“Svalbard” o la destrucción del yo

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Gabriel Contreras

“Madrugada en Svalbard”, de Daniel Serrano, es una obra inquietante y problemática. Es un pretexto teatral magnífico, la oportunidad de generar un espectáculo atractivo y singular.

“Madrugada en Svalbard” no es ni pretende ser literatura, no es ni pretende ser divertida, no es ni pretende ser teatro para leerse.

Es, ante todo, una invitación a cuestionarse: ¿qué es el yo? ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es la memoria? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la vejez? ¿Qué es el sufrimiento?

Para establecer al ganador del Premio Víctor Hugo Rascón Banda en esta edición, los jueces leímos un buen número de obras, muchas de ellas buenísimas, algunas pésimas, pero esta pieza me pareció que es dueña de una fuerza extraordinaria, por lo siguiente:

Aborda un problema esencial, básico y fundamental para nuestro tiempo: la destrucción del yo.

La cuestión de la destrucción del yo está trabajada con un andamiaje elemental, que no plantea pirotecnia, ni acrobacia, ni gran destreza dancística o escenográfica o de iluminación. Es una pieza escrita para el lenguaje, para la mente, no para los ojos.

Y por último, “Madrugada en Svalbar” nos plantea preguntas aún más contundentes… ¿qué significa morir sin morir, morir sin acabar muerto, desaparecer pero no del todo, buscar los restos del yo en las miguitas de pan que  tú mismo dejas en el camino?

Es una obra angustiante, eficaz y reflexiva, que reside en ese punto donde el teatro se vuelve filosofía y la filosofía teatro.

 

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