Artículo original en inglés, The New York Times
Por Jan Hoffman
(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Yorba Linda, California.- Después de recibir una amonestación, en que se le reprochaba por violar los reglamentos municipales, una anciana, paño húmedo en mano, se esfuerza por limpiar su cochera, sucia y atiborrada de trastos viejos. Al ver que llegan dos agentes a inspeccionar el lugar, les muestra orgullosa una caja abierta, en la cual ha depositado dos ratas muertas.
Para que las puedan apreciar bien, ha colocado la caja sobre uno de los montones de objetos acumulados en la cochera: cajas de las que se desbordan ropa y latas de conservas, un cuadro de bicicleta, un trapeador recubierto de moho…
Darren Johnson, inspector al servicio de seguridad contra incendios del Condado de Orange, y Mary Lewis, encargada de hacer respetar el reglamento municipal, le sonríen para animarla. Mal que bien, entran en la casa, cuyos corredores están obstruidos por los detritos de una vida atormentada. Ambos forman parte del Grupo de Intervención del Condado de Orange, que lucha contra la acumulación compulsiva, y han sido entrenados para no amilanarse al enfrentarse a olores nauseabundos, mientras se deslizan sobre periódicos impregnados de orines de ratas.
Darren Johnson dirige la luz de su linterna sobre alambres eléctricos enredados y sobre montones de revistas viejas. Si estallara un incendio, explica a la mujer, “mis hombres batallarían para abrirse camino. Habría necesidad de sacarla a usted por la ventana, pero sería difícil escalar por todos estos obstáculos para llegar a ella”. Y concluye suavemente: “¿Cree usted que sería conveniente ayudarla a limpiar todo esto, a fin de salvarla a usted y no poner en peligro a los demás?”
LA OBSESIÓN DE ACUMULAR
En los Estados Unidos, entre el tres y el cinco por ciento de la población sufre de silogomanía, una obsesión compulsiva de acumular objetos viejos e inútiles, que ha sido reconocida oficialmente como un trastorno mental, en la quinta edición del
Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales, el DSM-5.
Sin embargo, el impacto de este problema no concierne solamente a la persona que lo padece y a sus familiares: pone asimismo en peligro a los vecinos inmediatos, pues crea las condiciones ideales para que se declaren incendios domésticos, infestaciones de animales dañinos, y enfermedades.
En todo el país, empleados municipales como Darren Johnson y Mary Lewis han empezado a combatir este problema, el cual consideran como un verdadero peligro para la salud pública. Más de 85 municipios de San José (California), Wichita (Kansas), Portland (Maine) han creado grupos de intervención, con la esperanza de evitar catástrofes y ayudar a los acumuladores patológicos a retomar la vida en sus manos.
Su responsabilidad es particularmente delicada. Los agentes deben determinar si una intervención es necesaria o si atenta contra el derecho a la vida privada de los individuos. “La naturaleza del problema implica la movilización de diferentes tipos de recursos”, explica Christiana Bratiotis, docente de Trabajo Social en la Universidad de Nebraska.
Por lo general, los grupos de intervención –subraya- cuentan a la vez con personas encargadas de brindar apoyo psicológico, así como de mantener el orden. Ella es, asimismo, coautora de la obra “The Hoarding Handbook” [no traducido], una guía de intervención. “El método del garrote y el bastón puede resultar eficaz”.
La acumulación compulsiva es un problema mal comprendido y complejo: los casos evolucionan con el tiempo y se vuelven crónicos. Y no es lo mismo vivir en el desorden que tratar de coleccionar todo. La necesidad tranquilizadora de acumular, asociada a la incapacidad paralizante de tirar a la basura lo que sea, altera gravemente la capacidad de las personas de llevar una vida normal.
UNA PAREJA ENTERRADA VIVA
Con los años, la salud y la higiene de las personas afectadas se degradan. Como los hornos, los fregaderos y los baños se vuelven lugares de almacenamiento, el cocinar o el asearse se vuelven tareas imposibles. Dormir se convierte en una noción relativa. Un día, Darren Johnson trató de ayudar a un ingeniero aeroespacial que, una vez que su cama quedó sepultada bajo multitud de artículos, simplemente colocó un colchón en la parte superior. En 2010, en Chicago, se encontró a una pareja enterrada viva bajo montañas de objetos acumulados a lo largo de los años.
Con el tiempo aumenta el peligro de incendios. Los recibos de la energía eléctrica quedan sepultados bajo avalanchas de papeles, y las personas se olvidan de pagarlos, por lo que finalmente se procede a cortar la corriente. Entonces, empiezan a utilizar velas para iluminarse, y calentadores de gas, colocados solamente a unos cuantos centímetros de plataformas inestables, armadas con sus preciados desechos.
Los grupos de intervención se enfrentan igualmente a otra amenaza para la salud pública: las infestaciones. Una vez cortado el servicio de agua, los enfermos orinan en botellas y defecan en el patio o el jardín. Las bacterias se esparcen, los gusanos festejan y se instalan los parásitos.
Los métodos tradicionales seguidos para confrontar a los acumuladores compulsivos consigo mismos, se consideran cada vez menos eficaces, con el agravante de crear nuevos problemas.
Con frecuencia, los familiares o los equipos municipales de limpieza arrojaban todos los objetos acumulados en un contenedor de basura, mientras que las personas afectadas contemplaban la escena, traumatizadas. En los casos más extremos, los alojamientos terminaban por ser condenados. Entonces, los propietarios o locatarios que sufrían de problemas mentales, y rotos los lazos de comunicación con sus familiares, quedaban en la calle.
20,000 DÓLARES DE LIMPIEZA
A fin de clasificar los alojamientos en riesgo, la mayor parte de los grupos de intervención se refieren a una relación de criterios. Para los niveles de 1 a 3, una intervención resulta potencialmente necesaria, aunque los lugares no están necesariamente en una situación de deterioro avanzado.
“Para las habitaciones de nivel 5 [el más grave], la limpieza cuesta cuando menos 20 000 dólares”, afirma Darren Johnson, quien ve entre 60 y 80 casos graves cada año. Muchas veces, los fondos públicos pueden cubrir una parte de los gastos. El inspector, después de haber estimado el nivel de las posibilidades de incendio, puede solicitar la presencia de asistentes sociales, de un equipo de fumigación, y de equipos de limpieza afiliados al grupo de intervención del condado. Llena asimismo una base de datos orientados a la prestación de auxilio: de esta manera, en caso de incendio o de otra urgencia en esta casa, ellos sabrán qué accesos están bloqueados y qué protecciones suplementarias les serán útiles.
Pero hasta los grupos de intervención mejor organizados encuentran obstáculos, ya que los acumuladores compulsivos oponen una resistencia encarnizada a todo tipo de intervención. Con los años, los enfermos se aíslan cada vez más, aterrorizados ante la idea de perder sus posesiones. Darren Johnson se ha visto en la necesidad de rechazar a perros agresivos y de enfrentarse cara a cara con personas armadas.
Pero, incluso una vez que un alojamiento se ha vuelto nuevamente habitable, las recaídas son comunes. Años atrás, la anciana de Yorba Linda había tenido el valor de llenar un contenedor con materiales que había reunido, aunque aún quedaba una cantidad enorme.
“Un psicoterapeuta me había dicho que yo debería tirar por lo menos todos los papeles pero no lo conseguí”, confía ella. En esta ocasión promete participar en una terapia de grupo. “Yo no nací con esta enfermedad, resume. Tengo 76 años, y no voy a morir así”.
