El agua, patrimonio del género humano

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Patricia Cerda

No tiene sabor, color, ni mucho menos perfuma. Ella, con su simple fórmula de H2O tiene la grandeza de refrescar y alimentar nuestros cuerpos y espíritus. Es un enorme recurso natural que pertenece a todos los hombres y a todas las mujeres del mundo, aunque, aun así, no faltan quienes pretendan privatizarla, como si esto se pudiera hacer con el aire o el fuego que, junto con el agua y la tierra, configuran la existencia misma del universo.

Tan necesaria como el aire o el sol, el agua,  desde tiempos inmemoriales, significó para el hombre su supervivencia; con ella regó sus cultivos, y con ello surgen las primeras sociedades tecnológicas; la utilizó también como fuente de energía espiritual, individual y co-lectiva, en ceremoniales de bautizo y purificación. Hoy, los recursos hídricos tienen un alto impacto en la economía y desarrollo múltiple de todas las naciones. 

AGUA Y VIDA

El agua puede ser vida y, en algunos casos catastróficos, un cruel adversario que corta cientos de vidas humanas en tan sólo unas horas de lluvias intensas o de ciclones; sometida a altas temperaturas, favorece la creación de agentes bacterianos, virales y patógenos, que contaminan la existencia de múltiples especies, entre ellos al hombre y la mujer, con efectos tan lamentables como el dengue o el cólera. Ella nos hace florecer o nos paraliza. Quizá por eso en todas las creencias religiosas se le atribuye un efecto mágico. En la época prehispánica, los indígenas adoraban a Tláloc y Chac, como dioses de la lluvia; los nahuas pensaban que los niños eran un regalo de los dioses, que antes de na-cer vivían en el agua, bajo la forma de pececitos de jade.

ELEMENTO PURIFICADOR

Para los cristianos, el agua es un elemento purificador, con el cual se bautizan y llega hasta el mismísimo Espíritu de Dios a posarse en su alma; en su forma pura, judíos y musulmanes hacen baños rituales para despedir a sus muertos; en otras religiones, los cuerpos de los difuntos son despedidos en una pira que se acomoda en una pequeña embarcación para ser cremados y, finalmente sus restos descansar sobre el agua de algún río que los trasladará a lo que denominan “el más allá”.

En el plano terrenal y materialista del agua, en el hoy y, sobre todo en el “más acá”, es un elemento sobre el cual se tienen sofisticados estudios científicos y tecnología para conservar, limpiar y hacer eficiente este recurso que, para las zonas rurales y para las etnias, son la diferencia entre la vida y la muerte, por el hambre de millones de personas, no sólo en el continente africano, sino también en el latinoamericano.

FUTURO INCIERTO

Es motivo también de disputas internacionales, tensiones y conflictos. Mantener la paz y alimentar a 8.1 billones de personas que se estima seremos en el año 2030, según cifras de la ONU, conlleva pensar sobre cómo haremos para llevar agua a nuestras industrias, nuestros cultivos y nuestras viviendas, tratando de contaminar lo menos y de respetar lo más a todas y cada una de nuestras culturas, para hacer rendir este líquido que integra un 80 por ciento de nuestra constitución física como seres humanos.

Nuestras vidas, nuestras economías, están basadas en ella, en ese simple compuesto de hidrógeno y oxígeno que nos enriquece o empobrece según la fuerza de su corriente, de su escasez, de su contaminación o de su pureza. Ella simplemente nos arrastra o nos eleva, tal como pensaban con Tláloc o Chaac nuestros legendarios y sabios antepasados.

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