Conductas antisociales y delictivas de los adolescentes en México

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Doctor Prisciliano de León Dávalos

Médico Psiquiatra y Psicoanalista de niños y adultos

priscileon@gmail.com

El identificar las conductas antisociales y delictivas en los adolescentes, nos obliga a enfrentar un problema complejo y multicausal. Desde la perspectiva legal, el concepto de delincuencia se define considerando la frecuencia y la naturaleza de los delitos cometidos, entendidos como “el conjunto de infracciones de fuerte incidencia social contra el orden público”. A su vez, el delito es definido como “la acción u omisión voluntaria, imputable a una persona que infringe el derecho y que es penada por la ley”.

En estas definiciones se consideran diferencias respecto a la espontaneidad o premeditación;  al número de personas que lo cometen o ejecutan; a los procedimientos y recursos empleados,  y a los objetivos que se persiguen. También se distinguen dos formas de delincuencia: la menor y la organizada.

En el año 2000 se definió la delincuencia como “todo acto punible cometido por individuos o asociaciones espontáneas de personas”, definición que engloba distintas realidades: la delincuencia en sentido propio; la delincuencia en un nivel de infracción penal menos grave, aunque más frecuente; la violencia que afecta a los medios más diversos y la falta de civismo que incluye comportamientos asociales que, aunque no constituyen una infracción penal, sí representan de forma inmediata o mediata  un atentado en contra de los derechos del cuerpo social; además de que, como cualquier conducta que se contraponga a la ley, es un atentado contra el orden social que dichas leyes regulan. (La delincuencia en la era de la globalización).

La llamada “delincuencia menor” se refiere a los  actos punibles cometidos por uno o dos individuos en una forma de delito que no trasciende en escala o proporción. La “delincuencia organizada” se refiere a actos punibles cometidos por muchos individuos y expresada en forma de delitos en grandes proporciones. (La delincuencia en  la era de la globalización).

DELINCUENCIA JUVENIL

Considerando la edad del delincuente, se establece el término de “delincuencia juvenil” para referirse a los niños o jóvenes que cometen algún delito. Esta forma de delincuencia es considerada como un fenómeno muy representativo del siglo pasado y como un problema que parece ir creciendo y que está presente en todas las culturas y estratos sociales. En esta forma de delincuencia, el sistema de garantías que generalmente se ha reconocido para adultos, se alteró totalmente, al sacar al menor delincuente del derecho  penal común y al sustituirse el principio fundamental de culpa por el de peligrosidad. Esto llevó a establecer reglas especiales sustantivas y formales que negaban los derechos humanos básicos, hasta que en 1989 se dieron reformas y ajustes legislativos.

Actualmente, para los efectos de la ley, las personas mayores de 6 años y menores de 18 no pueden ser perseguidas penalmente al incurrir en conductas previstas como delictuosas por las leyes penales. En ese caso, quedan bajo la protección del Estado en los Consejos Tutelares, los cuales tienen como base el principio de que la conducta antisocial de los menores de edad no necesita castigo sino tratamiento. Al quedar sujetos directamente a organismos o instituciones, éstos pueden emplear medidas educativas o de adaptación social con las que se procede a combatir las causas que determinaron su infracción. (Delincuencia Juvenil)

Bajo esta premisa, un menor no puede ser delincuente, ya que su conducta no puede llegar a integrar todos los elementos del delito. Para ser “doloso o culposo”, el menor debería tener “la capacidad de entender y querer su conducta”, y en consecuencia formular el reproche propio de la culpa. Por tanto el menor resulta un sujeto inimputable (Delincuencia Juvenil), ya que la imputabilidad resultaría de la capacidad condicionada por la madurez y la salud mental que permiten comprender el acto antijurídico de la propia acción u omisión, y determinarse a tal comprensión. La responsabilidad penal está entonces ligada tanto a la capacidad intelectual como a la actitud de actuar con base en dicha comprensión en completo dominio de los propios actos. Por esto se ha propuesto que en lugar de llamarle delincuente, se le llame “menor  infractor de reglamentos administrativos”.

LA VIOLENCIA

Un elemento frecuente en la delincuencia juvenil es la violencia, entendida como “la presión ejercida sobre la voluntad de otra persona, ya sea por medio de fuerzas materiales, ya sea acudiendo a amenazas para obligarla a consentir en un acto jurídico” (Delincuencia Juvenil). Llama la atención que en nuestro país no exista uniformidad en las leyes que fijan la edad mínima para considerar a un niño “menor infractor”, y tampoco para establecer la edad penal, ya que en 14 estados la edad mínima es de 9 a 11 años; en 7 estados es de 12 a 14 años; y en los restantes el rango va desde los 6 a los 8 años de edad. (Orellana, Wiarco Octavio A 1993. Manual de Criminología Ed. Porrúa. Pág. 320).

El derecho penal de menores se basó originalmente en doctrinas positivistas-antropológicas, y después en una ideología de defensa de la sociedad, basada en concepciones relacionadas con la peligrosidad, y en teorías de las subculturas criminales. Independientemente de las concepciones teóricas, todo acto delictivo generalmente representa un ataque directo a los derechos del individuo afectado, como su integridad física, honor, propiedad, etcétera, y siempre atenta en  contra de los derechos del cuerpo social.

En México, en 2002, existían 54 centros de internamiento, que albergaban a cuatro mil 753 internos, cuatro mil 496 varones y 257 mujeres; algunos eran  indígenas (123), otros (20) extranjeros, y (13) niñas embarazadas; además, cuatro internas tenían a sus hijos con ellas en la institución. La edad promedio de estos varones era de 17 años, y de las mujeres, de 15. Se detectó, a través de una encuesta, que el 55 por ciento habían consumido sustancias tóxicas. Todos habían cometido infracciones del fuero común: dos mil 646 varones y 100 mujeres, robo; 506 varones y dos mujeres, violación; 475 varones y 29 mujeres, homicidio; y 206 varones y 11 mujeres, lesiones.

En muchos casos, el robo se asocia al consumo de sustancias psicotrópicas. En cuanto a sus familias: 71 por ciento de los padres eran adictos a sustancias tóxicas; 36 por ciento tenían familiares presos; 37 por ciento de los menores  internados se habían fugado de sus casas;  25 por ciento estaban integrados a pandillas, y 18 por ciento eran víctimas de violencia intrafamiliar.

PRECOZ ACCESO A LA VIDA CRIMINAL

El acceso a la vida criminal de niños, adolescentes y jóvenes puede ser precoz, lo mismo que su acceso a las tareas económicas. Aunque también deberíamos considerar que al figurar en grupos delictivos, es frecuente que  esos grupos sean organizados por adultos. En otras ocasiones, los menores  resultan víctimas directas de las conductas delictivas a través del tráfico de menores o del tráfico de órganos sustraídos a menores, o de la prostitución o pornografía infantil.

Los menores también resultan víctimas de “ambientes de carencias”, que los hacen proclives a cometer infracciones, ya que con frecuencia proceden de familias desintegradas y de escasos recursos. Los niños infractores no responden al estereotipo del vago o malviviente. La mayoría  tienen escolaridad, aunque  baja. Suelen estar involucrados  en actividades informales como el comercio ambulante o el subempleo; algunos son estudiantes y casi la mitad trabajan y cargan con responsabilidades y compromisos que no corresponden a su edad. Hay un alto índice de reincidencia.

TRASTORNO ANTISOCIAL

El llamado “Trastorno antisocial” en los jóvenes se establece entre los 12 y 15 años, y es un comportamiento en el que se violan todos los códigos de conducta impuestos por la familia, el grupo, la escuela, la iglesia, etcétera.

Para los fines de este trabajo, diferenciamos entre conductas antisociales y conductas delictivas. Las primeras se refieren a conductas que tienden a romper reglas sociales; a actividades en contra de la autoridad; a una tendencia a molestar a los otros, a ensuciar el entorno y a hacer trampas, aunque todas estas conductas no constituyen una infracción penal. Por su parte, las conductas delictivas se refieren a actividades relacionadas con el robo, tendencia a la obtención ilegal de dinero, acciones de violencia y uso de la fuerza. Todas estas conductas sí constituyen una infracción penal.

Para explicar estas conductas, se han descrito posibles causas. Entre las causas biológicas, se mencionan el déficit de atención con hiperactividad, al que se agregaría la impulsividad (DSM- IV); el “Síndrome disfórico de la fase luteínica”, descrito en torno a los problemas de violencia presentes alrededor de la menstruación, diagnóstico que no ha sido validado y cuyos trastornos hormonales están frecuentemente asociados con la depresión clínica, lo que podría en algunos casos explicar su asociación con la violencia.

Entre las causas psicológicas, se les relaciona de forma especial con el llamado “trastorno antisocial de la personalidad” (DSM- IV) que antes se llamaba psicopatía y cuya contraparte infantil es el trastorno de conducta llamado disocial (DSM -IV). Se aclara que la evolución de este trastorno no lleva necesariamente al primero. El trastorno antisocial, que regularmente se establece entre los 12 y 15 años, consiste en un comportamiento en el que se violan todos los códigos de conducta y se actúa por impulso, sin mostrar arrepentimiento.

Al inicio, se expresa en forma de vandalismo, crueldad con los animales, sexualidad precoz y promiscua, desconsideración con los demás, abuso de substancias y conducta laboral errática. A excepción de los casos de alto nivel intelectual, generalmente fracasan en sus actividades, ya que muestran impulsividad, poca disciplina y también poca lealtad y planeación. Este trastorno ocurre entre cinco y diez veces más en hombres que en mujeres, y es más frecuente en estratos sociales bajos. (Delincuencia Juvenil).

Entre las causas sociales se mencionan la desigualdad económica, que produce desesperanza en los individuos y que no se reduce sólo a la pobreza, sino a la gran diferencia de ricos y pobres, y en especial a la dificultad para progresar, ya que a la frustración se suma la desesperanza. La llamada “subcultura delincuente” es señalada como una causa social importante.

En relación con el entorno familiar, se identifican diversos factores, de los que se subrayan dos: el tener familiares directos con conductas violentas o con abuso de sustancias, y un  “entorno familiar disruptivo” que potencia las predisposiciones, como en el síndrome de alcohol fetal, que por sí mismo produce individuos violentos. Algunos estudios con niños adoptados reflejan conductas más acordes a los padres biológicos.

La delincuencia juvenil en América latina se ubica en el contexto de una sociedad con altos niveles de miseria, pobreza, desempleo, narcotráfico, concentración urbana, baja escolaridad o analfabetismo, agresiones sexuales y desintegración familiar. A todo esto se agrega un debilitamiento de los sistemas de apoyo para el desarrollo de los niños y los adolescentes.

En especial se mencionan tres: la familia, que antes tenía un papel como formadora de costumbres sociales, y que ahora los medios de comunicación, en especial la TV, le han suprimido la jerarquía y hegemonía que tenía. La incorporación de la mujer al sistema laboral y otros cambios, como la ausencia generalizada del padre, que replantean las relaciones del niño y del adolescente.

Como segundo factor se menciona a la Escuela, que al enfatizar la academia y la competitividad feroz borra el sentido comunitario y el desarrollo integral del educando.

Como tercer factor se mencionan los sistemas de asistencia y recreación, que son mínimos e insuficientes para satisfacer las necesidades de los jóvenes. (Delincuencia Juvenil)

La delincuencia juvenil puede, entonces, considerarse como una combinación de diversos factores de riesgo y de respuesta social, que se presenta en cualquier sociedad en donde algunos valores, como la tolerancia, la solidaridad y la justicia son sustituidos por la violencia, la agresividad, la competencia salvaje y el consumo.

RECOMENDACIONES DE LA ONU

Por tal motivo,  entre las directrices para la prevención de la delincuencia juvenil, la Organización de Naciones Unidas recomienda acciones dirigidas a promover el desarrollo armonioso de los adolescentes desde la infancia. Se subraya la importancia de aplicar políticas progresistas y medidas que eviten criminalizar al niño por una conducta que no cause graves perjuicios a su desarrollo y que no perjudique a los demás.

Es claro que una falta no debe quedar impune y que no se recomiendan las actitudes indulgentes. Al contrario, se alienta a que el menor se haga responsable y pueda reparar el daño, y se insiste en que, si se trata de conductas reincidentes, sea rehabilitado. El encarcelamiento es visto como  “una medida de último recurso” destinado a los casos más extremos. Por eso se procura la capacitación del personal que atiende estos casos, así como políticas preventivas, el respeto a los convenios que protegen a los menores y la asignación de mayores recursos económicos.

Se plantean dos preguntas: ¿a partir de qué edad puede hablarse de delincuencia juvenil?,  y ¿cuáles son las conductas que dan lugar a calificar a un joven como delincuente? Sabemos que entre los 8 y 12 años ya existe una “conciencia del mal”, que funciona como una estructura interna que regula los impulsos, que deriva de los estímulos sociales y que muestra variaciones, dependiendo de las diferencias neurológicas y de las particularidades del desarrollo individual.

Desde la perspectiva legal, se estima que un menor es “infractor” hasta los 14 años de edad, y que a partir de esa edad debe ser considerado como un “delincuente juvenil”, con grados de responsabilidad variables. Un sujeto “responsable penalmente” debe tener “la capacidad psíquica del delito”, que está formada por dos elementos: la capacidad de discernimiento, propio de las funciones intelectuales, que permite al individuo comprender el contexto normativo que le obliga; y una capacidad de ajustar su conducta en el sentido que le obliga esa normatividad.

Un análisis completo en torno a lo que induce a un sujeto a delinquir; al significado que esta conducta tiene para él; el porqué no le atemoriza la idea del castigo, y el porqué no puede renunciar a estas conductas, requiere un trabajo interdisciplinario, basado en “seres humanos reales y concretos” dentro de una estructura social. Desde esta posición se puede preguntar: ¿Quién es el sujeto que delinque y qué se va a hacer con él?  Es necesario elaborar un diagnóstico y un pronóstico para diseñar una labor terapéutica que al mismo tiempo permita aproximarse al delito como un fenómeno social, y determinar los factores que influyen en sus manifestaciones.

CONDUCTA DELICTIVA

Si bien la conducta delictiva es vista como un síntoma de enfermedad, también debe verse como “inseparable del contexto social”. Un individuo “se adapta al mundo a través de sus conductas. La significación y la intencionalidad de estas conductas constituyen un todo organizado que se dirige a un fin. La conducta delictiva como reguladora de tensiones,  protege al organismo de la desorganización. Es la “mejor conducta”, en el sentido de que es la forma más organizada que el organismo  puede manifestar y que funciona como una defensa psicológica para no caer en la disgregación de la personalidad.

La conducta delictiva es “un vínculo” que se refiere siempre a otro en una experiencia humana. Además, la conducta actual frente a objetos presentes está influida en gran proporción por las experiencias anteriores. Por esto, destaca el proceso simbólico de los crímenes, que muestran las extrañas motivaciones que al parecer surgen de manera inconsciente. El delincuente es un individuo enfermo, y sus conductas son una proyección de su enfermedad. La familia tiene un doble papel: como transmisora del valor cultural del ambiente y la sociedad, y como una unidad sub cultural en sí.

El ambiente familiar y los procesos de interacción influyen de manera importante en la conducta delictiva, de manera que el delincuente puede ser visto como un emergente, portador de las ansiedades y conflictos del grupo familiar. Además, la familia puede favorecer la violencia como un modo de comunicación efectiva.

Entre los problemas en las relaciones familiares sobresalen  particularmente la desprotección materna y la privación afectiva del individuo; la falta de una persona con la cual identificarse,  y la debilidad de la madre (o de ambos padres) para enseñar al niño a soportar la oposición en el medio familiar (autoridad).

Se reconoce el papel de la frustración en el origen de la agresión y como tentativa para dominar la vida, aunque se cuestiona el mismo origen de la crueldad, y se sugiere que ésta se presenta sólo si el niño la ha experimentado.

También se subraya la importancia de los mecanismos de introyección y proyección como base de las identificaciones, especialmente de las identificaciones ocurridas durante la infancia y su destino en la identidad, las que se originan en papeles creíbles y significativos, provistos por las generaciones que viven juntas y que cristalizan cuando el individuo siente y cree que sabe más o menos quién es.

La alteración de la relación con el prójimo es esencial en el plano criminológico, ya que el hombre sólo puede ser comprendido dentro de una realidad humana e intersubjetiva. Es en una relación de sujeto a sujeto,  reconociendo al otro como sujeto, donde la agresión criminal apunta a un semejante.

Desde el punto de vista psicológico, los delincuentes presentan diversas características, según el tipo de delito: homicidio, generalmente sin antecedentes penales y en apariencia socialmente adaptados, aunque con una larga historia de dificultades en sus relaciones, múltiples frustraciones a necesidades internas y externas, y una disposición a actuar de forma delictiva.

CIRCUNSTANCIAS PREDELICTIVAS

Las circunstancias pre delictivas son “especiales” y preparan la descarga agresiva. Se diferencian: el homicidio como conducta individual y como conducta grupal y sus diferentes móviles);  robo (hurto: delito típico de personas, generalmente adolescentes, pobres y con una infancia desfavorable, generalmente con fines utilitarios y búsqueda de seguridad al poseer objetos.

Robo: se emplea violencia en objetos, medios y personas, y éstos tienen para el ladrón significados particulares. La mayoría de los carteristas son hombres y las mujeres intervienen sólo como colaboradoras. Son personas frías, agresivas, impulsivas, asociales.

Estafa: aspecto y carácter agradable, se muestra tan seguro y confiable, que persuade y convence. Asume identidades de otros para concretar su fantasía, y se relaciona con su víctima de tal forma que la seduce, convence y la lleva al acto delictivo.

Delincuencia Sexual: Ocurre en el contexto del significado sexual de la conducta individual, y comprende una amplia gama de conductas: violación, incesto, atentados al pudor, exhibicionismo y prostitución.

Los delitos son cometidos por individuos que pueden ser considerados “adaptados”, y la exaltación erótica generalmente ocurre bajo la influencia de condiciones ambientales como intoxicación o pornografía. En la dinámica de estos delitos sobresalen: la sexualidad individual del agresor y el comportamiento de la víctima.

En la violación sobresalen el poder, el control y el sadismo, el  que puede llegar al homicidio con un significado erótico. En el incesto predomina el aislamiento social y ocurre en un núcleo familiar con carencias de oportunidades, y serios conflictos en sus historias personales. Generalmente es un triángulo con un padre dominante y controlador, una madre pasiva e infantil, que tolera calladamente las cosas, y una hija que sustituye a la madre como pareja.

Ocasionalmente, el incesto se relaciona con el infanticidio. Los delitos de atentados al pudor son generalmente cometidos por hombres, usualmente de edad avanzada, a quienes les resulta difícil conseguir una pareja adulta, o por jóvenes que se sienten inseguros con una pareja de su edad.

Exhibicionismo: quienes inciden en esta conducta generalmente han comenzado como consecuencia de castigos, ya que provienen de familias puritanas. En la excitación predomina la angustia.

Prostitución: implica una entrega onerosa, una breve vinculación y un continuo cambio de pareja. Generalmente, las necesidades afectivas son trasladadas a lo corporal. Existe una tendencia autodestructiva y antecedentes de mala relación con el padre, en quienes ejercen la prostitución.

PROBLEMA DE SALUD SOCIAL

Pero la delincuencia es esencialmente un problema de salud social, que requiere un análisis dinámico del sistema  social  en el que ocurren los actos delictivos. La delincuencia se expresa por conductas sancionadas socialmente y en la delincuencia gravitan las condiciones en que se desarrolla la vida  del hombre: miseria, sub alimentación, analfabetismo, ignorancia, frustraciones constantes.

Se esbozan varias preguntas: ¿Por qué no le atemoriza la idea del castigo? ¿Por qué  no puede renunciar a estas conductas? ¿Cual es la causa del sadismo, el placer de ver sufrir a otro por propia mano, la característica mental de la ausencia de la compasión? ¿Cómo ocurre una separación tajante entre su humanidad y la humanidad de la victima? ¿Existe una psicosis de fondo en estas personas? ¿Obedecen a un núcleo psicótico de la personalidad? ¿Son pacientes con patologías de moda como border line,  perversos o maníacos psicóticos?

Una estructura mental involucrada en todos las respuestas para estas preguntas es el superyó, su estructuración, funcionamiento y organización.

En polo de gravedad estarían los homicidas en serie, y presentaré un estudio policiaco sobre el tema, y las conclusiones, que confluyen en conocimientos ya mostrados por el psicoanálisis desde hace mucho tiempo, sobre la importancia de la infancia, la agresión temprana y la función paterna para la integración de una mente humana, empática compasiva y productiva.

Existen para Robert K Ressler y Tom Shachtman. (Asesinos en serie. Ressler/Tom Shachtman Ed. Ariel.) Dos tipos de asesinos: los organizados y los desorganizados. A continuación se mostrarán las diferencias.

Dos criterios, la escena del crimen y la víctima.

El crimen se divide en cuatro fases: 1) Antecedentes. 2) El crimen (secuestro, tortura y la violación). 3) Modo en que el asesino se deshace del cuerpo (si se preocupa de ocultar el cuerpo o no). 4) Comportamiento posterior al crimen. Algunos están en contacto con el crimen o se involucran en la investigación del mismo, para continuar con sus fantasías del asesinato. Sumario.¨

SECUESTRADOR ORGANIZADO

El secuestrador  organizado personalizó a las victimas hablando con ellas; empleó su propio vehículo y sus propias habilidades verbales para engañar a las mujeres y hacer que subieran al coche. Llevó su propia arma para amenazarlas y se la llevó consigo al irse; tenía una cuerda preparada (a mi juicio, un signo claro, en estas circunstancias, de que planeaba completar actos sexuales con las mujeres antes de torturarlas y matarlas).

Después de los asesinatos, tenía previsto deshacerse de los cuerpos ocultándolos. Mostró movilidad y adaptabilidad durante el crimen: cuando se tuvo que ir para atender  algún otro aspecto de su vida, también se llevó su trofeo o puede dejarlas atadas y escondidas para atender otros asuntos con premura y regresar para rematarlas o alargar planeadamente la forma de torturarlas y alargar el momento de la muerte y violarlas reiteradamente o mutilarlas y deshacerse de los cuerpos en otra parte muy lejana del lugar de su hábitat, tratando lo más posible de encubrir su identidad¨ (Ob.cit. Pág. 187.)

ASESINOS EN SERIE

Estadísticas de un grupo de 36 asesinos considerados en serie. (Ob.cit. Pág. 117)

La distribución del cociente intelectual en la muestra de 36 personas: En siete, su cociente intelectual menor de 90; 11 puntuaban por encima de 120, el resto era de inteligencia normal.

Mito: los asesinos provienen de hogares pobres y desestructurados, no sólo los niños de condiciones de extrema pobreza; también se desarrolla en clase media y media alta.

Según este autor, la mayoría de los asesinos no vivían en condiciones de pobreza extrema y tenían  ingresos estables. Más de la mitad vivían en hogares aparentemente intactos, que contaban tanto con padre como con una madre. Sin embargo, la omisión del estudio es la ignorancia de la dinámica emocional de la pareja o de la familia. El hecho de que estén de cuerpo presente los padres, no significa que hagan una significativa y sana interacción emocional con los hijos y la pareja.

La mitad de las familias tenían algún pariente cercano con enfermedad mental. La mitad tenían padres con antecedentes criminales.

Casi el 70 por ciento de los casos tenían un historial familiar de consumo abusivo de alcohol o drogas.

Todos los asesinos habían padecido maltrato psicológico grave en la infancia, y todos terminaron siendo lo que los psiquiatras denominan adultos sexualmente anómalos; es decir, incapaces de mantener una relación madura y consentida con otra persona adulta.

IMPORTANCIA DE LA MADRE

Los estudios han demostrado que la figura adulta más importante para en un niño entre el nacimiento y los seis o siete años es la madre.

Todas las personas tuvieron una madre fría, distante, negligente y nada cariñosa, o aprendizaje inadecuado de las formas en que los seres humanos normales se miman y demuestran su afecto e interdependencia. Carentes de amor, acabaron pagando esa carencia durante el resto de su vida, y no sólo ellos, sino también la sociedad, porque quitaron la vida a muchas personas y dejaron cicatrices permanentes en muchas otras.

Hasta cierto punto, la sociedad ha comprendido que el maltrato físico es precursor de la violencia. Creciendo en un ambiente donde no les hacían caso, sin ponerles límites y sin el proceso de darles a conocer qué es la vida, cómo se valora y se conserva en el humano, o sin hacer diferencia alguna con la vida animal.

El 40 por ciento afirmaron haber sido golpeados y haber sufrido maltrato físico en la infancia, mientras que el 70 por ciento dijo haber sufrido o presenciado actos sexuales estresantes.

Muchos niños pueden tener una infancia anómala y no acaban matando o cometiendo actos antisociales violentos.

Ellos concluyen que se debe a que la mayoría se salva gracias a la intervención de una figura fuerte en la siguiente fase de la infancia, la pre-adolescencia. A estas personas homicidas, nadie las salvó cuando se estaban ahogando; más bien se les empujó aun más hacia el fondo. (Ob.cit. Pág. 119).

LA FIGURA DEL PADRE

Entre los ocho y doce años de los criminales, todas las tendencias negativas a las que no debían de estar expuestos se vieron exacerbadas y reforzadas. Lo que un niño necesita en esta fase es un padre, y justo en este momento, cuando de un modo u otro, la figura paterna desapareció para la mitad de los sujetos.  Unos padres murieron otros fueron encarcelados y la mayoría simplemente se fueron por la vía del divorcio o el abandono; otros padres, aunque presentes, se alejaron.

Se identifica por los distintos relatos de los distintos asesinos entrevistados alguna de las siguientes formas de agresión: maltrato agresivo-pasivo de parte de la madre, abandono emocional de los padres, divorcio con crianza mono-parental, anómala. Se encuentra también,  violencia física temprana, colecho, relaciones parentales indiscriminadas con el niño; abuso sexual y escena primaria violenta y sádica o estresante para el niño.

Como resultado, el niño se transforma en solitario  entre los ocho y los doce años de edad. Ellos concluyen que es básicamente por la ausencia de padre. El 75 por ciento de ellos  tienen prácticas  auto eróticas en esta edad. El 50 por ciento recrean fantasías de homicidios, canibalismo y  violaciones entre los 12 y 14 años. Y más del 80 por ciento confesó haber consumido pornografía y tener tendencias hacia el fetichismo y el voyerismo.

EL SUPERYÓ

En las líneas del desarrollo, teorizamos que la definición del superyó en relación con la muerte es introyectada y se mentaliza de manera adulta hacia los ocho años de edad; algunas otras funciones del superyó, como la asimilación de valores de la familia, grupo racial y religión, son interiorizados; existe una línea común de alteración entre ambos perfiles de asesinos: la deshumanización de la víctima en el sentido de no sentir una capacidad empática con el género humano, una incapacidad de sentir consideración y ternura sobre el dolor que los haga detenerse o limitar sus fantasías.

Otra línea común es la preponderancia de la fantasía sobre la realidad en el caso de los asesinos desorganizados; podríamos pensar que la psicosis opera con una desrealización de la estructura mental, y la fantasía rompe los diques de la sensación de realidad, la prueba de la realidad y el juicio racional del tabú sobre el crimen.

Pero, de cualquier forma, aunque la esquizofrenia es la más prevalente de las psicosis y el subtipo paranoide también, la mayor parte de estos pacientes no son violentos, y de hecho es más alta la frecuencia de violencia entre la población normal que entre los esquizofrénicos (Pág. 189). Puede ser acelerada su aparición con el uso de psicotrópicos alucinógenos, como el LSD, y la marihuana, entre otras drogas.

Sin embargo, en los asesinos organizados, su fantasía sádica no sólo no rompe estos sentidos, sino que los agudiza y los pone al servicio del placer derivado del sadismo y del poder de matar impunemente, y permanecer con sus rutinas de trabajo y de estudio, como si no pasara nada en su mente, y en ciertos casos, solicitar ser detenido desde afuera.

No podemos pensar sólo en mecanismos disociativos ni de escisión, porque su sentido del juico y su capacidad de planear, anticipar y ejecutar, no está interrumpido por los impulsos bizarros que podrían esperarse de personalidad border line; pudiera ser más un narcisismo maligno, o sostenerse en el diagnóstico de psicopatía sociopática, en donde existe conciencia de  sus actos.

Un problema en este sentido es en qué momento se ha perdido la internalización de la consideración  a los sujetos de su misma especie, y la fantasía gana sobre la realidad.

Por ello es importante continuar con estudios de investigación en etapas de la adolescencia y la infancia.

En una investigación que desarrollamos un grupo de psicoanalistas: licenciada María de la Luz Garza y doctor José Luis Garza Elizondo. Hemos extraído algunos indicadores de  nuestra investigación en alumnos de educación media y con edades entre los 14 y 18 años, que hemos estado realizando en la zona metropolitana de Monterrey, con la aplicación de dos pruebas estandarizadas para la población mexicana que son el MMPI-A  Inventario Multifásico de Personalidad de Minnesota para adolescentes) y  Cuestionario de conductas antisociales y delictivas A-D.

Los indicadores que encontramos en todas las poblaciones son el cinismo y el enojo, como determinantes para los actos de  conductas antisociales y delictivas,

  1. I. Factor de Segregación Social, por depresión, aislamiento social y aislamiento afectivo.
  2. II. Riesgo provocador de conducta antisocial  y o delictiva, por  cinismo  y enojo.
  3. III. Deficiencia del manejo de la conducta social adecuada y factor de riesgo, por conductas francamente antisociales y desviaciones psicopáticas.
  4. IV. Factor de Fragilidad del Superyó, más en el hombre que en la mujer.

Podemos concluir lo siguiente en relación con las consecuencias psíquicas del niño frente a estos designios que se desarrollan en esta edad, y pueden aflorar con gran intensidad en la adolescencia.

Se combinan las formas  de devaluación agresiva oral, anal y genital, y el niño puede experimentar a sus degradados objetos de amor como débiles o vacios, sucios y repugnantes o como destruidos o castrados.

El niño ingresa en un proceso de devaluación de los padres, por las frustraciones del periodo sádico anal; estos sentimientos desdeñosos, pensamientos derogatorios e impulsos conscientes e inconscientes aumentan y se expanden bajo el impacto de los conflictos edípicos y con la diferencia anatómica de los sexos, sobre todo si el niño adquiere información sobre la actividad sexual de los padres.

DESILUSIÓN O DESENGAÑO

El efecto de estas descorazonadoras experiencias es una desilusión o desengaño, que normalmente tiene una influencia doblemente  beneficiosa. Promover la prueba de la realidad eterna y su propia realidad interna, como ya previamente lo recalqué, lo ayuda para un abandono gradual de sus ilusiones; por ejemplo, sus fantasías mágicas sobre sus objetos de amor de sí mismo.

Sin embargo, en la misma forma es el principal incentivo para la creciente idealización que el niño hace de sus padres, porque estimula el desarrollo de tendencias libidinales reactivas y fuertes. Sin embargo, cuando la desilusión es experimentada antes que el  niño esté listo para combatir la hostil devaluación de los padres basados en la idealización, puede impedir el avance de las relaciones objetales e interferir con la formación normal del ideal del yo y del superyó, que dependen de la admiración y respeto del niño por sus padres. Puede transformar al niño en cínico, con metas infantiles egoístas del yo predominantemente y un superyó defectuoso que no tiene control sobre ellos.

En la medida en que los vínculos entre el self  y el objeto son todavía indistintos, y las fuerzas libidinales y agresivas van y vienen libremente, desde las imágenes del self a las del objeto, la devaluación y el desengaño de los objetos lo llevarán al self y causará un daño narcisístico y auto devaluación, e inversamente las injurias narcisísticas inducirán a una desvaluación de de los objetos de amor y de desengaño de ellos.

La consecuencia, no automática pero predecible, de  los resultados la estamos viviendo en la sociedad con crímenes más violentos en edades más tempranas y una vuelta  a los regímenes de primitivos de una sociedad enferma.

 

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