En el Ártico, los rusos realizan gran limpieza

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Rousski Reporter

Ioulia Goutova

(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Hablar del Ártico es hablar de icebergs, de días de verano en que el sol no se oculta jamás, y de osos blancos. Es en estas latitudes en donde se encuentra el territorio más septentrional de Rusia, el archipiélago François-Joseph. Se trata de islas deshabitadas hoy en día, pero que conservan todavía los estigmas de los años en que albergaban bases militares. Barriles oxidados, petróleo y desechos de todo tipo han permanecido ahí desde entonces. 

A fines de este verano, el barco Polaris desembarcó ahí a un equipo de unos cincuenta hombres, en el marco de una campaña de rehabilitación iniciada en fecha reciente. En el lugar ya los aguardaban palas mecánicas y bulldozers. Pero, ¿por qué esta enorme labor de limpieza y cómo se lleva a cabo?

El jefe de la expedición se llama Alexandre Orlov, y él nos ha permitido seguir esta misión de carácter ecológico. “Ustedes comprenderán: insistir en discursos sobre el medio ambiente es una cosa; pero él, Vladimir Vladimirovitch [Putin] acudió en persona a ver la situación, y dictó las órdenes de descontaminación. De esta manera, si nosotros, los rusos, hemos empezado a evacuar nuestros residuos de este extremo del mundo, es porque Putin estuvo aquí en el año 2010, después de lo cual el gobierno decidió destinar mil 500 millones de rublos [37 millones de euros] a estas tareas.

VISITA DE PUTIN

En ocasión de su visita, Putin contempló un oso blanco que los científicos habían sedado para realizar diferentes pruebas en el animal, antes de colocarle un collar emisor. Incluso, al momento de partir, le estrechó la garra. “Putin está profundamente interesado en el Ártico”, asegura Alexandre Orlov. “El presidente ama mucho a los científicos y a los animales”. Nadie sabe si esto es recíproco.

Por lo que respecta a Alexandre Orlov, él está, en lo personal, directamente interesado en la limpieza del Ártico, sitio al que organiza viajes turísticos. Todas las primaveras instala una base en el glaciar llamado Barneo, cerca del Polo Norte, y lleva a turistas apasionados, dispuestos a pagar 25,000 dólares [19,400 euros] por la estancia. El explorador polar Artour Tchi­lingarov, de  73 años, (célebre por haber plantado, en 2007, la bandera rusa  bajo las aguas, a partir de un mini-submarino, en el lugar geográfico del Polo Norte), miembro del Consejo de la Federación [equivalente del Senado], explica por su parte que los europeos proyectaban venir ellos mismos a hacerse cargo del archipiélago François-Joseph, lo que sin duda precipitó las cosas de la parte rusa.

Durante el tiempo de la Guerra Fría, las dos potencias habían instalado bases aéreas en el Gran Norte, en Terranova, del lado norteamericano, y sobre la Tierra François-Joseph, del lado soviético. Barriles de aceite y de petróleo habían sido instalados en el lugar, y ahí se quedaron, abandonados, algunos todavía con restos de carburante. Resultado: en siete de las islas del archipiélago se cuentan unas 60,000  toneladas, a las cuales se suman las armazones de las construcciones metálicas, cajas de municiones y todos los desechos producidos por la estancia de los militares. Desde hace tiempo, los norteamericanos emprendieron la limpieza de sus antiguas bases; pero, en el archipiélago ruso, que forma parte del Parque Nacional del Ártico, el trabajo apenas ha comenzado. La primera isla tratada es la de Alexandra, que es la más accesible.

El Polaris penetra en la bahía de Severnaïa, que permite descubrir, a babor, la curva línea de un enorme iceberg. Delante de nosotros, a través de la niebla, se descubren la tierra y las siluetas de construcciones rectangulares. Aparece un velero inmaculado, el Alter Ego, que posibilita a los investigadores navegar de una isla a otra. El lugar en el que anclamos está tapizado de trapos sucios y enmohecidos, y de trazos negros. “Es la isla menos presentable”, se excusa Alexandre Orlov.

CONTAMINACIÓN
El banco está invadido de cisternas ventrudas, con aberturas redondas, a la manera de escarabajos gigantes que hubieran engendrado una multitud de barriles más pequeños, diseminados por toda la isla. Hasta donde abarca la vista, hay miles de ellos: llenos, vacíos, aplastados, perforados, con óxidos espumantes. La bahía es el sitio más contaminado de la isla, perpetuamente húmeda y azotada por los vientos. Es ahí donde los hombres, rusos pero también uzbekos, de Andijan [pueblo del este del Uzbekistán, donde una insurrección fue sangrientamente reprimida en 2005], tienen más trabajo.

A causa de problemas de organización, la misión ha empezado con retraso de un mes, pero de cualquier manera tendrá que terminar en este mes de octubre, inicio del periodo de la noche polar. Los obreros duermen en las viejas barracas militares y trabajan 15 horas diarias.

Desayuno, tomado a la intemperie, lo que significa un alimento frío. Altos ejecutivos vienen con cierta regularidad, en avión, a echar un vistazo al avance de los trabajos. Recibirlos en la debida forma implica la pérdida de un tiempo precioso, que hay que recuperar enseguida. Se prevén cinco años de labores.

TESTIMONIAL DEL HORROR

Evgueni Ermolov es historiador. Para él, todos los rastros humanos tienen valor. No hay que olvidar que aquí han vivido militares que han cumplido con su deber a pesar de los sufrimientos. Ellos no disponían de locales con calefacción o de vestimenta como la que tenemos en estos días. Había también investigadores que realizaban estudios por cuenta del ejército. Observen ese montón de botas viejas. Pertenecían a soldados, y no les protegían del frío. Esta memoria es digna de ser preservada. Nos gustaría conservar, en el parque natural, un testigo de descargo, una especie de memorial que testimoniara el horror de las condiciones de vida aquí”.

Su pasión hace reír a los obreros. Él realiza una especie de selección entre la basura, que reparte en diferentes montones. Un millar de barriles han sido ya clasificados como “históricos”, gracias a sus cuidados. Nosotros salvamos a la naturaleza de la polución, en tanto que él salva los desechos de la desaparición. Evgueni se siente obligado a justificarse: “Mi especialidad es la historia, no la ecología. Para mí, el hombre pasa antes que la naturaleza”.

MUSGO DE GRAN BELLEZA

El autobús de servicio nos conduce a través de la isla. En algunos lugares, las piedras se ven cubiertas de musgo. “¿Ya observó esos musgos al microscopio?”, me pregunta María Gavrilo, directora adjunta del parque natural, encargada de los estudios científicos. “Son de una belleza sorprendente, y despliegan formas complejas. Se creería uno estar ante pinturas de Salvador Dalí”. María ha venido a bordo del Alter Ego. Tiene a siete personas bajo su responsabilidad, y debe delimitar las diversas zonas del parque; indicar aquéllas en que será posible navegar, las que los turistas podrán pisar y las demasiado frágiles como para permitir ahí el acceso del hombre. “Lo que ustedes ven es único. La vegetación se compone de líquenes y musgos que no se encuentran en ninguna otra parte. Estamos en una zona de tundra ártica. En el invierno, la tierra se congela, y en el verano se descongela. Esto no impide la existencia de amapolas, de saxífrages o de ojillos; pero, para resistir a las tormentas de nieve, estas flores crecen en un colchón de musgo que protege sus tallos. Entonces, las piedras se cubren de flores amarillas, blancas, rosas; pero, cuando motores de oruga las aplastan, ya no se recuperan”.

Así, los bulldozers y los camiones destinados a las labores de limpieza en diferentes lugares van a masacrar la tundra. A lo lejos se eleva una columna de humo. Se trata de residuos de madera que se queman, pues los hidrocarburos, demasiado tóxicos, están prohibidos.

LOS OSOS BLANCOS

Un equipo de investigadores ha venido a estudiar a los osos blancos, a fin de comprender qué acciones son necesarias para salvarlos de la extinción. María los considera como un summum de adaptación a esta vida en medio de los glaciares. Desde el velero, ella pudio apreciar, hace unos días, una osa y su osezno. “Estábamos a más de cien metros, pero nuestra presencia la asustó, y se puso a escalar un muro de hielo, muy alto, muy inclinado, sin duda a 60 grados. Trepó casi verticalmente, y el osezno la siguió. Se nos cortó el aliento. Comparados con ellos, no somos más que gusanos.

El zoólogo Sergueï Naïdenko está trepado en un taburete, cerca de un radiador, sobre el cual el director del parque natural ha puesto a secar el cañón de su fusil. Porque, para estudiar a los osos, primero hay que atraparlos y, para ello, hay que dormirlos. Serguei ha realizado un video muy atropellado de esta operación, cámara al frente. La distancia máxima para alcanzar al oso es de 40 metros, y un animal lanzado a toda velocidad alcanza los 40 kilómetros por hora. Sin embargo, los hombres tienen escrúpulos. “Uno está inquieto siempre. Se pregunta uno cómo van a reaccionar los osos a los somníferos, aunque de antemano sabemos  que los productos son inofensivos”.

Le pregunto por qué es tan importante la preservación de esta especie. “En lo personal, no considero que si el oso polar desapareciera, se desplomaría todo el ecosistema ártico -confiesa él, sin tapujos. Quedarían las focas, las morsas, las ballenas…”

VALOR ESTÉTICO

Pero, entonces, ¿a qué vienen todos esos esfuerzos?

“Vea usted. Para el Ártico, los osos son símbolos, una especie de valor estético”.

Entonces, ¿se protegería a los bellos animales emblemáticos y no a los otros?

“Tenemos que ver que la investigación tiene presupuesto limitado. Alrededor de todo el mundo, las fundaciones privadas aportan dinero, y es más fácil seducirlas con el tigre del Amor que con la musaraña nórdica, aun cuando ésta también estuviera en peligro”. Aunque tienen la esperanza de captar uno en fotografía, los hombres que realizan los trabajos de limpieza temen al oso polar, y sueñan en que la isla se desembarace de ellos. Han pedido a los zoólogos que duerman y liberen más lejos a los osos que se acercan a sus viviendas.

Sergueï Donskoï, el ministro de Recursos Naturales, ha hecho un recuento inicial de las operaciones. “Hasta el uno de septiembre, se habían retirado de la isla de Alexandra más de 3,600 toneladas de metal. El metal en sí mismo no constituye una amenaza para el medio ambiente; los más peligrosos son los productos que se derraman en las aguas a medida en que se corroen y se perforan los contenedores metálicos. Sería necesario acelerar el ritmo, adoptar nuevas tecnologías; tal vez, desembarcar aparatos de reciclaje y otros, que permitieran la rehabilitación de los suelos”. Al escucharlo, se da uno cuenta de que no hay una estrategia bien definida.

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