El abuelo del macaco

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Emiliano Bruner

Me acuerdo de un cuento gracioso que daba la vuelta en la red donde alguien, siguiendo un largo y complejo razonamiento lógico y genealógico, demostraba a ciencia cierta que él era su abuelo. Con esto pretendía escaquearse del servicio militar porque, siendo abuelo de sí mismo, ya había cumplido con el deber hacía tiempo. A pesar de la complejidad de los pasos deductivos del razonamiento, supongo que en algunas partes la aguda demostración genealógica tenía que presentar algún fallo. Y ello porque algo me dice, más allá de cualquier posible argumento teórico, que uno no puede ser abuelo de sí mismo.

A pesar de que todo esto parezca tan claro, después de siglos de teorías evolutivas seguimos tratando a las especies que comparten en el presente su existencia con nosotros como etapas ancestrales de nuestro camino. Sabemos de sobra que no es así, pero no podemos dejar de hacerlo.

En el siglo II d.C., Galeno notó la marcada similitud entre humanos y macacos, y decidió entonces utilizar a estos monos como aproximación para estudiar nuestra anatomía, ya que en aquella época había importantes restricciones legales en la utilización de cadáveres humanos. Desde entonces, el macaco es especie elegida en muchos laboratorios de anatomía, medicina, y farmacología. Se usa como modelo animal para la fisiología humana y como modelo evolutivo para muchas investigaciones, sobre todo en neurociencia. Ahora, como yo no puedo ser mi abuelo, es muy poco probable que una especie viviente hoy en día pueda ser al mismo tiempo un ancestro. Humanos y macacos nos hemos separados, a nivel evolutivo, hace decenas de millones de años. Desde entonces, nosotros hemos ido por nuestro camino, y ellos por el suyo. Es muy improbable que nuestro linaje haya cambiado tanto y el suyo no haya cambiado nada. Suponer que un macaco representa una forma arcaica para nuestra especie es tan sensato como suponer lo contrario.

Además hablamos de un primate muy reciente. Actualmente los macacos se encuentran sobre todo en Asia, con la única excepción de los macacos de Marruecos y de Gibraltar, probable vestigio de especies europeas y africanas que poblaron nuestras tierras hace tiempo. Este grupo se caracterizó evolutivamente hace 5 millones de años, más o menos como los homínidos. Luego los macacos se diversificaron hace 2,5 millones de años, como el género Homo. Las especies actuales evolucionan entre 100 y 400 mil años, igual que Homo sapiens. Es decir, no solo nosotros y los macacos llevamos decenas de millones de años cambiando de forma independiente el uno del otro, sino que además ambos somos dos «inventos evolutivos» muy recientes. Esto sin considerar que el género Macaca hoy en día cuenta con alrededor de 20 especies, todas muy diferentes entre sí, adaptadas a ambientes diferentes a través de una biología muy diferente.

Pero seguimos proponiendo una falsa perspectiva de evolución lineal, gradual y progresiva, aunque sabemos desde hace décadas que las cosas han ido de forma distinta. Seguimos dibujando un hombre erguido que poco a poco evoluciona desde un mono cuadrúpede, a pesar de que sabemos desde hace décadas que los antepasados de los homínidos no eran cuadrúpedes, sino suspensorios y braquiadores: igual que los bípedos, ya tenían una estructura del cuerpo vertical, especializados en «colgarse», más que en andar a cuatro patas. Y, en terminos evolutivos, el cambio de colgarse de los brazos a apoyarse en las piernas es relativamente fácil.

Este mismo razonamiento vale para un chimpancé: su evolución ha sido independiente de la nuestra a lo largo de millones de años, desconocemos totalmente sus cambios porque en la selva los cuerpos no fosilizan, y su forma de andar (apoyándose en los nudillos) es una reciente especialización suya y del gorila, no un carácter primitivo.

Entonces, si sabemos todo esto, ¿por qué seguimos pensando en estas especies como si fuesen seres atávicos? ¿Por qué seguimos empecinándonos en posicionar la variabilidad actual a lo largo de un camino lineal que nunca ha existido? Es una aproximación que claramente desvía el conocimiento de una perspectiva evolutiva adecuada. Pero sobre todo, y como el mismo Galeno pudo experimentar, puede llevarnos a conclusiones incorrectas, y la cosa puede ser importante sobre todo cuando tratamos temas médicos y neurolobiológicos.

Un humano podría haberse ahorrado la mili si hubiera sido capaz de demostrar ser su mismo abuelo. Un macaco, si hubiese podido demostrar no serlo, quizá se habría podido ahorrar una parte importante de su alistamiento en unos cuantos laboratorios de biología experimental.

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Una versión más trágica de la historia del hombre que era abuelo de sí mismo acaba como drama genealógico imposible de soportar, y lo podéis leer aquí. Sobre los macacos de Gibraltar cuenta la leyenda que cuando desaparezca el último mono los ingleses perderán la colonia ibérica. No se sabe si son realmente una población europea residual, o en qué medida hayan sido repoblados desde las montañas de Marruecos. De momento son más que nada negocio turístico, para echarles comida y sacarles fotos, con los lugareños que te los cuelgan al cuello a pesar de ser vectores de herpesvirus mortales para los humanos, o de que sencillamente pueden soltar mordiscos bastante contundentes. Tomé la foto de arriba en 2002, en Gibraltar.

Sobre braquiación, primates suspensorios con una locomoción algo comparable con los primeros homínidos podrían ser los actuales orangutanes. Una adaptación extrema en este sentido son los gibones, que demuestran muy bien la relación entre braquiación y locomoción bípeda. Os invito a echar un vistazo a los muchos vídeos que hay en youtube, como este.

http://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/80/posts/el-abuelo-del-macaco-13327

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