos vivos que no es posible encontrar en ninguna otra parte, allí prosperan y se multiplican, en particular, colonias de cianobacterias (una subclase de bacterias, capaces de transformar, por medio de fotosíntesis, la luz en energía química) similares a las primeras formas de vida que poblaron la Tierra.

Ahí se encuentran, igualmente, más de 70 especies animales acuáticas endémicas, como la Terrapene Coahuila, la única tortuga caja acuática del mundo.

El gobierno de México ha creado en esta zona una reserva de 850 kilómetros cuadrados. La pesca ahí está prohibida, pero no lo están otras formas de actividad humana.

“La población local recoge siempre madera para leña y plantas de cera. En cuanto a los caballos, su estiércol contamina los mantos de agua”, lamenta James Elser, profesor de limnología (ciencia que se interesa por las extensiones de agua continentales: lagos, mares, etcétera) en la Universidad del Estado de Arizona, en Tempe, y que trabaja en la región.

“La administración de la reserva deja mucho que desear”. Valeria Souza, bióloga molecular de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), trata de abordar el problema de otra manera. El pasado mes de junio obtuvo de las autoridades federales, no sin muchas dificultades, un permiso para la comercialización de genes útiles que descubra en la región.

Los beneficios obtenidos de esta actividad serán compartidos con las comunidades locales, con lo que la señora Souza espera que esto los animará a preservar el agua de la cuenca, en lugar de utilizarla para abrevar sus animales.

Al hacer esto, la señora Souza prueba la aplicación, por parte de México, del Protocolo de Nagoya, un tratado firmado en ocasión de la Convención sobre la Diversidad Biológica, celebrada en Nagoya, Japón, en octubre de 2010.

El protocolo tiene como objetivo, por una parte, reglamentar el acceso de los científicos a los recursos genéticos de la naturaleza, y, por otra, propiciar una distribución equitativa de los ingresos obtenidos gracias a estas investigaciones, con las poblaciones locales.

El tratado define las políticas o los reglamentos nacionales que los países signatarios se comprometen a poner en marcha para asegurarse de que la actividad comercial se desarrolle de acuerdo con los “términos mutuamente convenidos” con las poblaciones locales. Haste este día, 41 estados lo han firmado, incluso México y la Unión Europea, pero no los Estados Unidos ni China.

El protocolo no entrará en vigor sino ochenta días después de que sea firmado por un quincuagésimo país. Sin embargo, algunas naciones, como es el caso de México, han empezado ya a explorar las posibles vías para ponerlo en práctica.

Entre los genes más prometedores descubiertos en el lugar por la señora Souza, aquellos que sirven para la degradación de los compuestos orgánicos complejos podrían revelarse como útiles para la biorremediación (la limpieza de ambientes contaminados, gracias a la acción de organismos vivos).

Otros, que permiten el empleo de formas de fósforo generalmente inexistentes en estado natural, servirían para la creación de plantas que no necesitan de fertilizantes para su desarrollo. Este último tipo de genes será, probablemente, objeto de la primera patente propuesta por la región.

En el curso del año, la señora Souza ha visitado ocho ejidos en la región de Cuatro Ciénegas, a fin de explicarles sus intenciones. Seis de ellos han aceptado permitir a la investigadora la recolección de muestras de vida microbiana en su territorio, previa la promesa de una futura redistribución financiera. Falta aún por determinarse el porcentaje de los beneficios que corresponderán a las comunidades, las cuales decidirán el empleo de los fondos. La señora Souza espera que servirán para la construcción de escuelas o de represas que ayuden a la conservación del agua.

Nada garantiza que la vaga promesa de potenciales utilidades financieras constituya una motivación lo suficientemente fuerte para poner fin a la explotación excesiva de los mantos freáticos. Los proyectos de México en materia de restauración de zonas húmedas toman forma finalmente, aunque lentamente, se felicita, sin embargo, la señora Souza. En espera de que den buenos frutos, quiere creer que su revolución biotecnológica en favor de las poblaciones servirá a una buena causa.

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