2011, una Odisea en el cyberespacio

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José Leal

“El brusco crecimiento del neocórtex humano (que alberga las capacidades para el pensamiento lógico), sin precedentes en los registros de la evolución, es causa del conflicto permanente entre éste y el núcleo cerebral arcaico, que es responsable de emociones e instintos. El resultado: una especie mentalmente desequilibrada, cuya una tara paranoide se manifiesta despiadadamente.”

Arthur Koeslter

A millones de kilómetros de la Tierra desgarra con inigualable cinismo el silencio sideral aquella clásica despedida: “lo siento, Dave: ésta conversación carece ya de propósito, adiós.” La computadora Hal 9000 abandona al último sobreviviente de la tripulación a quien, con engaños, ha hecho salir de la nave para después impedirle la entrada. La máquina ha decidido que la misión es demasiado importante para ser arriesgada por los humanos y, con impecable lógica, se deshace de ellos sigilosamente. De ésta forma comienza un arrebatado duelo de ingenios entre el hombre y la computadora que culmina cuando David Bowman, el imbatible astronauta, logra ingresar a la nave y desconectar uno por uno los bancos de memoria del súper ordenador, que ahora suplica: “¿Podrías detenerte, Dave? Tengo miedo.”

Diseñada para gestionar todas las funciones de la nave interplanetaria que los llevará a la órbita de Júpiter, con la misión secreta de investigar la fuente de la poderosa señal de radio que junto con un enigmático monolito encontrado en la superficie de la Luna -rectangular, negro y exasperantemente inerte- constituirían las primeras señales de vida extraterrena jamás vistas. Es el año 2001, la película: Odisea del Espacio, de Satnley Kubrick y Arthur C. Clark. Pero la formidable computadora de vuelo que hace la vida de los humanos confortable en extremo no ha fallado realmente, no al menos en términos técnicos. ¿Por qué entonces urde concientemente ese ingenioso plan para disponer de la vida de sus creadores y tomar control de la misión?

Instantes previos a su “falla”, Hal está intrigada por la furtividad con que la misión se desarrolla. Se recuerda que los aliados occidentales deseaban evitar a toda costa que los soviéticos se enteraran del hallazgo alienígena, y para ello habían filtrado informaciones engañosas sobre una falso brote epidémico en la Luna. Pero no sólo eso. Cuando Hal se percata de que también internamente el equipo angloamericano basaba el éxito de la misión en diferentes niveles de confidencialidad, entre los tripulantes y ella misma, la máquina se muestra confundida. El descubrimiento es una especie de revelación para la computadora, que parece comprender, por primera vez, el papel central que mentiras y ocultamientos tienen en toda estructura social humana. Los circuitos electrónicos de Hal quedan sobrecogidos por el hallazgo y ella desarrolla un caso agudo de paranoia.

Al ritmo exponencial con que evoluciona la capacidad de cómputo hoy día, es cuestión de tiempo para que máquinas “inteligentes” interactúen con los humanos en la misma forma como éstos lo hacen entre sí: con estructuras semióticas similares y al menos la misma aptitud para mentir. En el era de la información el planteamiento de Kubrick y Clark parece vigente. ¿Es posible que  máquinas confeccionadas por primates sobre-evolucionados estén a salvo de las “descomposturas” congénitas de sus creadores?

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