Gabriel Contreras
Ha gastado zapatos y abandonado chamarras, muchas, muchos, ha perdido relojes en todos estos años, y no se hable ya de paraguas. Todo ha sido pasajero para el escritor norteamericano Paul Auster, sí. Todo, menos su máquina de escribir. Gran tema para un jueves decembrino, seguramente.
Llegó el momento en que Paul Auster, nacido en Nueva Jersey en 1947, se diferenció visiblemente del resto de su generación. Ellos a su camino, él al suyo.
Los nuevos tiempos quisieron que ellos, todos ellos, minuciosamente y sin excepción, tuvieran una computadora sobre su mesa de trabajo, una PC o quizás una Laptop, una Apple, pero él, él no. Por razones que nos remiten a su biografía íntima y personal, Paul Auster se quedó prendado a su máquina de escribir.
Se entiende que sus colegas voltearan a verlo con cierto desprecio, pero se entenderá también que eso a él no llegaría a importarle. El hecho es que Auster había convivido desde su juventud con una máquina y no estaba dispuesto a “corregir” ese cariño, a serle infiel al traqueteo de aquel teclado. A él, por cierto, le daba igual lo que ellos pensaran o hicieran sus colegas.
“¿Por qué habría de cambiar, si me sentía enteramente satisfecho tal como estaba?”, escribió alguna vez usando su Olympia.
Lo que pasa es que Paul Auster había desarrollado un largo trayecto vital en Francia, y al volver a Estados Unidos en 1974 quiso arreglárselas conservando algunas de sus pertenencias.
En los tres años que vivió en Francia, Auster había conocido el amor inoportuno y desconcertante, el subempleo literario como traductor de la constitución vietnamita, y sobre todo había decidido que sería escritor y que para eso necesitaría de su máquina “Hermes”…
Pero su viaje de regreso significó también la destrucción de su “Hermes”. Su querida máquina se había convertido en despojos entre su ropa, atrapada precisamente junto al corazón de una maleta.
En ese momento, Paul Auster no tuvo modo de comprarse una máquina nueva, ni Hermes ni de ninguna otra marca. Buscando por ahí, fue a agenciarse una Olympia portátil y usada. 40 dólares. En las teclas de esa máquina, ha escrito toda su obra: novelas, cuentos, guiones de cine, todo…
Con el paso del tiempo, aparecieron en el mercado máquinas eléctricas, máquinas pequeñas, computadoras de diversas dimensiones y capacidades, pero Auster no ha cedido a esas potenciales seducciones. Es uno de los escritores más importantes del mundo, sí, pero a la vuelta del siglo él sigue siéndole fiel a su máquina de escribir de 40 dólares.
Un escritor atado a una máquina de escribir, esa podría ser la imagen fundamental de este breve libro, en el que se recuperan algunos fragmentos de la historia personal de Auster, jirones que el lector habrá de procesar y ubicar en esa ruta de escritura autobiográfica que Auster ha sabido alimentar a través de textos como «La máquina de escribir está sobre la mesa de la cocina, y mis manos están sobre el teclado. Letra a letra, he ido viendo cómo escribía estas palabras».
La historia de mi máquina de escribir encierra una trama precisa, tierna y corta. El ingrediente fundamental de este libro es el amor a las palabras y a esta máquina, pero la solución no es sencilla, ya que en este caso el amor tiene forma de triángulo.
“La historia de mi máquina de escribir” fue escrito por Paul Auster, pero es también es una obra conjunta, en la que colabora el pintor Sam Messer. Hay, pues, tres personajes: una máquina de escribir; un escritor, Paul Auster, y un pintor, Sam Messer.
«Nunca he tenido intención de convertir mi máquina de escribir en un personaje heróico. Eso es obra de Sam Messer, un individuo que se presentó un día en mi casa y se enamoró de ella. Las pasiones de los artistas son inescrutables. La relación dura ya varios años y, desde el principio mismo, sospecho que los sentimientos han sido recíprocos».
Además del texto de Auster, este libro contiene 39 piezas plásticas de Messer; algunas están dedicadas a la máquina, las otras son retratos de Auster y del propio Messer.
Auster asegura que Messer le ha tomado fotos y ha dibujado tantas veces esa máquina, que ya ni siquiera se fija en ello.
«Recuerdo que le mostré la máquina de escribir la primera vez que vino, pero no me acuerdo de lo que dijo. Un par de días después, volvió por casa. Yo no estaba aquella tarde, pero preguntó a mi mujer si podía bajar a mi cuarto para echar una mirada a mi máquina de escribir. Dios sabe lo que hizo allá abajo, pero nunca me ha cabido la menor duda de que la máquina le habló».
Entre las cosas pasajeras, esta máquina destaca como un objeto perdurable, invencible ante los otros objetos.

