(Título original en Courrier International: L’homme qui tuait les moustiques avec son sang. Traducción de Félix Ramos Gamiño).
Tragando una píldora especial, podría uno envenenar a estos insectos cuando pican. Tal es el radical tratamiento propuesto por un investigador holandés
Tonie Mudde / De Volskrant
Se posan en los extremos de sus dedos, en sus articulaciones, en sus puños. Setenta mosquitos tanzanios hambrientos tienen un festín en la mano izquierda de Bart Knols. La mayor parte de la gente retiraría de inmediato su mano de la caja de vidrio. Sin embargo, el entomólogo Bart Knols permanece tranquilamente sentado. Él conoce a otros investigadores que alimentan así a sus mosquitos.
Desde luego que es posible meter en la caja una bolsa de plástico que contenga sangre, a fin de que los mosquitos la piquen. Sin embargo, primero habría que encargar la sangre y después trasvasarla en sacos especiales: toda una historia. Resulta mucho más rápido meter la mano en la caja. Y cuando uno lo ha hecho en repetidas ocasiones, termina por inmunizarse de manera natural contra las sustancias irritantes que el mosquito -cuya saliva anticoagulante provoca una reacción alérgica en el hombre- inyecta en la sangre.
Todos han muerto
¿Se trata de una jornada común y corriente en el laboratorio holandés In2Care? Desde luego que no, porque una vez que Bart Knols, director de esta sociedad de Wageningen, retira su mano, no hacen falta más de quince minutos para que mueran los primeros mosquitos. Esperen. Ahí va otro; más bien, otra, que muere (sólo los mosquitos hembra pican). El cuerpo, hinchado con la sangre de Bart Knols, se desliza sobre la pared de vidrio. En el piso de la caja, contrae sus patas y agita sus alas; sus movimientos se vuelven cada vez más irregulares; enseguida, muere.
“Se trata de un medio de atacar enfermedades como el paludismo, explica Bart Knols. Matar mosquitos con la propia sangre es una técnica radical”.
Al inicio de la mañana, Bart Knols se ha tomado un comprimido. Se niega a dar su composición precisa: está en espera de respuesta a una solicitud de patente. Esta respuesta permite el uso de un medicamento de manera distinta a la que estaba inicialmente prevista en el mercado. A fuerza de insistencia, logro que Bart Knols me haga una precisión. El producto es uno de los numerosos tratamientos utilizados para librar a los perros de sus pulgas. La sustancia bloquea el sistema nervioso de las pulgas, sin producir efecto alguno en los perros. La primera vez que Bart Knols oyó hablar de este producto, se preguntó: ¿será posible que estas sustancias sean igualmente tóxicas para los mosquitos? ¿Y qué pasaría si un humano, en lugar de un perro, se tragara tal comprimido? Bart consultó estudios médicos, entre otros, para verificar si alguien había ya intentado la experiencia.
“No encontré más que un artículo sobre un chino que había intentado suicidarse bebiendo un litro de este producto, comenta. Éste fracasó en su intento, lo que me confirmó en la idea de que el producto no era tóxico más que para los insectos”.
Imagine usted un anuncio: se busca un voluntario dispuesto, para fines experimentales, a tragar un comprimido misterioso, y, después, a meter su brazo en una caja llena de mosquitos vectores del paludismo. Bart Knols no creía que mucha gente respondiera a tal género de llamado. Así, no le quedaba más que una solución: tragar él mismo el comprimido.
Bart Knols ha sobrevivido a la experiencia, pero no los mosquitos de su laboratorio. Todas las horas deslizaba su brazo en una nueva caja. Los mosquitos vectores de malaria, los mosquitos vectores del dengue, todos murieron. Bart Knols y los miembros de su equipo saltaban de alegría en el laboratorio. Durante 18 horas, Bart Knols fue un matador ambulante de mosquitos. Después, el veneno desapareció de su sangre. Actualmente, busca un inversionista para proceder a ensayos clínicos en cientos de voluntarios, a fin de que el medicamento pueda obtener una autorización que permita su uso en seres humanos.
“Pudiera ser que Bill Gates se interesara. Él invirtió millones en la lucha contra el paludismo, y este comprimido podría ser una nueva arma fundamental”.
Científicos de la Universidad del Estado de Colorado han realizado investigaciones similares, y han distribuido comprimidos de Ivermectine en aldeas de Senegal. Este medicamento se utiliza desde hace años en África, para el tratamiento de ciertas parasitosis. El resultado ha sido efectivo sobre los mosquitos portadores del paludismo, pues han vivido cinco días menos. “El mosquito portador del paludismo no vive en promedio más que dos semanas, así que se trata de una gran mejoría. Empero, con nuestro comprimido, el mosquito muere en una hora. Por lo menos, tenemos la certeza de que este mosquito no puede contaminar a nadie más”.
Sin embargo, el comprmido de Bart Knols tiene un gran inconveniente respecto del Ivermectine: todavía no ha sido aprobado para su utilización en seres humanos. “El hecho de que Bart Knols no haya resentido efectos secundarios no significa que eso sea aplicable a todo mundo”, dice Henk Schallig, coordinador de investigaciones y parasitólogo del Koninklijk Instituut voor de Tropen [Instituto Real de los Trópicos] en Amsterdam. “La idea me parece sumamente interesante; pero, ¿cómo administrar el tratamiento a los niños y a las mujeres embarazadas?”.
Un medicamento altruista
Este último grupo es el que más preocupa a Henk Schallig. Un estudio realizado en Gambia indica que los mosquitos portadores del paludismo tienen una marcada preferencia por el olor de las mujeres encintas. Por lo tanto, son ellas, en teoría, el grupo ideal para tomr el comprimido. Con su sangre, estas mujeres podrían acabar pronto con los mosquitos portadores del paludismo. “Sin embargo, el feto en el útero es vulnerable. No sería ésta la primera vez que un fármaco prometedor fracasara en la etapa experimental, porque los riesgos para el niño que está por nacer son muy altos”, dice Henk Schallig. Y para que el comprimido de Bart Knols sea eficaz, debe tomarlo toda la gente en la zona afectada por el paludismo o el dengue. De no ser así, siempre quedarán mosquitos con vida.
El comprimido sería un medicamento altruista: uno protege de infecciones a los otros, no a sí mismo. En efecto, los mosquitos no mueren, sino depués de que han picado a alguien. “Las campañas de vacunación pueden ser muy eifcaces para proteger a amplios grupos de personas contra las enfermedades. Empero, en este caso, se trata de un comprimido que las personas sanas deben tomar cada semana, tal vez todos los días. ¿Todo mundo va a ser constante?” se pregunta Henk Schallig.
Pese a estas críticas, Bart Knols aún cree en su comprimido; porque, aun cuando no sirva como arma de destrucción masiva contra los mosquitos, se imagina sus aplicaciones, particularmente para la lucha contra el dengue. Se trata de una enfermedad viral que se propaga localmente. A menudo, es el padre el afectado en primer lugar; después, la madre, los niños, los vecinos, y así en cadena. Los enfermos padecen fiebre y fuertes dolores articulares. “Se trata de una enfermedad maligna, contra la cual no hay nada que se pueda hacer. Sin embargo, una vez que un miembro de la familia desarrolle los síntomas, un médico podría prescribirle este comprimido. Esto evitaría que un padre contaminado transmitiera la enfermedad a su familia. ¿Qué padre se negaría a ello. Yo no lo dudaría un momento”, asegura Bart Knols.
