Gabriel Contreras
Por alguna razón que no podría explicar con seguridad, sospecho que algunos lectores preferimos el frío para acercarnos a la novela.
Claro, el frío da pie a muchas cosas, pero acá se trata sólo de lecturas.
Yo prefiero el frío para arriesgar las horas que significan, por ejemplo, leer “Soy Pilgrim”, la obra del escritor inglés Terry Hayes.
Si hace frío, vaya, se nos hace posible imaginar la Plaza Roja, los extraños organigramas del espionaje norteamericano, la paciencia de un investigador que recorre con la mirada el cuarto de un hotelucho neoyorquino y encuentra los rastros sangrientos de sus propias ideas…
Resulta no sólo inútil sino incluso molesto tratar de imaginar una trama de espionaje cuando te corre el sudor por la espalda a las once de la mañana, o cuando salen llamas del abanico, condenándote al infierno del infierno a lo largo de la tarde, la mañana y la noche.
Así que el frío, mezclado con una taza de té, resulta lo mejor cuando lo que quieres es aproximarte por primera vez a un autor que te es prácticamente un desconocido, pero te ofrece más de 800 páginas en su primer libro.
Cierto, “Tlon, Uqbar, OrbisTertius” es una historia perfecta, consumada, magistral y compacta, y exige menos tiempo. Ese cuento argentino no pasa de las 15 páginas, según la tipografía…
Es Borges, es el escritor màs inteligente del siglo XX, OK. Pero, hay un pero… Es un autor al que algunos hemos leído a lo largo de casi 30 años, de modo que mirarlo citar a Henríquez Ureña, a su amigo Bioy, o a Alfonso Reyes, sigue siendo hermoso, pero guarda ya pocas sorpresas…
Así que… encontrar una obra nueva es… algo que puede atraernos.
Por supuesto, todas esas pequeñas historias que pululan hoy en las supertiendas deben tenernos sin cuidado, sobre todo cuando están escritas con los ojos cerrados y pensadas en forma meramente glandular.
Esta novela, “Soy Pilgrim”, tiene varias cosas que me aseguran, al menos a mí, el boleto de recorrer 800 páginas.
Primero, es divertida, muy divertida, a sabiendas de que una trama en la que no gobiernan los adjetivos ni los signos de admiración siempre vale la pena.
Segundo, no se trata de una novela “actual”, ya que sus protagonistas responden a móviles psicológicos, y no a pretextos banales como las “pandillas urbanas” o la “violencia citadina”. Eso es bueno para los periódicos, para los noticieros, no para la literatura.
En “Soy Pilgrim” es posible hallarse con un tejido de historias en las que el método, la interpretación, el lenguaje y la ironía son los que movilizan al lector, un poco al modo de las novelas de la tradición policiaca inglesa y norteamericana.
Así, entonces, da gusto leer. En efecto, leer a un desconocido, pero un desconocido que vale la pena.

