Ismael Vidales Delgado
Se cuenta que dos jóvenes se amaban sin conocerse, sin haberse visto jamás, ya que los dividía una muralla. A través de ella se decían palabras amorosas, y sus ansias crecían con cada palabra, hasta que decidieron hacer un orificio en la muralla y así lograron verse.
Desafiando la vigilancia y los peligros, los jóvenes acordaron verse en un claro del bosque cercano donde los enamorados acudían para amarse.
Ella llevaría un velo cubriendo su rostro y un vestido blanco de seda, adornado con una discreta flor en el pecho; llegaría primero y sería alcanzada luego por el joven, y así ocurrió.
Pero, un león que rondaba el lugar y que recién había devorado un venado, aún tenía apetito, cuando vio a la muchacha se lanzó sobre ella, pero ésta corrió velozmente poniéndose a salvo al trepar en las ramas de un árbol, pero su velo se quedó entre los dientes de la fiera, que luego abandonó ensangrentado y con algunos pedazos de la carne del venado, el velo quedó tendido sobre el pasto verde del bosque.
Cuando llegó el joven, pensó que su novia había sido devorada por la leona y bañado en llanto y desesperación decidió quitarse la vida, clavándose un puñal en su corazón.
La muchacha bajó del árbol y regresó al lugar donde se encontraría con su novio, ahí lo encontró todavía con vida y en su afán de retenerlo, le sacó el puñal haciendo que brotara un enorme chorro de sangre que fue a caer en los frutos de una mora, tiñéndolos de tal manera, que los dioses acordaron dejar las moras con una fuerza colorante enorme, en recuerdo de la intensidad con la que se amaron aquellos muchachos.
