Indira Kempis

Los fraccionamientos ya no son sólo la excusa perfecta para el diseño de casas en serie, también se han convertido en el “refugio” de la percepción de seguridad. En apariencia, el encierro de las colonias, las bardas enormes, los sistemas de seguridad y los espacios que sólo son comunes entre los vecinos, crean entornos donde la gente puede sentirse sin preocupaciones ni vulnerables ante la delincuencia.
No obstante, se pasa por alto que uno de los factores clave para crear seguridad es tener los “ojos en la calle” de manera que entre todos podamos intervenir en las relaciones personales que fortalecen sociedades. Jorge Melguizo, quien fue parte del equipo que intervino en la transformación de Medellín, afirma que uno de los mayores aprendizajes de un trabajo de diez años en la ciudad fue entender que lo contrario a la inseguridad no es la seguridad, sino la convivencia.
Abrir las calles para que la gente se encuentre, camina, se mueva, es indispensable en la construcción y fortalecimiento del diálogo, la conversación y el paseo. La ciudad entonces deja de ser un término que remite a los múltiples problemas, sino que apuesta por una dinámica social donde todos cabemos, haciéndonos corresponsables de nuestras sociedades más allá de las ciudades.
Esto no sólo requiere de voluntad ciudadana, también de voluntad política y visión técnica para que otorgare ese valor público orientado a la convivencia a la infraestructura pública. Tan sólo preguntemos, ¿quién saldrá a caminar por la calle con banquetas de esas dimensiones?, ¿quién podría sentarse en un parque con bancas sin respaldos?, ¿cómo podría estar en un lugar sin iluminación? La seguridad implica un diseño ambiental que facilitara las opciones de las personas para ocupar por derecho los espacios públicos, de forma tal, que más allá de tener ciudades blindadas para combatir la inseguridad, creáramos ciudades humanas, sustentables y seguras.
