Ejercicio y envejecimiento

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Doctor Abraham Vázquez

Desde la antigüedad era ya conocido que la actividad física es uno de los elementos ambientales que puede ser modificado para el mantenimiento de la calidad del envejecimiento.

En la obra Diálogos, de Platón, Sócrates inquiere: “¿No es verdad que el hábito corporal se deteriora con el reposo y la enfermedad, y se conserva por más tiempo con el movimiento y el ejercicio?” Avicena, en el texto “Canon de la medicina”, consigna instrucciones sobre el cuidado de los ancianos, y especifica los ejercicios físicos individualizados para su cuidado general. 

Pero una pregunta que resulta importante contestar es: “¿Por qué los ancianos se mueven menos?” La tendencia, con el paso del tiempo, de ser cada día menos activo, es resultado de una serie de factores, algunos ambientales; de la presencia de enfermedades crónicas, y de la dieta.

Otros factores son intrínsecos, moleculares, normales en el envejecimiento. El más estudiado es el deterioro progresivo de la función mitocondrial, específicamente la generación de energía. Esta falla de generación energética desencadena una cascada de eventos nocivos: disminución del metabolismo basal; por lo tanto, hiporexia; disminución de la capacidad de extracción de oxígeno; sarcopenia; osteoporosis; disminución del gasto cardiaco, por disminución de la capacidad máxima de contractilidad, y disminución de la frecuencia cardiaca máxima.

CAMBIOS FISIOLÓGICOS

Estos cambios fisiológicos causan, en individuos maduros sanos, fatiga y debilidad en esfuerzos físicos submáximos, por lo que, un individuo que funciona en un nivel normal de esfuerzo cotidiano, que no se somete de manera cotidiana a esfuerzo submaximo, lo hace de manera satisfactoria.

El cuerpo de este individuo, por optimización energética y como mecanismo de homeostasis, por la falla de generación energética mitocondrial mencionada, causa, a lo largo del tiempo, cancelación de la reserva celular y metabólica.

Esta serie de eventos causa dos fenómenos: uno consiste en evitar la realización de esfuerzos submáximos, por la incomodidad de la fatiga y la debilidad, lo cual crea un círculo vicioso que resulta en una movilidad progresivamente menor. El segundo fenómeno es la vulnerabilidad ante estresores ambientales, ya que la reserva funcional que se ha perdido era vital para poder hacerles frente. Tales estresores ambientales son, entre otros, infecciones, cambios de temperatura, el inicio de una enfermedad crónica o el consumo de un nuevo medicamento.

Esta cascada de eventos, en su condición extrema, lleva a la fragilidad, en la cual encontramos tendencia a una marcada vulnerabilidad. Así, una persona anciana previamente funcional e independiente puede ser llevada a la postración, a un nivel menor de funcionalidad, a la dependencia, discapacidad extrema o hasta la muerte por complicaciones menores, como una infección, o por un medicamento reciente.

EL EJERCICIO, PRIORITARIO

Todos estos cambios, que suceden en el proceso de envejecimiento, nos recuerdan los cambios que se suceden en el desacondicionamiento físico o en periodos prolongados de inmovilidad en los individuos, a cualquier edad, aun en los atletas de alto rendimiento, lo cual es uno de los argumentos para considerar al ejercicio como una de las acciones prioritarias para llegar a un envejecimiento saludable.

La buena noticia es que, al igual que sucede con los atletas de alto rendimiento, en los ancianos o en los individuos maduros, muchos de estos cambios, especialmente en el aspecto cardiovascular y muscular,  son reversibles.

La respuesta adaptativa cardiovascular y músculoesquelética al ejercicio aeróbico en ancianos entrenados, permite, durante el ejercicio submáximo, mejores respuestas cardiopulmonares, que se reflejan en una frecuencia cardíaca y respiratoria menor, y en menor fatiga muscular.  Por ello, el entrenamiento físico puede atenuar las limitaciones funcionales que, por otro lado, se presentarían por efecto de la edad.

PÉRDIDA DE MASA MUSCULAR

Al llegar a la vejez, los individuos han perdido ya, a lo largo de su vida, aproximadamente el 40 por ciento de la masa muscular que tenían cuando eran jóvenes sanos, y muestran disminución de la fuerza y resistencia muscular, hechos evidentes tanto en estudios transversales como longitudinales. A diferencia de otros sistemas, el ósteomuscular no resulta afectado por el ejercicio aeróbico; sin embargo, sí por el ejercicio de resistencia.

En este estudio, fue notable ver que las personas con más de 12 años de  entrenamiento en ejercicios de resistencia tenían masa muscular comparable a la de sujetos sanos, en promedio 40  años  más jóvenes.

Existe evidencia de que rutinas de ejercicio de resistencia, tan recientes como de seis meses, mejoran la fuerza en un 70 por ciento, e incrementan la masa muscular total entre cinco y siete kilogramos, dependiendo del programa elegido.

Como hemos revisado, el ejercicio físico habitual disminuye el impacto del envejecimiento biológico, especialmente en sistemas que impactan positivamente en la calidad de vida: el cardiopulmonar y osteomuscular.

 

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