Por Omar Suro
Muchas veces asociamos el concepto de la tecnología con aquellas herramientas mecánicas utilizadas para facilitar y mejorar la vida del hombre. Cuando por ejemplo se habla del uso de la tecnología en el aula escolar, usualmente pensamos en computadoras y programas interactivos que sirven de apoyo al docente, sin embargo, previo a ello ya se contaba con tecnología en las escuelas. El proyector de acetatos, el pizarrón, inclusive la escritura misma fue en su tiempo la tecnología disponible para este proceso de enseñanza aprendizaje.
Cuando los primeros españoles llegaron a América, fue una novedad para los indígenas observar que “el papel hablaba”. La escritura hace más de 500 años era la tecnología que sorprendía a los pobladores del “nuevo continente”.
Hoy en día la disponibilidad de herramientas tecnológicas y su uso en las aulas se ha diversificado. La educación a “distancia” por ejemplo, es una modalidad que cada día cobra una mayor relevancia, permitiendo el acceso al proceso formal, eludiendo costos, tiempo, traslados, entre otros beneficios. Si bien ha sido cuestionada, es una realidad que está avanzando rápidamente.
Sin embargo, en México el acceso a la tecnología para el aprovechamiento escolar sigue siendo inequitativo. Este desarrollo ha mantenido e inclusive ampliado las diferencias entre comunidades con acceso a la tecnología y aquellas que se encuentran al margen de los servicios mínimos indispensables.
Si bien una premisa de los gobiernos en nuestro país ha sido la incorporación de los niños a la escuela como parte de una meta educativa, será necesario hacerse esfuerzos más consistentes para que la educación escolarizada sea equitativa en cuanto a la disponibilidad de tecnología y su uso eficiente, logrando estrechar las brechas en el desarrollo no solo escolar entre comunidades con diferencias en infraestructura, servicios y condiciones de bienestar.
Aquellas herramientas que resultaban bienes superfluos hasta hace algunos años, se han convertido en artículos de primera necesidad. Tener acceso a ellos mejora las condiciones de vida y por ende sus efectos tienden a mitigar su atraso y “marginación” con respecto de otros.
Julio Boltvinik (1), especialista en la materia refiere en el concepto de pobreza se encontraría implícito el de necesidad, ya que conlleva la comparación entre la situación de una persona, familia o grupo humano y la concepción de quien habla o escribe sobre lo que es necesario para vivir o sustentar la vida. Al hablar de necesidad, se refiere:
a la falta de las cosas que son menester para la conservación de la vida, pero también a una situación a la cual es imposible sustraerse y a la acción infalible de sus causas Lo necesario para sustentar la vida no es lo superfluo, ni lo contingente. Tampoco es aquello que voluntaria o espontáneamente podemos querer o desear. Por lo contrario es algo en lo que no podemos ejercer nuestra libertad, puesto que es algo a lo que no es imposible sustraernos (Boltvinik, 1990: 1).
Las políticas de combate a la pobreza deberán considerar más allá de la falta de ingreso, su disponibilidad o uso para poder generar alternativas de solución acordes con esta nueva circunstancia. El acceso a bienes tecnológicos y su uso eficiente en el aula (no de manera exclusiva) deberán incorporarse como fundamentos para el diseño de una política pública de gran alcance para mitigar la pobreza.
Boltvinik, Julio
1990 Pobreza y necesidades básicas. Conceptos y método de medición, Proyecto Regional para la Superación de la Pobreza, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Caracas.
