Este periodista y ensayista había tenido durante mucho tiempo un bajo perfil, hasta que su militancia ha hecho fracasar el proyecto del oleoducto gigante Keystone XL, que habría de transportar el petróleo extraído de las arenas bituminosas de Alberta hasta el Golfo de México.
(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño).
El 6 de noviembre de 2011, Bill McKibben llegó a Washington para protestar contra el oleoducto Keystone XL, que permitiría conducir petróleo a lo largo de más de dos mil 700 kilómetros, desde la provincia de Alberta, Canadá, hasta las refinerías del Golfo de México. El ecologista formaba parte de un grupo de mil 252 personas congregadas enfrente de la Casa Blanca, en agosto y septiembre de 2011, a fin de manifestarse contra ese mismo oleoducto.
Ël pasó incluso dos noches en prisión. Sin embargo, el 6 de noviembre ya estaba de regreso con miles de personas y una audaz idea: “No podemos ocupar la Casa Blanca –explicó a los manifestantes presentes- pero podemos sitiarla”. Esta estrategia tenía por objeto recordar a Barack Obama una de sus promesas electorales: “poner fin a la tiranía del petróleo”.
Doce mil personas se desplazaron ese día, e hicieron de ese evento la más grande manifestación jamás organizada enfrente de la Casa Blanca para defender una causa ambiental. Cuando se dirigió a la multitud, Bill McKibben se mostró agradablemente sorprendido.
“No creía que vería a tal cantidad de gente –confesó-; hace décadas que no se ha visto una multitud semejante para defender el medio ambiente. Al acudir aquí este día han realizado ustedes un hecho extraordinario”.
Su obsesión: seguir siendo sencillo
Grande y encorvado, sabio e increíblemente sincero, este hombre de 51 años ha conservado, durante mucho tiempo, un bajo perfil. Sin embargo, en los últimos años se ha convertido en la nueva estrella de los ecologistas. Y, para muchos defensores del medio ambiente, como Al Gore, que alaba “la pasión, la sinceridad y los impresionantes conocimientos” de Bill McKibben, él representa su mayor esperanza.
Una cosa es segura: el aire de los tiempos sopla a su favor. Entre las manifestaciones contra la industria del carbón y los campamentos del movimiento “Ocupemos Wall Street” del otoño de 2011, da la impresión de que, en los Estados Unidos, sopla un viento de protesta, y Bill McKibben lo ha sentido.
“Muy pronto, él será una de las figuras de avanzada del movimiento de defensa del medio ambiente, si es que no lo es ya, -estima Michael Brune, director ejecutivo de Sierra Club [la asociación ecologista más grande del país]. Todavía no es, en verdad, muy conocido del gran público, pero eso no tardará No me sorprendería que, en unos cuantos años, mi hija pegara posters de Bill McKibben en su recámara”.
Y esto no puede ser un asunto de años: sólo cuatro días después de la manifestación del 6 de noviembre contra el proyecto Keystone, Barack Obama decidió posponer hasta el año 2013 toda decisión relacionada con el oleoducto. Bill McKibben se apresuró entonces a anunciar en Twitter la muerte del proyecto: “¡He aquí como se aniquila un trato que parecía grabado en mármol!” Más tarde, el 18 de enero de 2012, la Casa Blanca anunciaba finalmente que el proyecto había sido rechazado, lo que obligaba a sus promotores a volver a empezar de cero.
Para los ecologistas, se trata de un acontecimiento memorable. Se estima que las arenas bituminosas de Alberta forman la segunda más grande reserva de petróleo del mundo, después de la de Arabia Saudita, y su extracción necesita mucha más energía que la perforación tradicional.
Para el científico James E. Hansen, que milita contra el calentamiento climático y trabaja para la NASA, emprender tal proceso equivaldría a “condenar a muerte al planeta”. Gracias a sus manifestaciones, Bill McKibben ha logrado impedir esta catástrofe, al menos por ahora.
El ecologista vive en el campo, en Vermont. Habita con su esposa, la escritora Sue Halpern, una casa confortable, cerca de Middlebury College, donde imparte clases. Bill McKibben no es refractario al progreso: tiene agua corriente y un microondas, un iPad e incluso un auto híbrido. Obtiene la mayor parte de su electricidad de paneles solares, pero no tiene la intención de desconectarse de la red eléctrica. Compra productos locales y todos los años, en primavera, recoge jarabe de arce; pero, al contrario de todos los otros habitantes de Vermont, o casi, no cría gallinas.
Todos los que lo conocen son de la misma opinión: es muy humano. Aun cuando varios de sus once libros han sido best sellers, y sus conferencias atraen a militantes del mundo entero, ha sabido conservar su sencillez. Contesta personalmente sus correos, y prefiere las sudaderas a los trajes. Casi todo mundo lo aprecia, hasta sus adversarios.
El senador republicano James Inhofe, uno de los principales defensores del proyecto Keystone XL, afirma que atribuir el calentamiento climático al hombre es “un énorme engaño”. Sin embargo, y muy a pesar suyo, admite que respeta la honestidad intelectual del ecologista. Las únicas críticas contra él vienen directamente de ultraconservadores, como Rush Limbaugh o Glenn Beck, que lo han tratado de “tarado”, y lo han acusado de estar involucrado en una vasta conspiración comunista; y de algunos críticos literarios, que lo han bautizado como “el ecolo gruñón”.
Bill McKibben es casi demasiado educado, y detesta hablar de sí mismo. Pocos lo saben, pero desde hace casi 30 años forma parte de la élite literaria, después de que William Shawn, legendario jefe de redacción del semanario The New Yorker, lo contrato recién titulado en Harvard.
Durante cinco años, Bill McKibben recorrió las calles de Nueva York, para redactar la columna Talk of the Town. Dice que jamás se ha sentido tan contento de su trabajo como entonces.
En Nueva York, impactado por el gran número de los sin techo que viven en las calles de la ciudad, creó un asilo en el sótano de una iglesia. No era ésa su primera incursión en el mundo de la militancia: su lucha por la justicia social empezó desde su infancia, en Lexington, Massachusetts. Su padre, Gordon, era un periodista respetado, y en casa de los McKibben la política era el centro de la mayor parte de las conversaciones. En esta familia practicante, sus miembros acompañaban a las personas de edad al médico, y hacían trabajos de voluntariado en los comedores populares.
En 1987, cuando William Shawn fue obligado a salir de The New Yorker, Bill McKibben renunció en señal de protesta. “Fue una de las mejores decisisones de mi vida”, explica, consciente de que la revista se había convertido en una “jaula de oro”. Bill McKibben y su esposa se fueron entonces a vivir en una casa un poco deteriorada, en los montes Adirondacks (en el norte del Estado de Nueva York). Vendían sus artículos a diversas publicaciones, como Ms. Magazine, Harper’s, Rolling Stone y Outside.
Estos ingresos, sumados al dinero que ganaban gracias a los cursos de periodismo que impartían durante el verano en Bard College, bastaban para subvenir a sus necesidades. Bill McKibben se enamoró locamente de la naturaleza salvaje y, al mismo tiempo, empezó a leer los primeros trabajos dedicados al calentamiento climático en revistas científicas.
En esa época, las investigaciones eran apenas balcuceos: todos los estudios sobre el efecto invernadero estaban en su escritorio.Al mismo tiempo, se dio cuenta de que se avecinaban cambios importantes, lo que lo impulsó a redactar La Naturaleza asesinada, su libro más famoso. Esta obra, que combina periodismo científico y filosofía, fue publicado en 1989, cuando Bill McKibben tenía 28 años: se trata de la primera vulgarización de la noción de calentamiento climático.
En defensa de las tierras silvestres
Su postulado inicial es a la vez sencillo y provocador: los hombres, por su comportamiento, han alterado la naturaleza en tal forma, que ésta ya no existe. Las tierras silvestres, dondequiera que estén, llevan la marca del hombre. Puede uno sostener que esto esté bien o mal; pero, para Bill McKibben, es una tragedia. “Se ha vuelto imposible imaginar que no somos sino parte de un todo –escribió-, que no somos los únicos en este planeta”.
La Naturaleza asesinada es, igualmente, una obra espiritual, que hace multitud de referencias al Génesis, al libro de Job y a la búsqueda de Dios. Aun cuando prefiere obviar el tema, Bill McKibben es creyente –fue catequista unos diez años en una iglesia metodista– y su fe impregna todas sus acciones, ya sea que se refieran al cambio climático o a la justicia social. Para él, estos dos temas están estrechamente ligados.
“Estoy convencido de que la fe cristiana de Bill está en el centro de todo lo que hace”, afirma Fred Small, pastor de la First Parish, en Cambridge (Massachusetts). Él apoya al ecologista deesde 2001, por haberse manifestado con él contra la ofensiva de la industria automovilística en favor de los 4×4.
A pesar de su mensaje pésimista, La Naturaleza asesinada se ha convertido en un clásico y ha sido traducida a más de veinte idiomas. A lo largo de los 15 años siguientes, Bill McKibben ha escrito varios libros, más autobiográficos, como Long Distance y Walking Home. “Sin embargo, siempre regresa a La Naturaleza Asesinada, y su mensaje es cada vez más penetrante”, explica John Elder, su colega y amigo, profesor en Middlebury College.
El libro más reciente de Bill McKibben, intitulado Eaarth (Tieerra) –un nuevo nombre para un nuevo planeta, según su autor– es particularmente sombrío: es una letanía de todos los problemas climáticos, que termina con algunas recomendaciones. Según John Elder: “Eaarth resume todo el trabajo que él ha realizado desde hace años: hacer saber la verdad al poder, superar las dudas, impulsar a la acción”.
Movilizar al planeta
Bill McKibben es un autor prolífico, y sus numerosos libros, ensayos y artículos lo ubican en cierto lugar entre Henry David Thoreau y Rachel Carson. Empero, no todos sus escritos han tenido impacto en las políticas relativas al clima. Durante varios años estuvo convencido de que, si los políticos leyeran La Naturaleza asesinada, y echaran una ojeada a los datos relativos al calentamiento climático, tomarían las medidas necesarias. En lugar de eso, deplora, “tanto los republicanos, como los demócratas, pueden jactarse de no haber hecho absolutamente nada en el curso de los últimos veinte años”.
Según un sondeo realizado en septiembre de 2011, el 83 por ciento de los nortemericanos piensan que el planeta se calienta, y 71 por ciento creen que el hombre es parcial o mayoritariamente responsable de este calentamiento. La opinión pública da la impresión de dejarse convencer, de cara a una meteorología cada vez más capirchosa y a las catástrofes naturales que se suceden en cadena.
A pesar de todo, Obama rara vez alude a los asuntos relacionados con el medio ambiente, en tanto que la mayor parte de los candidatos republicanos niegan la existencia del calentamiento climático. He aquí la razón de que, en los últimos años, Bill McKibben se ha convertido en una figura de avanzada de la militancia ecológica.
El año 2007 fue decisivo: con jóvenes diplomados de Middlebury College, lanzó la campaña Step It Up, para sensibilizar al gran público sobre el tema del cambio climático. En tan sólo tres meses organizó a mil 400 manifestantes de todos los Estados Unidos, para exigir al Congreso una ley sobre el clima. El grupo se convirtió más tarde en 350.org, una referencia a las 350 partículas de CO2 por cada millón de partículas lanzadas a la atmósfera ; o sea, según ellos, el máximo que puede soportar el planeta (actualmente es de alrededor de 390, y cada año va en aumento).
La idea genial detrás de 350.org es la “militancia nebulosa”. En lugar de tratar de reunir a mil personas para manifestarse contra una central de carbón en Montana, por ejemplo, las organizaciones piden a la gente participar cada año en una jornada de acción, dondequiera que vivan. Los participantes hacen alguna tarea ecológica, esgrimen una pancarta con el logo de 350 y toman una foto o un video. De ello resulta un gigantesco mosaico de imágenes que da testimonio de una impresionante movilización mundial.
Fue el 24 de octubre de 2009 cuando 350.org realizó su primera jornada de acción. Cinco mil 248 reuniones tuvieron lugar en 181 países, un acontecimiento que la revista Foreign Policy bautizó como “la más grande manifestación mundial jamás organizada”.
Pero, para Bill McKibben, 2011 ha sido, sin lugar a dudas, el año más rico en acontecimientos. En septiembre, un mes después de haber sido arrestado en Washington con otras más de mil personas, 350. org llevó a cabo la acción “El Planeta se mueve”: esto es, dos mil acontecimientos en más de 175 países, donde las personas han marchado, corrido y andado en bicicleta, para manaifestarse contra nuestra dependencia de las energías fósiles.
Después, el 6 de noviembre, tuvo lugar la gran manifestación frente a la Casa Blanca. Cuando vuelve a pensar en estos últimos meses, Bill McKibben afirma que ha vivido “el otoño más espectacular de su vida”.
Por otra parte, el ecologista pasa una buena parte de su tiempo en marcha. Cada día le proponen de cinco a diez intervenciones públicas. “Él ha pronunciado tal cantidad de discursos, y domina tan bien el tema, que, ahora, desborda energía cuando se expresa”, subraya John Elder.
En fin, casi siempre. Cuando intervino ante los militantes de “Occupy Boston”, el pasado mes de octubre, su discurso no parecía estar completamente rodado. Cuando atacaba a los eternos enemigos del medio ambiente –Industrias Koch [el poderoso conglomerado de los hermanos Koch, dos magnates multimillonarios que apoyan numerosas causas ultraconservadoras], la Cámara Americana de Comercio, ExxonMobil–, parecía realmente sorprendido de escuchar que proposiciones tan virulentas salieran de su boca.
No se trata de un asunto de coinvicción o de motivación ; lo que pasa es que él es realmente apasionado por la causa que defiende ; pero, según el pastor Fred Small, “no tiene el menor gusto por los conflictos”.
Militante de tiempo completo
Bill McKibben tendrá ahora que enfrentar un nuevo reto: conservar su credibilidad y su autenticidad, consagrando más y más tiempo a la militancia. Cuando se le pregunta si se arrepiente de haber escrito La Naturaleza asesinada, la obra que ha catapultado su carrera como defensor del medio ambiente, responde que le gustaría escribir sobre otros temas ajenos al cambio climático, pero que no tiene más que una cosa que lamentar en lo que respecta a su famoso libro. Como lo señala en el nuevo prefacio que ha redactado para la segunda edición: “Lo único que realmente me gustaría cambiar, si pudiera, son los hechos. Desde que este libro salió, todos los días rezo, con la esperanza de que se me dé una prueba de que estoy equivocado. Desgraciadamente, estas oraciones no han tenido respuesta”.
