Consumismo y (des)hechos

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Arq. Abiel Treviño Aldape

De las estimaciones realizadas en 1990 en la investigación de Castillo et al (Castillo, 1990: pp. 25 y ss.) donde se indicaba que cada mexicano generaba diariamente 600 gramos de basura, a los recientes datos del INEGI (2008)[1] donde se establece para Nuevo León un promedio diarios estimado de 1.20 kilogramos de desechos per cápita, queda patente un incremento del 200% en poco menos de 4 lustros. Sólo en Monterrey durante el año 2008 se recolectaron 469 mil toneladas de basura (el 33.1% de lo generado en todo el Estado de Nuevo León).

Para el año 2010, redondeando números a 3.7 millones de habitantes en el Área Metropolitana de Monterrey[2], y calculando con el referido 1.2 Kg/habitante, nos da un total aproximado de 4’440,000 kilos de desechos sólidos generados diariamente en nuestra metrópoli, una volumen considerable a manejar. Los rellenos sanitarios son el medio más común para deshacerse de la basura, el inconveniente es que tienen una vida útil muy corta[3], y suelen llenarse con rapidez; además de corromper la tierra, el aire y el agua circundantes.

No desconocemos que existen también tiraderos clandestinos, que atentan no sólo contra la naturaleza, sino también contra nuestra salud, pues se crean focos de infección en donde proliferan insectos y roedores. En la ciudad, el acumulamiento de basura en las calles y alcantarillas y la falta de aseo de éstas, ocasionan durante las lluvias que el drenaje pluvial (donde lo llega a haber) sea insuficiente, pudiendo coadyuvar a provocar accidentes automovilísticos y peatonales.

No existe fórmula mágica para bajar de un día a otro estos altos índices; que representan números abrumadores, derivados de la mano de un consumismo exacerbado y del uso de un sinnúmero de artículos de manufactura industrial.

Volteemos a nuestra historia antigua, y recordemos como en Tenochtitlán-Tlatelolco (con una población estimada entre 560,000 a 700,000 almas) la conservación de las calles estaba a cargo de las autoridades locales de cada barrio, bajo vigilancia del Huey Calpixqui, funcionario imperial que como prefecto, daba las instrucciones. Cada día se ocupaban mil personas en la limpieza de las vías públicas, barriendo y lavando con tanto esmero que, dice un testigo, se podía caminar por ellas sin temer por los pies más que por las manos. Los desperdicios domésticos se arrojaban en los suburbios de la ciudad, en las “tierras vagas” pantanosas, o eran enterrados en los patios interiores. (Soustelle, 1955: pp. 24, 26, 27). Evidentemente, los deshechos eran de origen natural (orgánicos) inocuos y “descomponibles”: no aluminio, no material sintético, no plásticos ni poliestireno, ni residuos industriales; no respondían a un consumismo mercantilista, y no representaban una polución para la urbe.

Tiempos idos; otras formas de (des)consumir.

 

Bibliografía

CASTILLO, Héctor Berthier; GUTIÉRREZ, Eugenia M.; LÓPEZ DE JUAMBLEZ, Rocío, 1990; El impacto de los desechos sólidos; Ciencias 20; México.

SOUSTELLE, Jacques; 2003 [1955]; La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista; Fondo de Cultura Económica; México.

 


[1] Anuario Estadístico del Estado de Nuevo León, Edición 2009; con base en el Sistema Nacional de Información Ambiental y Recursos Naturales (SNIARN) de la SEMARNAT.

[2] Disponible en  http://www.nl.gob.mx/?P=nl_poblacion; consultado 29 enero 2012.

[3] La Agencia de Protección al Medio Ambiente de Nuevo León estima la vida útil de un relleno sanitario en 15 a 20 años.

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