Domingo García
El “emprendedurismo» parece ser la respuesta a la incapacidad del Estado de ofrecer condiciones favorables a la satisfacción general de los mexicanos. Da la impresión que se trata de una solución pragmática que pide más de lo que puede ofrecer. La visión tradicional del emprendimiento intenta justificar una política económica carente de política social.
Todo indica que el emprendimiento se concibe como el mejor mecanismo de cohesión social y crecimiento económico (que no es sinónimo de desarrollo). El postulado de base es que los mexicanos no experimentan un placer trabajando por ellos mismos, un deseo de poder, de éxito, de independencia o de satisfacción a través del emprendimiento; sino que se parte de la visión más liberal de la economía según la cual los pobres son «flojos» y que su pobreza se explica por su «pereza».
Bajo estos postulados, la pobreza del país no sería otra cosa que la acumulación de toda la pobreza individual.
En lugar de atribuir la responsabilidad de la pobreza a la estructura social, se le atribuye al desempleo que es también producto de ésta. Según 10 anterior, la pobreza y el «subdesarrollo», no serían más que una concepción moral y moralizante, producto de las insuficiencias de los pobres (falta de capacidad, de voluntad, de determinación, de ideas, de coraje, etcétera). El retroceso del Estado mexicano (en su versión social mínima), la reducción de su campo de intervención y la comprensión del presupuesto público, no hacen más que acentuar la fragilidad del modelo económico basado únicamente en las «virtudes» del mercado!.
Todos los elementos nos llevan a pensar que asistimos a la imposición de la inseguridad económica como principio positivo de organización colectiva, capaz de formar individuos económicos más eficaces y productivos por estar sumisos a la necesidad, la urgencia, la supervivencia, etcétera. La fragilidad de la inseguridad (material y temporal) sería la condición ideal para estimular a los desempleados, los sub empleados y a los trabajadores ilegales o informales a crear su empresa, que se debería traducir por una recuperación económica gracias a la inserción de todos ellos en la economía formal.
Las características de la política de estímulo a la capacidad emprendedora, abandonando cada vez más a los individuos a los altibajos del mercado, sugiere que el regulador social no sería otro que el mercado. El gran economista e historiador Karl Polanyi fue uno de los primeros en señalar que una economía dominada por el mercado, no simplemente no duraría en el tiempo, sino que
tendrá efectos sumamente perversos para la sociedad en su conjunto: el mercado como único regulador «destruiría a la sociedad.
El estudio del emprendimiento conduce a cuestiones tanto o más importantes; es decir, a una serie de fenómenos sociales de suma actualidad: la inmensa economía informal que el discurso oficial quiere incorporar bajo la ilusión del «maravilloso mundo de empresas y emprendedores que sostiene el presidente Fox».
El emprendimiento parecería ser una respuesta pragmática concebida seriamente por los poderes públicos para poner fin al desempleo, a la baja tasa de recaudación de impuestos, a la evasión fiscal, la pobreza, la delincuencia, la «inseguridad», etc. Dicho de otra forma, todo parece indicar que el «modelo emprendedor» representa la solución «milagrosa» contra todos los «males» (o problemas «sociales») que padece el país. El emprendedurismo es también una ilustración del proceso de atomización de relaciones sociales, deslindando responsabilidades a cada individuo, bajo las apariencias de que cada uno es el maestro de su propio destino.
Todo sugiere que la tendencia a estimular la capacidad emprendedora corresponde perfectamente con los postulados de la economía de mercado.
