Indira Kempis
Mi primer día en La Plata lo recuerdo apresurado. Caminaba como si tuviera un reloj interior que me repitiera una y otra vez: “es tarde, es tarde”. Pensé que el tiempo fluía como cuando tengo que hacer mis traslados en Monterrey o el Distrito Federal. Cuando paré en un semáforo me dí cuenta que era la única que a las 9 de la mañana iba corriendo agitada. Sentí, entonces, que el reloj se paraba para recordarme que no estaba en una ciudad en donde todos tienen prisa.
Después de estas semanas, entiendo cómo la infraestructura de una ciudad influye en nuestras concepciones de espacio y tiempo. Analizo por qué en una ciudad me siento como si los minutos me comieran conforme pasa el día y por qué en otra percibo que se diluyen con ánimo de nunca llenar los espacios de la agenda. Encuentro que no es porque esté de visita. Tengo, de hecho, la lista de tareas por día, saturada. Sin embargo, me da tiempo para ir a la heladería, caminar en el parque, hacer las compras del supermercado, pasear.
La palabra clave es que puedo llegar caminando a casi cualquier parte. Cierto, es una ciudad pequeña en dimensión, pero esto no significaría nada sobre el tiempo si no tuviera una distribución de puntos estratégicos cercanos. En La Plata, por ejemplo, hay un parque cada 6 cuadras. Lo que quiere decir que si deseo salir a dar la vuelta a un área verde, no necesito recorrer grandes distancias, basta caminar algunos minutos. Los lugares de compra de ingredientes para hacer la comida, también están distribuidos. No concentrados en grandes supermercados. El tener “la tiendita de la esquina” en casi toda la cuadrícula, por igual, permite salir caminando a hacer las compras. Las escuelas también están estratégicamente ubicadas, es común ver a los niños más grandes caminar a sus casas y sus escuelas, eso es un ahorro de espacio y tiempo, sin padres desesperados por llevarlos.
Otro factor que está relacionado es la actitud de los transeúntes. Si se pierden no te obligan con impotencia a que les ayudes a encontrar “la salida”pronto. Si les obstruyes por alguna razón, no te obligan a que te quites del camino lo más pronto posible. En realidad su caminar es pausado. La mayor parte de las veces caminan platicando. O caminan solos, pero de manera moderada sin atropellar a nadie.
En un artículo previo, mencionaba sobre las banquetas anchas, probablemente, esto también influya. Lo cierto es que mi percepción del tiempo reducido disminuye conforme pasan los días y me mimetizo en las calles de esta ciudad humana, que desde esa infraestructura pensada para el peatón ha fomentado un valor agregado que tiene que ver con la tranquilidad al caminar. Cuando uno camina despacio y sin prisas, el tiempo se prolonga, la cotidianidad se aligera, dan ganas de hacer ejercicio o despejar la mente, se disminuye la violencia verbal en las calles, el ruido. En pocas palabras: se puede tener un alto grado de actividad sin caer en las prisas paranóicas que siempre nos ahogan.
