Arq. Abiel Treviño Aldape
En el tenor de las dos anteriores colaboraciones, me gustaría abordar la siguiente problemática urbana, que de seguirse descuidando, puede trascender en un problema bastante regular.
En al menos tres días de la semana, cuando salgo de la Universidad Regiomontana para dirigirme a la estación del metro Fundadores —esto, pasadas las 22:00 horas—, al llegar al cruce de Pino Suárez con 15 de Mayo, se observa un fenómeno sui generis: en la esquina sureste se ubica el hospital de zona (IMSS No. 21), al norte de éste, una tienda de conveniencia, y en contra-esquina, varios locales de artículos de ortopedia; en las últimas dos esquinas referidas, se ubican sendos puestos “informales” de comida rápida (tacos y hot dogs, este último, asentado en el arroyo de la calle en el espacio residual del ochavo de la manzana, directo sobre una alcantarilla maloliente). Enfrente, el otro puesto incluso tiene dos o tres mesas dispuestas en la banqueta (por cierto, no muy ancha). Y al lado de las mesas, tirados en plena acera pernoctando sobre cartones y tapados con periódico, haciendo su vida en la vía pública una serie de indigentes; otros, posibles usuarios (de muy bajos recursos) del hospital, puesto que tienen piernas y/o brazos enyesados y; posiblemente, familiares “foráneos” de pacientes seguramente también foráneos, internados en el referido nosocomio (estas son suposiciones, aunque creo no muy disparatadas ni alejadas de la realidad).
Tenemos la “formalidad” del servicio hospitalario y del comercio especializado que se genera por este atractor regional (el IMSS), versus la informalidad (e insalubridad) de las llamadas “fritangas”, y del mal uso del espacio público, y no me refiero a las mesas que menguan el libre tránsito —y que manejadas de forma digna e inteligente, incluso pueden hacer atractivo el ambiente—, sino el del hotel al aire libre en que se convierte esta intersección, que está a tiro de piedra del centro metropolitano de Monterrey, y del ahora emblemático Paseo Santa Lucía.
Son dualidades contrastantes muy fuertes y demoledoras, los que suceden entre la salud pública y la morbilidad latente en esta ínfima intersección del damero urbano. Legitimamos estas anomalías al hacernos “de la vista gorda”: como que no pasa nada, y si no pasa nada, no hacemos nada. Las transiciones entre uno y otro mundo ciertamente plantean problemas muy espinosos y difíciles de resolver.
Como coexistir con estas vulnerabilidades, condiciones sociales, económicas y ambientales en las cuales somos formados en diferentes realidades. A poco más de cinco lustros de emitida la Carta de Ottawa, en la que se señalaba que “La salud se crea y se vive en el marco de la vida cotidiana; en los centros de enseñanza, de trabajo y de recreo. La salud es el resultado de los cuidados que uno se dispensa a sí mismo y a los demás, de la capacidad de tomar decisiones y controlar la vida propia y de asegurar que la sociedad en que uno vive ofrezca a todos sus miembros la posibilidad de gozar de un buen estado de salud”, aparentemente no hemos actuado cabalmente.
¿Cómo queremos que sean nuestros espacios cotidianos?
Bibliografía
Carta de Ottawa
Disponible en http://enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/293/Carta%20de%20Ottawa.pdf
