Hugo Barrera
El posdoctorado es un escalón más en la formación de un investigador. No representa un grado universitario formal, como lo son la licenciatura, la maestría y el doctorado, por lo que al posdoctorante no se le entrega un diploma o certificado universitario; en su lugar, recibe una constancia emitida por el responsable del laboratorio donde realizó su estancia posdoctoral.
Por ello, quienes optamos por esta oportunidad de adquirir más experiencia justo entre la conclusión del doctorado y antes de empezar a trabajar como profesor-investigador en alguna institución de educación superior, centro de investigación o empresa, competimos por ser aceptados en algún laboratorio del mayor prestigio posible.
Son muchos los argumentos que pudiera esgrimir a favor de esta experiencia posdoctoral, pero me centraré en tres:
Lo que significó para un servidor la experiencia posdoctoral.
La valiosa contribución de los posdoctorados a los grupos de investigación de clase mundial.
La gran oportunidad que esta experiencia aportaría a los jóvenes doctores mexicanos.
Pero, en honor a la justicia, no quiero dejar de mencionar un argumento en contra, que suelo escuchar en discusiones con colegas sobre el tema: lo único a lo que contribuyen las posiciones posdoctorales es a aplazar el derecho al empleo digno que merecen nuestros jóvenes doctores. Mi réplica ha sido que, dadas las dificultades financieras crónicas por las que nuestro país ha pasado, y lamentablemente creo seguirá atravesando, bien podemos quedarnos nosotros con nuestra dignidad y nuestros jóvenes doctores en el desempleo.
LO QUE SIGNIFICÓ MI EXPERIENCIA POSDOCTORAL
Corría el invierno de 1983. Recuerdo que se trataba de un viernes al anochecer, y justo después del día de los Santos Reyes, cuando un servidor, en compañía de un excompañero de la Universidad de Texas en Houston, que realizaba su posdoctorado en el laboratorio del afamado profesor Pierre Chambon, el doctor Bruce Harris, y quien le había ofrecido a aquél ir en mi busca al aeropuerto de Estrasburgo, Francia, recorríamos con todo y maletas el largo pasillo del séptimo piso de dicho laboratorio en el viejo edificio del Instituto de Química Biológica de la Universidad Louis Pasteur. Bruce iba describiéndome aquel mundialmente reconocido laboratorio, donde me presentaría el lunes inmediato para iniciar mi estancia posdoctoral, cuando de pronto, de una de las puertas emergió el mismísimo Pierre Chambon, con todo y su puro, y su elegante presentación bastante afrancesada: no demasiado formal, pero tampoco descuidado; más bien un tanto sport y distinguido.
De inmediato, Bruce nos presentó, y yo, hablándole de usted, le agradecí la oportunidad de incorporarme a su equipo, conocido por ser el más productivo y competitivo del mundo, fuera de los Estados Unidos de América, a lo que él correspondió con un saludo amable, y la solicitud de que sólo le llamara Pierre.
Desde 1978, yo conocía los seminales trabajos en Biología Molecular de Pierre y su equipo de investigación, pues entre las lecturas obligadas que para mi proyecto de tesis de licenciatura me había recomendado mi director de la tesis, el doctor Francisco Sánchez Anzaldo, destacaba su revisión en la revista periódica Annual Review of Biochemistry del año 1975: Las RNA polimerasas nucleares dependientes de DNA, de eucariontes.
Así que cuando mi otro asesor, pero de mi tesis doctoral en la Universidad de Texas en Houston, el doctor Grady F. Saunders, me instó a regresar a mi país sólo hasta haber adquirido la experiencia de un posdoctorado, perseguí la oportunidad de desarrollar ésta en el Laboratorio de Pierre; a pesar de ofertas en la misma U. de Texas de una posición, de otra más en la primera y renombrada empresa de biotecnología Genentech Inc., e incluso de la insistencia de la UANL para que ya me regresara e incorporara a su Facultad de Medicina.
En esas fechas, el equipo de investigadores de Pierre lo constituíamos 34 posdocs (diminutivo de posdoctorantes); sólo uno de ellos de nacionalidad francesa; y un servidor el único, ya no diría mexicano, sino incluso latinoamericano. Trabajé haciendo equipo con un par de estudiantes franceses, un posdoc canadiense y otro japonés. Pierre tenía su laboratorio súper organizado, con unidades de apoyo técnico, adonde podíamos acudir para que nos ayudasen con alguna metodología compleja pero crítica para el avance de nuestros proyectos.
Así, las había de secuenciación de ADN y proteínas, de síntesis de oligonucleótidos y péptidos, de bancos genómicos y de DNAs complementarios; de ratones transgénicos y de monoclonales, entre tantos otros. Además, cada nuevo posdoc lo asignaba a uno saliente, para que se transmitiera la experiencia, y nos reunía a todos en seminario semana tras semana, para revisar avances. A pesar de la intensa competitividad en la que los proyectos del laboratorio de Pierre estaban inmersos, no teníamos excusa alguna para no ser productivos, y las críticas de Pierre podían ser demoledoras si quedaban evidentes pobres progresos de nuestros proyectos. Incluso, en al menos un par de ocasiones, Pierre invitó a algunos premios Nobel, con los que sabíamos competíamos, a dar seminarios en su laboratorio, para que conociéramos al “enemigo”.
Los dos años que fui parte del equipo de Pierre los abono como los más enriquecedores de mi formación como investigador, pues al reto científico sin igual del proyecto que me asignó (descubrir las regiones génicas del virus 40 de simio que formaban parte del principal promotor de sus genes), se le sumaron acceso a las mejores tecnologías de investigación del mundo en ese momento, así como el complementar con el conocimiento de la ciencia europea, al que recién había adquirido de la norteamericana, amén de la imagen de conocer de cerca a un profesor en toda la extensión de la palabra.
Y es que Pierre no sólo era un extraordinariamente brillante científico y excepcional administrador de grupos de investigación, sino incluso un gran visio-nario que por esas fechas lanzó la Escuela Superior de Biotecnología de Estrasburgo y la empresa de biotecnología Transgene, S. A, entre muchos otros emprendimientos suyos que le siguie-ron lue-go.
VALIOSA CONTRIBUCIÓN A LOS GRUPOS DE INVESTIGACIÓN DE CLASE MUNDIAL
Tanto Pierre Chambon, como Grady Sauders y todo el equipo de investigación de esas grandes ligas, funcionaban dejando mucha de la investigación a sus posdocs. No obstante que contaban también con investigadores asistentes y asociados, los posdocs éramos los soldados de batalla. Acabábamos de realizar nuestros doctorados y traíamos esa inercia de trabajar duro.
El formar parte de un grupo tan competitivo era a su vez un gran acicate, pues todos esperaban de nosotros publicaciones y a éstas sólo se llegaba trabajando duro. ¡Ni qué decir del desprestigio que significaba concluir un posdoc y no haber publicado! Ello era un mal presagio, pues si en esos escenarios productivos no lo lográbamos, ¿qué podía esperarse de nuestra habilidad de hacer investigación en nuestros propios futuros laboratorios, que de seguro distarían de contar con todo lo que aquéllos poseían?
Conozco bien cuando menos un par de casos en que los posdocs fueron claves para la competitividad científica de sendos grupos de investigación de clase mundial. Se trata del afamado Colegio Baylor de Medicina, de Houston, Texas. Entre los profesores de allí destacaban el legendario Berth O’Malley, en el Departamento de Biología Celular (por cierto incansable competidor de Pierre Chambon por décadas), y Thomas Caskey, en el de Genética Humana Molecular (aunque a la fecha tiene ya cerca de una década que dejó el mismo). Esos casos los conocí de cerca; al primero, en la década de 1980, y al segundo, en la de 1990.
Aceptaban numerosos posdocs, y luego promovían a los mejores a puestos de profesores asistentes primero y asociados después, algunos de los cuales, los mejores, luego se independizaban como profesores titulares. Así pues, sus equipos de trabajo lo eran unos cuantos estudiantes doctorales, numerosos posdocs y unos cuantos profesores en esas diversas categorías, organización que se reflejaba en las publicaciones con multiautores de esos laboratorios.
También quiero referirme a otro estilo de investigar, que en vez de apoyarse en estas “maquinarias” de generación de publicaciones, operaban de forma más tradicional. Ese fue el caso, y creo lo sigue siendo aún, de otro gran investigador con el que me entrevisté como opción para desarrollar mi posdoc: el doctor Paul Berg, que fue luego galardonado con el Premio Nobel por sus contribuciones a la invención de las técnicas de Ingeniería Genética, quien, entre sus posdocs, tuvo a nuestro colaborador, el doctor Luis Villarreal, actualmente profesor de la Universidad de California en Irvine. El doctor Berg publicaba sus importantes descubrimientos por lo general de la mano de un posdoc o de un estudiante de doctorado.
Lo cierto es que, ya sea con grandes o con pequeños equipos, los mejores laboratorios del mundo se apoyaban en posdocs, a quienes seleccionaban de entre muchos aspirantes de todas partes del mundo, por sus méritos previos y por las cartas de recomendación de sus anteriores mentores.
LA MOVILIDAD POSDOCTORAL, OPORTUNIDAD PARA JÓVENES DOCTORES
Cuando planeaba mi posdoc, refería arriba que tenía varias muy buenas opciones. Cuando llegué al laboratorio de Chambon, me topé con otros 32 posdocs de todas partes del mundo, de países desarrollados diversos y de países en vías de desarrollo también; de países vecinos en la Unión Europea, pero también de otros distantes, como Japón e India; de laboratorios grandes, pero también de pequeños. Es decir, la llave para ingresar a ese glamoroso mundo de la investigación era el talento y únicamente éste. Qué mejor oportunidad pues, para los jóvenes doctorantes, de viajar y aprender. Incluso, no era raro toparse con jóvenes investigadores que estaban en su segundo o hasta su tercer posdoc.
Ahora veo con gusto que esta práctica se adopta cada día más en nuestro país, en buena medida tanto a causa de las dificultades, ya expresadas al principio, para conseguir plazas en las universidades de mayor tradición en el país, como por la visión de algunos mentores de los nuevos doctores, que sabemos lo valioso que es que nuestros ex-alumnos adquieran la experiencia que un posdoctorado les da. Además, una verdad universal en este tema es que doctor que no sale del laboratorio donde se formó, difícilmente va a tener luego la experiencia y seguridad en sí mismo para independizarse y tener éxito con su propio laboratorio y línea de investigación.
Dado que en nuestras universidades estatales no se ha institucionalizado aún la figura del posdoctorado, esta experiencia en nuestro caso (posgrado en Ciencias con especialidad en Biología Molecular e Ingeniería Genética) la hemos subsanado enviando a nuestros estudiantes avanzados dentro del doctorado, a estancias en el extranjero, práctica que un servidor instauró en la UANL desde hace décadas. Sin embargo, hace un par de años nos propusimos incluir en las solicitudes de financiamiento para nuestros proyectos que sometemos a concurso en las convocatorias del CONACyT, recursos para becas posdoctorales.
Fue así como, de 2006 a 2007, contamos con nuestro primer posdoc, en la persona de la doctora Clara Estela Díaz Velásquez, quien, habiendo egresado del Programa de Doctorado en Biología Celular del CINVESTAV-DF, atendiendo a los consejos de su tutor, el doctor Walid Kuri Harcuch, solicitó desarrollar su posdoctorado en nuestro laboratorio. Fue una experiencia muy positiva, pues Clara resultó no sólo una excelente investigadora, sino también una muy buena administradora de laboratorio, por lo que los recursos del proyecto del CONACyT al que la asignamos, los administró muy atinadamente y los hizo rendir no sólo para sacar los compromisos científicos del proyecto, sino incluso para graduar un estudiante de maestría, apoyar varias otras tesis del mismo nivel e incluso generar suficientes resultados para cuando menos publicar un buen trabajo de investigación.
CONCLUSIONES
El posdoctorado es una vía extraordinaria para adquirir experiencia para los investigadores jóvenes. Les da la oportunidad de trasladarse desde un rincón del mundo hasta los sitios de mayor acción en la investigación científica de clase mundial.
Particularmente, lo creo valioso para quienes hacen su doctorado en su propio país, pues así podrán interaccionar con otros jóvenes doctores de diversas partes del mundo, para que se dejen de comparar con sus pares menos competitivos que ellos y mejor lo hagan con los mejores del mundo.
Además, podrán en un corto tiempo (un par de años) conocer de cerca cómo es que los grandes grupos de investigación operan y se han organizado para ser tan competitivos, experiencias todas estas que en verdad hacen la diferencia.
