Jorge Pedraza Salinas
A un año de su partida –abril 17 de 2015–, Gabriel García Márquez, el popular Gabo, considerado el Patriarca de las letras en América Latina, continúa siendo un auténtico ídolo de las nuevas generaciones de periodistas y escritores. Con ellos compartió –y comparte a través de su obra– sus conocimientos, su experiencia y su creatividad, que lo llevaron a conquistar en 1982 el Premio Nobel de Literatura.
En Nuevo León y en Coahuila, García Márquez estuvo en varias ocasiones. Su presencia lo puso en contacto con nuestra gente. Por medio de talleres de guión y de periodismo, García Márquez convivió con centenares de escritores noveles -algunos ya no tan noveles- y los introdujo, con esa magia de su estilo, en los íntimos y gratificantes recovecos del mundo de las letras.
No se trata de que les enseñe a escribir, pues a quienes participan en esos talleres se les exige precisamente alguna experiencia en el campo de las letras, sino de que lo acompañen en ese constante descubrimiento de la belleza, de lo extraordinario, de lo mágico, de lo inverosímil, pero también de lo cotidiano, de lo normal, de lo prosaico –que existe– en el terreno literario.
En este plan y desde hace varios años, Gabo recorrió gran parte de la geografía nacional, así como de otros países latinoamericanos y del mundo.
De esta manera, los días comprendidos del 21 al 23 de septiembre de 1998 marcaron un hito importante en la vida literaria de 12 periodistas de México y de otros países de Latinoamérica, que participaron en un Taller de Periodismo Narrativo, impartido por el Premio Nobel de Literatura.
EN MONTERREY Y EN SALTILLO
El autor de obras que han dado la vuelta al mundo, traducidas a diferentes idiomas, no visitó sin embargo nuestra ciudad por primera ocasión en septiembre de 1998. Ya lo había hecho en ocasión anterior, el 4 de agosto de 1990, invitado por el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari a una gira de trabajo por Monterrey y Saltillo.
De la misma forma en que ocurrió en anteriores foros en que impartió éste y otros cursos similares –el de Monterrey tuvo como sede el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO– no hubo acceso a los medios de comunicación, motivo por el cual éstos no destacaron con la amplitud que ameritaba, la información respectiva.
Sin embargo, tras terminar el Taller de Periodismo Narrativo, con duración de tres días, el autor de Cien años de soledad, La muerte del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, y otras obras, se dio tiempo para convivir y cambiar impresiones, a lo largo de dos horas, con una treintena de estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León y del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.
Los seleccionados, alumnos de Letras Españolas del ITESM, y de las Facultades de Filosofía y Letras, y de Comunicación de la UANL, –tampoco en este caso hubo acceso a la prensa– vivieron una maravillosa experiencia, según lo expresaron algunos de ellos.
OPINIONES
«Supimos muchos de sus secretos. Nos dijo que Cien años de soledad no sería lo mismo, si antes no hubiera leído a Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y que él no siente que haga realismo mágico, sino realismo sin etiquetas», comentó Greta Guerrero, estudiante del ITESM.
Para Liliana Falcón, estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UANL, García Márquez «se abrió de capa con nosotros; supimos que sus textos rebosan mitos que le platicaban de niño, vivencias de algunas etapas de su vida, personajes de carne y hueso que va esbozando. Simplemente el verlo, saberlo cortés y atento a cualquier pregunta, por tonta que pudiera parecer, fue lo máximo».
«Después de oírlo, tengo más optimismo para seguir escribiendo y soñando. Creo que se abrió de capa con nosotros», dijo Antonio Ramos, estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL.
«Vi en él a una persona sencilla, sensible, que habla como escribe. Es una fantasía escucharlo, y más saber cómo plasma algunas etapas de su vida con ese realismo mágico», fue el comentario de Greta Guerrero, estudiante de Letras Españolas del ITESM.
Por su parte, Carmen Alanís, de la Facultad de Filosofía y Letras, apuntó: «Era un sueño conocer a este señor. Conversamos plácidamente de todas sus obras. Fue como abrir un libro hablado. Es un gusto. No todos los días se habla con un Premio Nobel de Literatura.
Finalmente, Mónica Borrego, también de la Facultad de Filosofía y letras, estimó que «Tuvimos mucha suerte. Oímos de él una serie de trucos en la escritura, pero lo mejor fue saber de sus preocupaciones al estar escribiendo; de cómo se interesa por el lector, y cómo prefiere dejar de escribir cuando el texto que está elaborando le parece aburrido».
LO QUE PIENSA EL ESCRITOR
Entre los jóvenes asistentes al curso de García Márquez, figuró José Garza, hijo del desaparecido Celso Garza Guajardo. José consignó estas vivencias en su Cuaderno de reportero, obra que con una breve presentación de Vicente Leñero, y un epílogo del maestro Silvino Jaramillo, vio la luz en mayo de 1999 y fue presentado en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UANL.
«El periodismo –cita José Garza a Gabo– es un género literario, y así hay que asumirlo y desenvolverlo; hay una dignidad del periodista fundada en el hecho de que es un escritor; hay que vivir para ser escritores.
Y dice más adelante que el reportaje es «para García Márquez, el relato de un acontecimiento, un cuento de lo que pasó: un género literario asignado al periodismo, para el que se necesita ser un narrador esclavizado a la realidad.
«Tal y como lo hizo al contar en primera persona la historia de Luis Alejandro Velasco en Relato de un náufrago, García Márquez explicó que al buscar narrar una historia, cuya forma como crónica o reportaje por ejemplo será exigida por el hecho mismo, ‘lo ideal es tener todos los detalles’ «.
En otra parte de su libro, José Garza comenta: «García Márquez tiene establecido que una de las reglas ha de pasar por la honestidad, y por la certeza de que la objetividad ‘no existe, pero hay que aparentar que existe’, puesto que la verdad es un problema de conciencia y de criterio en cuanto a saber qué es lo que puede dar más credibilidad. ‘Mi trabajo es convencer al lector de que me crea, pero tampoco lo complazco’. El periodista debe creer en lo que hace. ‘En el oficio del reportero se puede decir lo que se quiera, con dos condiciones: que se haga de forma creíble, y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad’. Así confiesa que ‘no hay un solo episodio de mis libros que no esté alimentado de la realidad’ «.
El propio García Márquez, en La bendita manía de contar, reconoce que padece de esa manía, «Y me pregunto: esa manía, ¿se puede transmitir? ¿Las obsesiones se enseñan? Lo que sí puede hacer uno es compartir experiencias, mostrar problemas, hablar de las soluciones que encontró y de las decisiones que tuvo que tomar, por qué hizo esto y no aquello, por qué eliminó de la historia una determinada situación o incluyó un nuevo personaje… ¿No es eso lo que hacen también los escritores cuando leen a otros escritores? Los novelistas no leemos novelas, sino para saber cómo están escritas».
Y más adelante: «Cuando estoy escribiendo una novela me atrinchero en mi mundo y no comparto nada con nadie. Soy de una arrogancia, una prepotencia y una vanidad absolutas. ¿Por qué? Porque creo que es la única manera que tengo de proteger al feto, de garantizar que se desarrolle como lo concebí. Ahora bien, cuando termino o considero terminada una primera versión, siento la necesidad de oir algunas opiniones y les paso los originales a unos amigos. Son amigos de muchos años, en cuyos criterios confío y a quienes pido, por tanto, que sean los primeros lectores de mis obras».
Como dijo uno de los estudiantes que tuvo la fortuna de dialogar con él: «no todos los días se habla con un Premio Nobel de Literatura.

