Gabriel Contreras
Esa frase: “tengo una idea”, es algo que me ha martillado la cabeza a lo largo de muchos, muchísimos años.
A tal grado que hoy puedo decir con toda seguridad que la aborrezco y no. Explicaré por qué.
En mi juventud, como muchos aspirantes a vivir de la creatividad, rondé algunos cafés. Mañana, tarde o noche, pedía una taza tras otra, mientras soñaba con escribir.
En efecto, no temo confesar que fui uno de esos jóvenes que tienen el sueño de vivir de sus creaciones y, para conseguirlo, acudía a algún café, en el cual por cierto había muchos otros muchachos contaminados por ese mismo mal. Algunos usaban gorrita, otros el cabello largo, otros anteojos a lo Lennon, otros barba, otros todo eso al mismo tiempo. Para ser escritores, había que “parecer escritores”… ja.
Entre una taza y otra, yo garabateaba y llenaba libretas que al cabo iban a parar al cesto de la basura. No escribía, en realidad no escribía, solo estaba perdiendo mi tiempo, pero eso sí, tenía la seguridad de que algo llegaría a mi cabeza y a mi libreta tarde o temprano. Como por arte de magia o algo así.
De pronto, sin saber ni cómo, alguien me invitó a escribir teatro y me quedé en eso. Pero no es de ese tema que quiero hablar, sino de la frase “tengo una idea”.
En ese café del que les hablo, todos “tenían una idea”, incluido yo.
Y todos se la pasaban dándole vueltas a esa idea, y compartiéndola con los demás asistentes al café.
Alguno quería escribir algo sobre el golpe de Estado en Chile, otro quería novelar la vida de argentinos y uruguayos en el exilio, aquél se empeñaba en retratar la vida íntima de alguno de los Garza Sada.
Pero nadie ponía las cosas sobre el papel, solo se revolcaba en su “idea”, sin salir o escapar de ese círculo vicioso.
Y a pesar de que nadie escribía nada, tener “una idea” era en sí mismo un mérito. De esa manera, la “idea” era al mismo tiempo un simulacro y un sustituto de la realidad. Ahí nadie escribía, pero todos tenían, teníamos, “una idea”.
Hoy, ya no soy uno de esos jóvenes, y ahora miro, con una sonrisa, que son otros los que se la pasan sobando “la idea de tener una idea”, y de esa manera son ¿por qué no decirlo? Felices.
Así, más allá de toda posible crítica o mofa de esa actitud, prefiero ver esa costumbre de “tener una idea” como sinónimo de juventud y de inmadurez. Pero también celebro que esa posibilidad exista, ya que muchas de esas “ideas” acabarán por convertirse en algo, aunque otras serán, vaya, es triste decirlo… por siempre… “solo ideas”.

