Por Régis Le Sommier / Paris Match
(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Afganistán padece su invierno más glacial desde hace veinte años. En Kabul, en los campos de refugiados, se presenta una hecatombe.
“Cuando llegué, no me esperaba ver a niños caminar descalzos sobre la nieve”. Establecida en Kabul desde hace varios años, Andrea Bruce conoce bastante bien Nasaji Bagrami, uno de los 40 campos de la capital afgana. Esta fotógrafa de la agencia Noor ha realizado ya varios reportajes sobre estos lugares, en los cuales se amontonan 35 mil exiliados del interior, que el gobierno se empeña en ignorar.
Venidos de todo el país, han sido expulsados de sus tierras a lo largo de 30 años de guerra. Por lo general, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados; diversas ONG, principalmente alemanas, y el ejército norteamericano les proporcionan lo mínimo vital. Pero este año todo mundo ha sido tomado desprevenido por lo crudo del invierno. Andrea jamás había visto en la calle a niños sin zapatos, con una temperatura de menos cinco grados centígrados.
Al verlos revolotear a su alrededor, ella dice que tienen enorme resistencia. Además, también son hermosos. Pese a los accesos de tos ronca, que traicionan su deplorable estado de salud, no han perdido ni su sonrisa ni su manía de tender la mano. Ella observa a dos que se pelean por unos trozos de madera. Aquí, todo lo que arde tiene un precio.
Andrea Bruce tiene una cita con el administrador del campo, donde es también uno de los patriarcas: Mohammed Ibrahim. Este último ha dudado mucho antes de recibirla, por temor de no poder garantizar su seguridad, dado que los secuestros son aquí moneda corriente. Después de un primer encuentro hace unos días, él la llamó por teléfono esta mañana.
El gobierno acaba de anunciar, en un comunicado que será desmentido más tarde, que las historias de niños que mueren de frío eran falsas. Sobre este punto, Mohammed Ibrahim, tiene una opinión completamente diferente. Sin perder el tiempo, la conduce a una casucha hecha de tierra seca, forrado el techo con láminas de plástico cuyas junturas dejan pasar el aire helado.
Él la anima a entrar. Bajando la cabeza para franquear una puerta ridículamente pequeña, Andrea descubre, en el interior, a 17 mujeres que velan los restos de un bebito. Mohammed Ibrahim se queda fuera, con el traductor afgano de Andrea, así como con Rod Nordland, un reportero del “New York Times”.
En la cultura afgana, incluso en la muerte, no se mezclan los sexos. La casa no es más grande que una recámara. La fotógrafa nota que hace más frío dentro que en el exterior, donde se asoma un tímido sol. El cuerpecito ha sido colocado sobre una mesa en medio de la habitación. Está tendido sobre una colcha con el dibujo de Winnie Poo.
La escena tiene reminiscencias bíblicas. Muchas veces, a lo largo de su carrera, Andrea ha visto la muerte de cerca. Por lo general, la acompañan gritos, gemidos. Entre las mujeres musulmanas, son los alaridos los que expresan la emoción colectiva. Andrea ha escuchado ya el dolor de un marino ante la pérdida de un compañero; el dolor, menos púdico, de un afgano o de un irakí ante los despojos de un prójimo muerto en un atentado.
Todas estas muertes provocan ruido. Aquí, nada de eso sucede. Aquí impera el silencio. Como si el frío que envuelve a Kabul hubiese ahogado los gritos y congelado las lágrimas. Pero hay algo más que el frío. Hay otra cosa. La fotógrafa queda impresionada por la actitud de Lailuma, la madre del bebé. Está literalmente postrada, hecha un ovillo sobre una cobija de lana.
Cuando por fin se levanta, da la impresión de que está en otro mundo. ¿Cómo es que esta madre logra dar la cara, cuando ella, Andrea, apenas puede retener las lágrimas? “No lo comprendí sino hasta más tarde, -contará- cuando alguien me dijo que Lailuma acababa de perder a su octavo hijo”.
La familia pensaba que, saliendo de Helmand, escaparía de los talibanes, de las minas…
El infante se llamaba Khan. Tenía tres meses. “Anoche, cuando cenamos restos de pan y té, no dejaba de llorar”, confía Sayid Mohammad, su padre, que prepara en el exterior, en el patio, el lugar en que debe lavarse el cuerpo, según el rito. “Él comió un poco, pero después siguió llorando. Terminamos por encender un fuego, pero ya casi no había nada que quemar. De todos modos, ya era demasiado tarde. Como a la una de la mañana, se calló”.
Lailuma se acercó. Metió las manos bajo la cobija de Winnie Poo. De las tres que tienen los Mohammad, era la más calientita. En ella envolvió a Khan antes de acercarlo al fuego. Lo mueve, pero no hay reacción. Su infante ya está rígido y su piel tiene una blancura que no déjà lugar a dudas.
Pero el frío no ha sido la única causa de su muerte. Sin lugar a dudas sufría una especie de neumonía, y su sistema inmunológico estaba muy debilitado. Un año antes, Lailuma había perdido otro hijo en las mismas circunstancias, en el mismo lugar. Sus otros hijos murieron de paludismo y de infecciones parasitarias, contraídas en el polvo lunar del suelo de la provincia de Helmand, de donde son originarios.
Al salir de esa región, la familia había creído poder escapar de las más terribles plagas afganas, los talibanes, los vehículos aéreos no tripulados, las minas. En Kabul, se encontraron, en el camino, con el frío, con el peor invierno de los últimos veinte años. Hoy no les queda más que su hija, Feroza. Feroza significa turquesa en afgano.
Este nombre le queda bien. A los diez años, tiene la edad en que las pequeñas pueden todavía mostrar su rostro maquillado. Muy pronto, únicamente su marido es el que podrá verla tan bonita como es. El tiempo vuela. El bebé debe ser enterrado antes de que se ponga el sol. Un hombre entra en la casa para llevarse el cuerpo.
Las mujeres permanecen en el interior. Ellas no están invitadas para lo que sigue. Sólo una tiene autorización para salir. Es tal vez por el hecho de que todavía es una niña por lo que Sayid Mohammad déjà a Feroza refugiarse en un rincón del patio para ver a los hombres lavar el cuerpo de su hermano. Desde la ventana, Lailuma también lanza una última mirada. Los despojos de Khan son rociados cinco veces con agua caliente y frotados con jabón, como lo exige el ritual afgano musulmán. El agua la proporcionaron los vecinos, quienes tenían la manera de calentarla y que sin duda hubieran podido, la tarde anterior, dar algo de leña a Mohammad.
“Vean ustedes a esta mujer”, dice el patriarca Mohammed Ibrahim a los hombres de la familia y a los vecinos, señalando a la fotógrafa, que sale de la casa. “Aun cuando ni siquiera es musulmana, ella llora a nuestros muertos. Y está aquí aunque nada tenga que ver con esta historia. La culpa es de Karzai y de su gobierno, y ellos… ellos no están aquí”.
El patriarca se traga sus palabras. Ha comprendido que no es el momento indicado. Está profundamente emocionado. Khan es tan pequeño, que la mano que lo sostiene le cubre la mitad del cuerpo. En el suelo se ha hecho un surco para evacuar el agua. Todos redoblan la vigilancia. Si alguien pisara el surco, cometería un sacrilegio.
Enseguida, se envuelve el cuerpo en una mortaja de algodón, Se le rocía con perfume, y se le coloca con delicadeza sobre la manta en que ha muerto. Después, Sayid Mohammad toma en brazos los despojos de su hijo y, precediendo a los hombres de su clan, abre la procesión rumbo al cementerio. Ante la tumba, el mullah pronuncia las oraciones. Khan es enterrado con la cabeza en dirección a la Meca. Cada uno de los presentes arroja tres puñados de tierra.
Al fin de la ceremonia, Mohammed Ibrahim quiere mostrar a Andrea la parte del cementerio en que reposan los otros 15 infantes muertos de frío las semanas anteriores. Todos tenían menos de cinco años. Sin embargo, debe rendirse ante la evidencia. Sólo algunas piedras talladas de manera irregular, coronadas en trechos por una bandera verde o blanca sobresalen aquí y allá del espeso manto blanco. Por más que Mohammed Ibrahim busca, remueve el piso con los pies, es inútil: la nieve ha cubierto ya las pequeñas tumbas.
