Indira Kempis

La voz popular afirma que la salud entra por la boca. La vida posmoderna nos ha hecho creer que las cremas, las medicinas y los complementos alimenticios suplen la función que nuestro sistema inmunológico obtiene mediante los nutrientes de los alimentos. No soy nutrióloga, pero entiendo que la comida es una necesidad, tanto básica como placentera, que debemos atender con ánimo de evitar riesgos mediante enfermedades que se transmiten justo por los alimentos.
Lamentablemente, no sólo es cuestión de hablar de contaminación por medio de microorganismos en la tierra, el agua o el aire, sino de la gran cantidad de pesticidas, fertilizantes y otros productos que se utilizan en el proceso de producción de los alimentos en la agricultura industrial. La preocupación por la salud del medio ambiente también se deriva por una previa que tiene que ver con la salud física de cada individuo porque estas modificaciones o alteraciones a la química natural de los alimentos pone en riesgo la capacidad de respuesta de nuestros cuerpos incluso cuando se lleva una dieta para establecer buenos hábitos alimenticios.
Cada vez más científicos relacionan las enfermedades con la calidad de los alimentos que comemos. No es, entonces, casualidad que alrededor del mundo se estén gestando alternativas para contrarrestar la producción industrial típica de los alimentos. Estas técnicas son acompañadas de movimientos sociales específicos que apelan a un medio ambiente saludable. Existe una ciudadanía activa que además de exigir a sus gobiernos mayores regulaciones al respecto, está comenzando a formar un mercado para que la oferta y la demanda estén en función de una producción artesanal sin químicos. De ahí que leamos sobre conceptos como agroecología, agricultura urbana, granjas comunitarias, paredes verdes, entre otras técnicas.
En algunas ciudades del mundo, como Texas –por ejemplo-, se están creando clubes de comida y festivales para rescatar el valor de lo que significan los cultivos propios de manera natural, en donde las personas pueden ver de cerca el proceso productivo, comprar y cocinar. De esa forma, se generan incentivos sociales y económicos para que las personas no sólo adquieran los alimentos saludables, adicional a esto convivan alrededor de un tema que será trascendental en los próximos años: producción de alimentos. Parece difícil que se pueda hablar “de la granja a la mesa”, pero estos movimientos socio-ecológicos, tal parece, llegaron para quedarse.
