Saint-Cirq-Lapopie: el pueblo preferido de los franceses

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De nuestro enviado especial Michel Peyrard

(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Foto Baptiste Giroudon

Situada sobre un promontorio rocoso que domina el Lot, este pueblito  medieval, de 35 moradores, recibe 400 mil visitantes cada año

Puede ser que Saint-Cirq-­Lapopie no sea realmente el pueblo más hermoso de Francia; pero es, sin la menor duda, la más bella representación, la idea más acabada que se pueda uno hacer de una aldea francesa.

Con sus cascadas de tejas planas, sus paredess encajadas en la roca seca, sus torres, sus arcos y sus terrazas esparcidas sobre el promontorio rocoso, Saint-Cirq reproduce a la perfección la singularidad de las villas de la montaña, las de nuestras rasas campiñas o las de las zonas residenciales. Nada falta ahí: ni las ruinas de castillos, sin las cuales no se puede hablar de un pasado glorioso; ni la iglesia de colosales dimensiones, en la que hace años no se celebra misa. Vamos, no falta ni el curioso cementerio, tan pequeño, que los saintcirqueños bromean inocentemente con los turistas y les dicen que la gente tiene que ser enterrada de pie.

Es cierto que, a veces, la gente tiene que sentirse apretada: la aldea, de 200 habitantes –y sólo 35 en el invierno- ve llegar cada año más de 400 mil visitantes, que rápidamente atiborran sus cuatro hoteles, sus once restaurantes y sus 500 lugares de estacionamiento, excavados en la ladera de la meseta. 

Los parisinos; dicho de otra manera, los que han tenido la desafortunada idea de nacer al norte de Brive, se descuelgan por ahí cuando empieza el buen tiempo, en busca de una casa que arreglar, un regreso a las fuentes, que se olvida muy pronto, apenas se presentan las primeras heladas. Los belgas y los holandeses se aparecen en el otoño, y firman las promesas de venta que no han sido cumplidas.

Los españoles se presentan en Saint-Cirq como vecinos, después de que una idílica tarjeta postal apareció en la primera plana del catálogo del pabellón francés, con motivo de la Exposición Universal en Sevilla. Los norteamericanos hacen acto de presencia cada año en mayor número, tras haber tenido la precaución de recortar el artículo de Gourmet Magazine, que un redactor neoyorquino ha consagrado al ícono del Lot. Y, lo que es una novedad, legiones de japoneses acuden ahora para hacer dibujos al carbón de los callejones medievales que han contemplado, una mañana de invierno, en los muros del metro de Tokio, en el marco de una campaña publicitaria Grandes Sitios, de la región media de los Pirineos.

Aquí ya no hay vida aldeana; la gente ya no se ayuda

Sin embargo, Saint-Cirq-Lapopie no existe más. Es una villa Potemkin, un engaño, una creación artística, carente de toda restricción y de toda lógica, como la quieren los surrealistas. Y precisamente uno de ellos, André Bretón es uno de los autores del invento.

En junio de 1950, Bretón participó, en Cahors, en una reunión de Ciudadanos del Mundo, un movimiento pacifista, iniciado dos años antes por Garry Davis, viejo piloto arrepentido de un bombardero americano. En poco tiempo, 248 comunas, de las 340 que integran el Departamento de Lot, viejo espacio radical, se adhirieron a esta carta de la globalización y de la abolición de fronteras. El 24 de junio, Breton, Davis, Orson Welles y otros cinco mil marchistas, se lanzaron­ a lo largo de la Ruta Mundial Número Uno, símbolo de la fraternidad, que marcaron con señalamientos en los que se inscriben las distancias que separan al Lot de las grandes urbes del mundo, como Nueva York, México o Moscú. El mojón último fue colocado en Saint-Cirq, que el “papa del surrealismo” descubre por la tarde, iluminado por las luces de la Saint-Jean.

“Saint-Cirq, abrazado por los fuegos de Bengala, escribe Bretón, se me apareció como una rosa imposible por la noche. Debe haber sido algo como un rayo, si pienso que, a la mañana siguiente, yo regresaba, con la tentación de colocarme en el centro de esta flor: ¡Maravilla! Había dejado de llamear, pero estaba intacta. A través de muchos otros sitios –de América, de Europa–, Saint-Cirq me ha dejado un solo encantamiento: aquel que lo déjà a uno fijo para siempre. Ya no quiero estar en ningún otro lugar”.

Así, compró inmediatamente la antigua Posada de los Marineros, una casa coronada por una torre cuadrada, donde pasará todos los otoños, con sus más allegados, hasta su muerte, en 1966.

“Fue él quien proyecto a Saint-Cirq”, asegura Madeleine Cabessut, de 87 años, personaje incontrovertible, conocida por su franco hablar, a quien todo mundo aquí le dice Mado. “Es un hecho que, cuando el señor Bretón comenzó a invitar a sus amigos, el pueblo despertó. Eso nos ha traído un gran bullicio”.

Actualmente, Mado atiende el bar Lapopie, el único café-­tabaco, al cual André Bretón viene a desayunar, con Max Ernst, Man Ray, Toyen, Alechinsky… Bretón pasea su periquillo enjaulado y rehace el mundo con sus invitados…

 

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