Miguel Guadiana

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Por Ismael Vidales Delgado

Las Escuelas Secundarias para Trabajadores, popularmente llamadas «Secundarias Nocturnas»; llenaron una etapa gloriosa en la educación nuevoleonense. Algunos grandes Directores que recuerdo a bote pronto son: Martín Arámbula, José L. Flores, Luis Fortoso Rodríguez, Armando Canales, Francisco Veloquio, Fidel C. Mireles, Roberto Montemayor Cañamar, Carlos Garza Islas, Andrés Quintanilla, María Agustina Treviño, Ninfa Lozano Ponce, María del Socorro Fuentes, Ibaldi García, Margarita Morales Nava, María Rosario Pérez Gil, Yolanda Salas Moore y Jesús Serna Hinojosa.

Uno de los más grandes maestros de las escuelas secundarias nocturnas de Monterrey fue Miguel Guadiana Ibarra, quien alguna vez fue Director del Penal del Topo Chico, en el que implantó los servicios escolares para que los internos siguieran estudiando; la imprenta; el teatro, (esto ocurrió en una forma por demás singular: un joven teatrista tuvo la peregrina idea de asaltar al pagador de una escuela en la Plaza Zaragoza y le quitó la bolsa con el dinero de la quincena de los maestros, así que fue a parar con sus huesos al penal, pero el profesor Guadiana lo puso a dar clases de teatro y sobra decir que el grupo de internos no sólo hacía las delicias de los ahí recluidos sino que salía a competir y a ganar premios en muestras teatrales); la elaboración de bancos y desayunos escolares. Al maestro Guadiana se le respetaba y quería tanto, que se daba el lujo de dejar salir alguna noche a los presos que se portaban bien y regresaban al día siguiente. Un caso fue el del cantante Juan Salazar de “Los Compadres de Apodaca” quien salía a cumplir sus contratos locales, y quiso tanto al “profe” que todos sus cumpleaños llegó temprano a su casa para cantarle las mañanitas aunque ya no era Director del Penal.

Otro caso fue el de un padre de familia de uno de mis alumnos de la primaria Club de Leones 7, era un hombre pobre, repartidor de leche en un carro de caballos, su ruta era la colonia Independencia. Una pandilla se había propuesto fastidiarlo diariamente mientras el entraba a las tiendas para entregar los frascos de leche los pandilleros avanzaban el carrito varias cuadras, una vez fueron más lejos, al bajar una canastilla con los frascos, los pandilleros se fueron sobre él por la espalda, para defenderse el sacó de la bolsa de su camisola una pistolita 22 y disparó sobre el muchacho dándole muerte.

Fue sentenciado a veinte años, yo iba a visitarlo y a ayudarle a vender huaraches que hacía para seguir manteniendo a su esposa y tres hijos, el mayor, cursaba el sexto grado conmigo, al pasar a la secundaria No. 9, estaba jugando fútbol y un día se desplomó muerto. Acudí con el maestro Guadiana para solicitarle permiso para que este hombre fuese al sepelio de su hijo, era tarde, casi oscurecía cuando estábamos en el panteón municipal (aledaño al Departamento de Tránsito, por Lincoln al poniente) y el padre de R… me dice: “profe”, se me hace que le voy a fallar, yo ya no regreso, me brinco esa bardita y no vuelven a ver.

Se me heló la sangre y sólo acaté a decirle ¿y me deja adentro a mí?
Me abrazó y lloró, a eso de las siete casi oscureciendo, lo entregué en las puertas del penal. De ese tamaño era la generosidad del maestro Guadiana.

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