Sin autor conocido
Allí va diariamente su hijo, bueno allí lo lleva diariamente en un penoso y desesperanzado viaje que parece que nunca tendrá fin. Allí lo observa cada mañana con sus rasgos orientales y una sonrisa angelical, con ese caminar incierto y ese corazón blanco, sin mancha… tan lleno de amor.
En una cena organizada por los maestros de la escuela, estaba el padre de uno de estos niños preparando el discurso que habría de pronunciar. Quería decir algo significativo, algo que nunca lo pudiera olvidar todos los que lo escucharan. ¡Y lo logró!
Terminó la cena. Seguía don Raymundo. Sereno con sus apuntes en la mano, se caló los anteojos, se aclaró la voz, bebió un trago de agua y comenzó así:
Se nos ha dicho esta noche que Dios es perfecto y que todos somos sus hijos, hechos por Él, concebidos a su imagen y semejanza: ¡Perfectos! Pero mi hijo, mi pequeño “Mundo” tiene síndrome Down, por eso yo pregunto: «¿Dónde está la perfección en mi “Mundo”? ¿Dónde está la perfección de Dios? ¿Es verdad que Dios es perfecto y que todo lo que Dios hace está hecho a la perfección?”.
Pero mi niño no puede entender cosas que otros niños entienden. Mi niño no puede peinarse, no puede ir al baño, no puede correr sin peligro de caerse, no recuerda lo que hizo hoy, no sabe dibujar ni pequeñas figuras, simplemente ¡no es igual a los otros niños. Entonces: ¿Dónde está la perfección de Dios?
Los maestros estaban sorprendidos ante esta pregunta, los directivos agacharon la cabeza, nadie se atrevía a hablar, se limitaban a ver la cara angustiada de don Raymundo y tal vez alguno murmuró al compañero cercano, pero nadie lo advirtió.
Continuó don Raymundo… haciendo un lado sus apuntes, se quitó los anteojos y con aplomo y seguridad, convenido de sus palabras y con una tonalidad de sabio, de predicador, de padre amoroso, mirando a los ojos de todos, contestando su propia pregunta, dijo: «Yo creo» que cuando Dios brinda un niño así al mundo, la perfección de Él, está en la forma de reaccionar de la gente como ustedes y como yo ante estos niños.
Miren, les cuento una pequeña historia acerca de mi hijo “Mundo”: Una tarde Él y yo caminábamos en el parque donde algunos niños estaban jugando béisbol. “Mundo” me dijo: Papi, quiero jugar con esos niños, «¿Crees que ellos me dejarán jugar?»
Yo sabía que mi hijo no era para nada un atleta y que los niños no lo dejarían ni siquiera que se acercara. Pero entendí que “Mundo” quería no sólo jugar béisbol, más bien lo que quería era sentirse aceptado, sentirse amado, saber que podía pertenecer a un grupo de niños «normales».
Llamé entonces a uno de los niños en el campo y le pregunté: Oye niño, ¿Pudieran aceptar a mi hijo en tu equipo, aunque sólo fuera por un rato?
El niño miró a sus compañeros de equipo. Como no obtuvo ninguna respuesta de ellos, el niño tomó la resolución por sí mismo y dijo: «Nosotros estamos perdiendo por 6 carreras y el juego esta en la octava entrada. Yo creo que él puede estar en nuestro equipo y nosotros trataremos de colocarlo a él en el bat en la novena entrada.
Me quedé atónito ante la respuesta del niño y “Mundo” sonrió satisfactoriamente. En realidad “Mundo” quería que lo pusieran en una base y así dejaría de jugar en corto tiempo justo al final de la octava entrada, pero los niños hicieron caso omiso a lo que “Mundo” pensaba.
El juego se estaba poniendo bueno, el equipo de “Mundo” que por cierto se llamaba “Solidaridad Infantil” anotó de nuevo y ahora estaba con dos outs y las bases llenas con el mejor jugador de todos corriendo la base, y “Mundo” estaba preparado para batear. ¿Permitiría el equipo realmente que “Mundo” fuera al bat y dejar ir la oportunidad de ganar el juego? Sorpresivamente, “Mundo” estaba con el bat al hombro, esperando en el home los lanzamientos del pitcher. Yo pensé que todo había terminado, porque mi pequeño “Mundito” no sabía ni siquiera como tomar el bat correctamente.
Pero ¿Saben qué pasó? Cuando “Mundo” estaba parado en el plato, el pitcher se acercó casi enfrente de él, lanzó la pelota suavemente para que “Mundo” pudiera al menos hacer contacto con ella. La primera bola venía alta y “Mundo” la falló. Uno de sus compañeros de equipo se acercó a “Mundo” y juntó sus manos en el bat y encararon al pitcher esperando por la siguiente bola. El pitcher volvió a lanzar de muy cerca suavemente la pelota a “Mundo”. Cuando el pitcher venia, “Mundo” y su compañero tomaron el bat y juntos dieron un débil golpe a la pelota que tomó sin dificultad el pitcher.
El pitcher podía fácilmente lanzarla a la primera base y poner out a “Mundo” para que terminara rápidamente de jugar y quedara fuera. Pero… ¡no lo hizo!, al contrario, el pitcher tomó la pelota y la lanzó lo más lejos que pudo del primera base. Todos empezaron a gritar «¡Mundo, corre a primera, corre a primera! «Nunca en su vida “Mundo” había corrido a primera base. Todos le señalaban entusiasmados cuál era la primera base. “Mundo” llegó a primera base, el oponente tenía la bola en sus manos. Él podía lanzar la bola a la segunda base y dejar fuera a “Mundo” ya que estaba todavía corriendo, pero el niño entendió las intenciones del pitcher y lanzó la bola lo más alto y lejos que pudo del segunda base. Todos gritaron «¡Corre a segunda, corre a segunda! «Mundo” corrió a segunda base y los demás corredores junto con él corrían y le daban ánimos para que él continuara su carrera a segunda base.
Cuando “Mundo” toco la segunda base, el opositor paró de correr hacía él, le mostró la dirección de la tercera base y gritó «¡Corre a tercera! Conforme corría a tercera, los niños de los dos equipos ya estaban corriendo junto a él gritando todos a una sola voz «¡Mundo” corre a home!» “Mundo” corrió a home y paró justo en al pentágono, donde todos los 18 niños lo alzaron en sus hombros y lo hicieron sentir un héroe, mientras, “Mundo” sabía que había hecho «un gran juego» y su equipo “Solidaridad Infantil” ganó.
Aquel día, -dijo don Raymundo- con voz entrecortada por las lágrimas: aquellos 18 niños mostraron con gran nivel “Dónde está la perfección de Dios».
