Doctora Feggy Ostrosky-Solís
Directora del Laboratorio de Neuropsicología y Psicofisiología Facultad de Psicología
Universidad Nacional Autónoma de México
feggyostrosky@gmail.com
El concepto de maldad y los seres que lo personifican ha sido objeto de fascinación a lo largo de la historia. Todos nos hemos creado una representación real o imaginaria de un psicópata. Algunos piensan en personajes de películas, como Hannibal Lecter, caracterizado por Anthony Hopkinks, en el Silencio de los inocentes; otros evocan a genocidas históricos, como Adolfo Hitler, o recrean la imagen de criminales más actuales y locales, como Juana Barraza Samperio, la “Mataviejitas”, cuyos crímenes provocan horror, desafío y al mismo tiempo despiertan nuestra más morbosa curiosidad. Pero también hay quienes relacionan el término con algunas personas con las que interactúan cotidianamente, como su jefe, su socio e, incluso, su pareja. Lo más sorprendente –y espeluznante—es que probablemente no están del todo equivocados.
Aunque los psicópatas son personas muy trastornadas, no se puede afirmar que están “locos”, entendido el término en el sentido de no estar conectados con la realidad. Es decir, los psicópatas no presentan graves alteraciones en el pensamiento y la percepción, como pueden ser las alucinaciones y los pensamientos alterados que caracterizan a los esquizofrénicos. De tal manera, una primera e importante generalización es señalar que la psicopatía no es un trastorno mental, sino un trastorno de la personalidad.
TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD
La personalidad es nuestra manera de ser. La psicopatía es una forma de actuar en el mundo. Los trastornos de la personalidad son esquemas de comportamiento y relación con el ambiente, relativamente fijos, inflexibles y, lo más importante, socialmente inadaptables, lo que involucra una gran diversidad de situaciones.
Los psicópatas pueden ser personas aparentemente normales, lo que los convierte en una amenaza psicológica para quienes se relacionan con ellos. Su frialdad, egoísmo y falsedad corroen sus relaciones sociales a todos los niveles. A pesar de estas características, pueden actuar con un gran encanto superficial que, aunado a su flexibilidad moral, y falta de remordimiento, les permite ser muy exitosos en la sociedad.
El trastorno de personalidad que padecen los psicópatas se manifiesta en tres cauces a la vez: en sus relaciones con los demás, en su afectividad y en su conducta.
En el primero de ellos, los psicópatas tienden a manipular y a engañar a los demás. En lo afectivo, adolecen de empatía: son incapaces de ponerse en el lugar del otro. En cuanto a la conducta, presentan un comportamiento antisocial.
MARIDOS “ENCANTADORES Y EXITOSOS”
Los psicópatas son responsables de mucha de la miseria que existe en nuestro entorno, puesto que alteran de manera negativa las vidas de las personas que los rodean. Un ejemplo clásico y desafortunadamente muy frecuente lo encarnan aquellos esposos que externamente son encantadores y exitosos en el trabajo, pero en el hogar son fríos y egoístas, sin mostrar interés en la vida de los hijos y la pareja. Muchos de ellos son figuras dominantes, que mantienen “encarceladas” a sus esposas, y las someten constantemente al abuso físico y psicológico.
Las personalidades psicópatas pueden llevar una vida ordinaria. Trabajan, se casan y pueden ser prominentes profesionistas, aunque los rasgos de su personalidad impiden que su empleo y matrimonio sean duraderos. Se ha reportado que entre 25 y 30 por ciento de los maridos que maltratan a sus esposas de manera reiterada son psicópatas, y que en la actualidad están en un programa de tratamiento impuesto por un tribunal.
A los psicópatas se les ha descrito coloquialmente como “humanos a los que les falta el alma”. Esta falta de calidad espiritual los convierte, por decirlo de alguna manera, en máquinas muy eficientes. Por estas características, es muy común encontrar una relación estrecha entre la psicopatía y el comportamiento antisocial.
Aunque, como se dijo anteriormente, no todos los psicópatas caen en la delincuencia y la criminalidad, es un hecho que, cuando así sucede, se distinguen del resto de los criminales porque su comportamiento tiene un carácter terriblemente predador: ven a los demás como presas emocionales, físicas y económicas.
ASESINOS EN SERIE
Los psicópatas predominan entre los asesinos en serie, que planifican fríamente los asesinatos. Tienen gran habilidad para camuflarse (engañar y manipular); así como para acechar y localizar los “cotos de caza”, que suelen ritualizar sus asesinatos, con el toque final del trofeo de su víctima simbolizado en una prenda u otro objeto que toman como recuerdo.
Un ejemplo es el patético caso de Luis Alberto Garavito, el asesino colombiano que mató a más de 200 niños, en la década de los noventa. Este pederasta y asesino serial solía llevarse como trofeo la fotografía de la ficha de identificación de los niños (que se utiliza en Colombia) y las coleccionaba dentro de una caja de madera.
ABUNDAN ENTRE LOS DELINCUENTES
Pero, más allá de que se conviertan o no en asesinos seriales, lo cierto es que los psicópatas abundan entre los delincuentes. El Estudio para la evaluación de riesgo de violencia de la fundación MacArthur, la investigación más amplia y exhaustiva que existe sobre el tema, reporta que su incidencia en la población normal es del uno al tres por ciento; mientras que, en la población reclusa, el porcentaje de individuos con psicopatía llega a ser hasta del 25 por ciento.
Asimismo, investigaciones realizadas por Robert Hare de la Universidad de Colmbia Británica, en Vancouver, Canadá, muestran que entre los psicópatas la tasa de reincidencia criminal es muy alta. Esto es, antes de transcurridos seis años después de su puesta en libertad, más del 80 por ciento de los psicópatas, frente al 20 por ciento de los que no presentan este trastorno, reinciden en la violencia, una violencia llevada a cabo de manera fría y depredadora, y que parece aumentar de intensidad con la reincidencia.
EMOCIONALMENTE SUBACTIVADOS
Desde el punto de vista biológico, se considera que los psicópatas están fisiológicamente subactivados; esto es, que se trata de personas que experimentan menos miedo y ansiedad que el común de la gente. Así lo demostró el psicólogo Christopher Patrick, de la Universdad de Minnesota, quien realizó, junto con sus colaboradores, un experimento con sujetos normales y con psicópatas.
En la investigación se obtuvo el nivel de activación de los sujetos a través del registro de la respuesta galvánica de la piel (RGP), la cual mide la activación de las glándulas sudoríparas de la piel asociada con el estado emocional (como cuando nos sudan las palmas de las manos en situaciones emocionales). Cuanto más activación de las glándulas, mayor es la RGP. Los participantes tenían que averiguar cuál de cuatro palancas encendía un foco verde. Sin embargo, si la persona accionaba una palanca equivocada, recibía como penalización un choque eléctrico.
Patrick encontró que ambos grupos cometieron el mismo número de errores, pero el grupo sano presentó RGP muy amplias, y aprendió más rápido a evitar los choques, en tanto que los psicópatas, no presentaron esta respuesta y además les tomó mucho más tiempo lograrlo.
Aparentemente, se encontraban subactivados; el castigo no provocaba respuestas emocionales, y justamente esta necesidad de emociones fuertes es la que provoca que el psicópata busque situaciones peligrosas.
EL CEREBRO DE UN PSICÓPATA
Las técnicas actuales de neuroimagen permiten estudiar con precisión milimétrica las estructuras cerebrales y los cambios que se producen en el cerebro, asociados al procesamiento emocional.
Con ellas se ha detectado que existen asesinos que cometen sus crímenes literalmente a sangre fría; esto es, despachan a la víctima experimentando poca o ninguna emoción. Este tipo de individuos contrasta con los asesinos apasionados y que podemos llamar “de sangre caliente”, que aniquilan a su víctima en un momento de emoción descontrolada. La pregunta aquí es si el asesino depredador posee un funcionamiento cerebral más regulado y controlado frente al asesino afectivo, que mata en un momento de pasión sin regulación y control cerebral.
El profesor de psicología Adrian Raine, de la Universidad del Sur de California, utilizó las técnicas de neuroimagen para investigar si existen diferencias en la actividad cerebral entre estas dos formas de agresión. Dividieron a los asesinos estudiados en dos grupos: 15 depredadores y 9 afectivos. Es decir, el primer grupo estaba conformado por asesinos controlados que planificaban su crimen, carecían de afectividad y que habían atacado a personas extrañas.
Los integrantes del segundo grupo eran asesinos afectivos, que actuaban de forma mucho menos planificada, bajo una emoción muy intensa, y principalmente lo hacían en el propio hogar. El psicólogo y sus colaboradores encontraron que la corteza prefrontal de los asesinos afectivos presentaba tasas de actividad bajas. Recordemos que precisamente en esta parte del cerebro se localiza el mecanismo encargado de controlar los impulsos agresivos.
Por otra parte, las investigaciones arrojaron que los asesinos depredadores mostraban un funcionamiento prefrontal relativamente bueno. Así quedó corroborada la hipótesis de que una corteza prefrontal intacta les permite mantener bajo control su comportamiento, adecuándolo así a sus nefastos fines.
Raine también concluyó que, en comparación con las personas normales, ambos grupos de asesinos presentaban mayores tasas de actividad en las estructuras que integran el “cerebro emocional”, incluidos la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo. Aparentemente, debido al exceso de actividad en estas estructuras, los asesinos de uno y otro grupo podían ser más proclives a comportarse agresivamente. No obstante, lo que distinguía a los depredadores era que tenían un funcionamiento prefrontal lo bastante bueno para regular sus impulsos agresivos y poder manipular a otros para alcanzar sus propias metas.
En tanto, los asesinos afectivos, por carecer de control prefrontal sobre sus impulsos, tenían arranques agresivos, impulsivos e incontrolados. En este mismo estudio, también se descubrió que, en algunos casos, lo que se encontraba afectado no eran las estructuras del cerebro en sí, sino las fibras que las conectaban. Es decir, que existía una comunicación ineficaz entre las regiones prefrontales y las áreas “emocionales del cerebro”.
COMUNICACIÓN CEREBRAL DEFICIENTE
Esta deficiente comunicación cerebral podría ser la consecuencia del maltrato recibido en las primeras etapas de la vida. Algunas investigaciones, como la de Joan McCord, profesor de criminología de la Universidad Temple, en Pennsylvania, han señalado que la gran mayoría de los delincuentes violentos provienen de hogares en los que padecieron algún tipo de maltrato.
Una hipótesis probable es que si, de forma reiterada, un bebé es zarandeado bruscamente, es altamente posible que las fibras blancas que ligan su corteza con las otras estructuras cerebrales se rompan, dejando así el resto del cerebro fuera del control prefrontal. Otros factores detectados que pueden propiciar esta misma ruptura de fibras y afectar la morfología cerebral del producto, son alcoholismo y drogadicción de la madre durante el embarazo.
Por su parte, Candice Skrapace, profesora del Departamento de Criminología de la Universidad Estatal de California, ha relacionado los niveles de agresión con la concentración sanguínea de hormonas y neurotransmisores. En sus investigaciones, ha encontrado que algunos asesinos violentos muestran niveles altos de testosterona. La testosterona es una hormona que se relaciona con la extroversión y con las conductas de sociabilidad y la búsqueda de sensaciones y experiencias extremas, así como la huida de la monotonía. Aunque también se ha determinado que la testosterona en sí no es la responsable de que se actúe con agresión, se sabe que disminuye el umbral para que ésta se dispare.
Asimismo, se ha encontrado que nuestro grado de impulsividad depende, en parte, de los niveles de serotonina que tenemos en el cerebro. La concentración de este neurotransmisor puede disminuir por el consumo de alcohol. A su vez, nuestra agresividad depende del nivel de testosterona en circulación. Este nivel se puede aumentar, por ejemplo, con el consumo de esteroides.
Así, personas que abusan del alcohol y consumen esteroides y otras drogas, provocan que se altere la química cerebral. La combinación de los bajos niveles de serotonina que se encarga de accionar los “frenos” para no cometer actos violentos, junto con los altos niveles de testosterona, son una terrible combinación, que lleva a la persona a cometer conductas violentas.
REGIDOS POR LA GÉNETICA
Se han detectado otros casos cuyas acciones violentas tienen como origen ciertas alteraciones genéticas de la persona. En una investigación realizada por Michelle Gotz y colaboradores, del Departamento de Psiquiatría del Hospital de Edinburgo, en Gran Bretaña, se analizó a diversas familias integradas por varios criminales. El factor común entre ellos resultó estar asociado con la alteración en un gen que contribuye a la producción de una enzima conocida como monoamina oxidasa tipo A. Esta enzima es conocida por la regulación de la producción de neurotransmisores, como la serotonina y la dopamina, las cuales son muy importantes para la regulación del estado emocional.
Las personas que presentan este tipo de alteración experimentan continuos estados de agresión explosiva. Otro estudio, realizado por la investigadora Terrie Moffitt, del Instituto de Psiquiatría de Londres, señaló que además de esta alteración, las personas violentas mostraban una historia de abuso infantil. Esto es, de manera aislada, con sólo poseer la alteración genética, lo que se generaba era individuos con una baja tolerancia a la frustración y que se enojaban fácilmente; sin embargo, en los asesinos violentos que analizó, además de la alteración genética, existía una historia de abuso infantil.
De acuerdo a los hallazgos de Moffit, la alteración genética o el abuso infantil de manera aislada resulta en individuos con personalidades explosivas, irritables y con poca tolerancia a la frustración, pero cuando los dos factores (genética y medio ambiente) están presentes, se generan personalidades peligrosamente violentas, incluidos asesinos y multihomicidas.
NO TODO ES BIOLOGÍA
Por supuesto que no todo está determinado por la química cerebral. Existen ciertos rasgos psicopáticos que se pueden observar desde la infancia. Por ejemplo, las crueldades hacia los animales o los otros niños; el desprecio por las jerarquías escolares, las aberraciones de conducta que suelen ser «amortiguadas» por los docentes y los familiares, con el pretexto de que se trata de «problemas emocionales» o «travesuras».
En este contexto, se han identificado una serie de factores medioambientales. Por ejemplo, algunos psicólogos, como Kenneth Levy, del Departamento de Psicología de la Universidad de Pennsylvania, señalan que los psicópatas pueden haber sido criados por padres que los sobreprotegían y, entonces, los niños aprenden a esperar un trato especial de todos y a lograr sin obstáculos lo que desean.
Otras investigaciones, como las llevadas a cabo en asesinos seriales por el Departamento de Justicia Criminal de la Universidad de Carolina del Norte, afirman que se trata de niños deprivados o descuidados, que desarrollan un trastorno de personalidad como mecanismo protector para esconder su baja autoestima. En este caso, las condiciones que propiciarían el trastorno de la personalidad serían la privación de calor humano, el descuido por parte de los padres, que los obliga a depender de ellos mismos y aquellos problemas que afectan el apego emocional entre padres e hijo; ya sea por daño en el niño o por dificultades con los padres.
MUNDO SIN AMOR
De esta manera, el niño aprende que el mundo es frío, sin amor, y que, por tanto, él vive en un lugar vicioso. Para protegerse de este mundo hostil, desarrolla características de autoprotección, como la agresividad, las maneras beligerantes, el engaño, el resentimiento hacia la autoridad y la habilidad de “encender” y “apagar” su encanto. Irónicamente, estos rasgos repelen a los demás y así se confirma la visión del mundo como un lugar hostil. El resultado final de este círculo vicioso es la psicopatía.
En resumen, para poder desarrollar una personalidad psicópata en el sentido estricto del concepto, es necesario sumar varios factores: las características temperamentales heredadas; deficiencias en el funcionamiento cerebral; la ausencia de control y aprendizaje emocional; experiencias de abuso durante la infancia; y una relación padre-hijo sin apego.
Por su parte, el síndrome de criminalidad es producto de predisposiciones biológicas, incluidas las genéticas, para, por ejemplo, llegar a cometer acciones de tipo impulsivo y violento; así como de sus interacciones con factores psicológicos y sociales. Los procesos fisiológicos se encuentran en la base y delimitan el sustrato biológico sobre el cual el ambiente ejerce su influencia. Es como una mano de póquer: para llegar a ser un criminal, se han tener todas las cartas necesarias.
Para mayor información, consultar el libro Mentes asesinas. La violencia en tu cerebro. Feggy Ostrosky-Solis. Editorial Quo. 2008.
