José Leal
El futuro acceso a ecosistemas en equilibrio productivo será un factor crítico para el éxito socioeconómico de las naciones. Las tendencias que conducen hacia el desbordamiento demográfico, energético y climático se combinan con efectos visibles: crisis alimentarias permanentes, pérdida de biodiversidad, erosión de suelos, agotamiento de recursos pesqueros y forestales. La humanidad rebasa la capacidad de abasto y resiliencia de su propio planeta en 1.5 veces, aproximadamente (W. Rees, 2006). Los masivos recursos empleados para reactivar la economía mundial desde el año 2009 sólo auspician modelos de desarrollo tradicionales, biofísicamente insostenibles.
La huella ecológica (EF por sus siglas en inglés) es un concepto desarrollado por Mathis Wackernagel y Wiliam Rees, de la Universidad de la Columbia Británica, que mide la capacidad de una biosfera específica para sustentar la vida humana y sus actividades económicas en función del número de individuos que la habitan, así como de sus consumos de recursos y generación de contaminantes per cápita. El método provee una medida del déficit o superávit ecológico que cada región, país o cuidad tiene en función de esos datos. Se deduce que las naciones con un elevado déficit ecológico importan la ilusión de sustentabilidad ambiental de otros países por la vía del intercambio comercial. Recursos naturales no renovables son disputados en una arena globalizada que favorece a los más fuertes.
La reestructuración “neoliberal” iniciada por el shock petrolero de los años 70 y catapultada por la globalización económica, con sus prodigiosas fuerzas productivas e increíbles riesgos ambientales, muestra graves signos de inviabilidad estructural. El bienestar que gozan los países centrales es la causa de un monumental déficit ecológico que sólo puede ser subsanado mediante el comercio que agota los recursos de países periféricos a ritmos alarmantes. Dicho de otra forma, la huella ecológica de esas naciones altamente desarrolladas está siendo subvencionada por ecosistemas remotos que se achican por todo el mundo.
La buena noticia es que la sustentabilidad ambiental sólo puede ser planificada localmente, es decir, que las naciones deberán hacerse cargo de su propia ella sin necesidad de esperar que sus socios comerciales hagan lo mismo. Países como México pueden y deben emprender iniciativas independientes para garantizar su propia autonomía energética y alimentaria, así como la sustentabilidad ambiental de su desarrollo económico.
