Jorge Pedraza
Tomado del El Porvenir
AUNQUE no era originario de Monterrey, el doctor José Eleuterio González «Gonzalitos» escogió esta ciudad como su tierra adoptiva y aquí realizó una de las tareas más hermosas de que se tenga memoria.
Nació en Guadalajara, Jalisco, el 20 de febrero de l8l3. Este día se cumplen 200 años.
Llegó a Monterrey en el mes de noviembre de l833, cuando apenas tenía veinte años de edad. Fue brillante médico, historiador, educador, humanista y filántropo. Fue director del Colegio Civil y de la Escuela de Medicina. También fue Gobernador del Estado. Fundó, por otra parte, la Escuela Normal de Profesores.
Como médico, lo mismo atendía a pobres y a ricos. Fue tan grande su empeño en curar a los enfermos y tanta la abnegación y caridad que puso en sus cuidados, que se ganó el apodo cariñoso de «Gonzalitos». No conforme con haber dedicado su vida al servicio de los demás, no contento con haber realizado una gran labor y ser el creador de importantes instituciones educativas y sociales, Gonzalitos dejó establecido en la cláusula sexta de su testamento, lo siguiente:
«Es mi voluntad que se venda la casa que tengo en la calle de Morelos, frente al Palacio de Gobierno, y que se destine su producto, por mitad al Hospital Civil y a la Escuela de Medicina».
Previamente, en la cláusula cuarta había dejado establecido lo siguiente: «Todo Monterrey sabe que yo nunca he cobrado nada, que todo lo que tengo ha sido por regalos y donaciones que me han hecho».
Su nombre figura en varias escuelas, en una de las principales avenidas de Monterrey, en el Hospital Universitario y en uno de los municipios del Estado: Doctor González, Nuevo León.
COMO ERA GONZALITOS
De acuerdo con los retratos que existen de Gonzalitos, éstas eran sus principales características físicas:
Rostro redondo, bondadoso, ojos pacíficos, boca grande, pero fina. La frente espaciosa, un tanto abultada hacia las sienes, da la impresión de un hombre pensador, y lo confirman los párpados abultados de quien se ha pasado la vida sobre los instrumentos de investigación científica o literaria. En cuanto a su estatura, medía un metro y sesenta y tres centímetros y era un tanto grueso.
Tres monumentos nos recuerdan su figura en nuestra ciudad. Uno está en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Nuevo León, otro en el Hospital Universitario que lleva su nombre y uno más, el más reciente, en la Avenida “Dr. José Eleuterio González”.
Este último fue motivo de críticas. Primero porque no se cumplió con las formas establecidas. Ni se consultó a la comunidad, ni a los Regidores del propio Cabildo y mucho menos a los historiadores. Esto motivó diversas reuniones de historiadores, cronistas, arquitectos, escultores y gente del medio cultural, para hacer –en colaboración con el autor del monumento– una nueva propuesta.
SE AGIGANTA A TRAVÉS DEL TIEMPO
Mientras tanto, la imagen de Gonzalitos ha seguido creciendo y se agiganta a través del tiempo.
Es cierto. No nació en Monterrey, pero quiso mucho a Monterrey y a los regiomontanos.
Y lo demostró con hechos.
Monterrey y Nuevo León no podían quedarse atrás. Por ello y en atención a sus méritos, el Congreso del Estado lo declaró en vida «Benemérito de Nuevo León», el 20 de febrero de l867.
Falleció en Monterrey, el cuatro de abril de l888, a la edad de 75 años, un mes y 12 días. Sobre el ataúd se leía lo siguiente:
DE GENERACION EN GENERACIÓN
«No se perderá su memoria y su nombre se repetirá de generación en generación». Al enterarse de su fallecimiento, don Guillermo Prieto afirmó » El Dr. José Eleuterio González fue un luminar para la ciencia. Un tesoro para la juventud. Un consuelo para la humanidad doliente y un orgullo para Monterrey…»
Don Guillermo había conocido a Gonzalitos durante la estancia del Presidente Juárez y su equipo de gobierno en Monterrey, del tres de abril al 15 de agosto de 1864.
Por espacio de 55 años, Gonzalitos ejerció la medicina al servicio de sus semejantes. Pero no se conformó con esto. Fue más allá. Lo demuestran los múltiples las instituciones por él creadas, los libros que publicó, así como los valiosos servicios que prestó a la educación, a la cultura y a la administración pública. Por ello, su nombre, su imagen y su obra continúan vivos.
José Eleuterio González es ejemplo a seguir.
