
(Quien le solicitaba un préstamo porque estaba en aprietos financieros)
24 de diciembre de 1845
Querido John:
No creo que sea conveniente que cumpla con tu requerimiento de darte ochenta dólares. En diversas ocasiones, cuando te he ayudado un poco, me has dicho que con eso te arreglarías, pero al poco tiempo te he encontrado nuevamente en las mismas dificultades. Esto sólo puede obedecer a un defecto de tu conducta. Creo saber cuál es ese defecto. No eres perezoso, pero eres un amante del ocio. Desde que te he visto, dudo que hayas consagrado un día entero al trabajo. No te disgusta demasiado el trabajo, pero no trabajas demasiado, simplemente porque no crees que puedas ganar mucho con ello.
Toda la dificultad radica en este hábito de desperdiciar el tiempo; es muy importante para ti, y más aún para tus hijos, que rompas con este hábito. Es más importante para ellos porque tienen más vida por delante, y les resultará más fácil evitar el hábito del ocio antes de adquirirlo que renunciar a él después.
Ahora necesitas dinero urgente, y mi propuesta es que vayas a trabajar, con el mayor empeño, con alguien que te de dinero por ello.
Que tu padre y tus hijos se encarguen de la casa y de todo lo concerniente a la siembra, mientras tú vas a trabajar por el mejor sueldo que consigas, o por el mejor modo de cancelar tus deudas. Y para asegurarte una justa recompensa por tu labor, ahora te prometo que por cada dólar que obtengas por tu trabajo, entre el corriente día y el primero de mayo, sea en contante y sonante o en descuentos de tu deuda, te daré otro dólar.
De esta manera, si te contratan a diez dólares mensuales, obtendrás de mí otros diez dólares, ganando veinte dólares mensuales por tu trabajo. Con ello no quiero decir que vayas a St. Luis, a las minas de plomo ni a las de oro de California, sino que busques la mayor remuneración que puedas obtener cerca de tu hogar, en Coley Country.
Si haces esto, pronto saldarás tus deudas, y lo que es mejor, adquirirás un hábito que te impedirá endeudarte de nuevo. Pero si ahora te ayudo a salir del atolladero, el año próximo estarás en similares aprietos. Dices que casi estarías dispuesto a cambiar tu lugar en el cielo por setenta u ochenta dólares. Entonces valoras en muy poco tu lugar en el cielo, pues sin duda con mi ofrecimiento puedes obtener los setenta u ochenta dólares en cuatro o cinco meses de trabajo. Dices que si te entrego el dinero escriturarás la tierra a mi nombre, y que si no devuelves el dinero, me cederás la posesión.
¡Pamplinas! Si ahora no puedes vivir con la tierra, ¿cómo vivirás luego sin ella? Siempre has sido amable conmigo, y no quiero ser rudo contigo. Al contrario, si sigues mi consejo, lo encontrarás más valioso que ochenta veces ochenta dólares.
Afectuosamente
Tu hermano, Abraham Lincoln
