Gabriel Contreras
A lo largo de mi vida he visto cómo el sufrimiento se apodera de numerosos jóvenes que, deseosos de convertirse inmediatamente en escritores de cierto éxito, se desvelan y se esfuerzan con la mirada puesta en las grandes casas editoriales: Alfaguara, Océano, Planeta, Visor, cosas así.
Tarde o temprano, muchos de ellos consiguen publicar algo tal vez en el sello Tusquets, o en alguna otra editorial poderosa. Pero otros, otros no, otros simplemente persisten en ese deseo luminoso, que pasa de ser una mera frustración a convertirse en un auténtico tormento.
Lloran, en la soledad lloran, ocultos a todos los demás lloran. Pues bien. Tengo un posible consuelo para todos ellos.
Este consuelo, que tal vez sea un poco tonto pero bienintencionado, es el siguiente. Jóvenes amigos míos, olvídense de estar haciendo fila a las puertas de las grandes editoriales, olvídense de apostar por esas grandes firmas cuya vocación esencial se llama mercado. Dejen por la paz esa guerra perdida, y simplemente creen una buena historia, un poema vigoroso, busquen un buen cyber café, impriman ahí sus páginas, pocas, muchas, no importa, pero sí importa que busquen a un artesano de la encuadernación, y creen, por fin, su libro. No cien, no mil ejemplares, no. Uno solo. Un libro único, con un tiraje de un solo ejemplar.
Y vayan entonces a las plazas públicas, a los mercados de baratijas, a las puertas de los cines, a los alrededores del estadio, a la iglesia, y lean ahí, en voz alta, su libro. Conviértanse, de veras, en artistas del escándalo, y léanlo en los apestosos vagones del Metro, en todas esas cantinas con olor a mierda, entre el furor de los antros. Háganlo, se los pido por favor, háganlo. No triunfarán, claro, no serán estrellas de las páginas culturales, pero sabrán, eso sí, sabrán lo que se siente disfrutar de un placer artístico que, en el fondo, es meramente personal: el placer de hacer llegar tu libro a los ojos, a los oídos, a la vida de los otros.

