Hugh Knowles y Martin Wright
(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño).

Si todo esto es posible, es porque las técnicas de vigilancia han ganado en poder y en complejidad, en tanto que sus precios han ido a la baja. En menos de diez años, hemos llegado al punto en que es posible seguir, desde una computadora portátil, la evolución de un rincón de selva alejado, la migración de las ballenas y el recorrido de la madera tropical desde el árbol hasta la fábrica de muebles.
Trátese de enamorados de la naturaleza o del gerente de una cadena de supermercados, estamos a punto de convertirnos en un Big Brother colectivo. Sin embargo, no es una coincidencia el hecho de que nuestra capacidad de ver evolucionar la naturaleza se acreciente, en una época en que disminuye el número de aquéllos que la observan y la viven directamente, con sus sentidos, más que con receptores. En el año 2010, la humanidad dio un paso trascendente: más del 50 por ciento de quienes la integramos vivimos ahora en ciudades.
Hace 70 años, el poeta británico T. S. Elliot preguntaba: ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?
Como seres humanos que somos, a cada momento recogemos y absorbemos una enorme cantidad de informaciones sobre nuestro medio ambiente, algunas fácilmente cuantificables, otras no. Así, a lo largo de las generaciones, se constituye un amplio almacenamiento de sabiduría que nos permite manejar nuestro medio ambiente.
Ahora bien, en nuestra época, rica en información, es más que tentador el uso de las más novedosas tecnologías a fin de adoptar una visión reducida del mundo que nos rodea. Descomponemos éste en sus elementos constitutivos, y acabamos por encontrar ceros o unos ahí donde antes había ríos, bosques, ecosistemas enteros –tantas y tantas cosas de una belleza y de una complejidad increíbles.
Y aun cuando el potencial de este benevolente Big Brother nos cautiva, debemos estar conscientes de que hay cosas que no nos dirá, pero que, sin embargo, es necesario tener presentes. Debemos conservar el sentido de la realidad, levantar nuestros ojos de la pantalla de la computadora y contemplar el mundo.
En el Camerún, Helveta ha trabado relaciones a largo plazo con quince comunidades forestales. Empezó por buscar los elementos esenciales de su forma de vida, y no fue sino hasta más tarde cuando elaboró el software que le permitiría los registros correspondientes.
El resultado: de ahora en adelante, los interesados cuentan con GPS, concebidos para levantar el mapa de su territorio, en función de los diversos usos que hacen de él. Así pues, recensan las fuentes de plantas medicinales, las zonas de pesca y los terrenos de caza, los hogares ancestrales, etcétera…
Al hacer esto, no solamente recaban información objetiva que les permitirá, muy posiblemente, establecer derechos jurídicos sobre la tierra, y defenderla contra incursiones ilegales, sino que, al mismo tiempo, hacen una recopilación de su modo de vida y adquieren, por lo menos en cierta medida, sabiduría, conocimiento e información. T. S. Elliot estaría orgulloso.
