(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)
Por Alfred de Montesquiou – Paris Match
Fascina, al mismo tiempo que infunde temor. Se le acusa de diezmar los rebaños, pero forma parte de nuestro equilibrio ecológico. Así pues, el Estado ha puesto en marcha una campaña política para gestionar su retorno, la cual ha empezado a dar sus frutos: actualmente, hay cerca de 200 lobos en Francia. Nuestro reportero ha recorrido el Parque de Mercantour y entrevistado a los especialistas y a los pastores sobre este temible animal.
Siluetas elegantes, rápidas y silenciosas, ve uno que se deslizan en la sombra, potencialmente mortales. Después, su mirada de ámbar, que parece brillar en la penumbra de la maleza, se fija en los guardias del parque que les traen carne fresca. Los lobos salen a descubierto, casi temerosos, tímidos por lo menos. No les gustan los seres humanos. Desconfían de ellos desde lo más profundo de su instinto, pero es más fuerte el llamado del alimento. Sköl quiere la mejor parte; gruñe, descubre sus enormes caninos de carnicero. Sin embargo, al gran macho dominante -80 centímetros hasta la cruz, 45 kilogramos de músculos y nervios- se le unen enseguida los otros cinco miembros de su jauría. Gruñidos, mordidas, chillidos, con las orejas aplastadas hacia atrás y con miradas feroces, los lobos se arrancan la carne con ferocidad. Son dos kilogramos de carne cruda de pollo y de res por cada bestia. En unos instantes devoran el total de la carretilla que les han traído, y regresan trotando a la maleza, con los últimos restos o con un hueso para roer.
Estos lobos están en semi cautiverio: viven constreñidos a un espacio cerrado, de varias hectáreas, pero no tienen ningún contacto directo con los humanos. “Han conservado casi todo su instinto de bestias salvajes“, afirma Vanessa Aucoin, especialista en lobos en el Centro Alfa, que alberga tres jaurías en vastos territorios, en el Valle del Vesubio, en los bordes del Parque Nacional de Mercantour, Alpes Marítimos. Si las cercas no se lo impidieran, podrían, igual que sus congéneres en libertad, correr hasta a 60 kilómetros por hora y recorrer un centenar de kilómetros en una jornada.
Estos súper predadores tienen una mandíbula tan poderosa, que son capaces de morder con una presión de tonelada y media; esto es, el doble que un pit bull terrier, siete veces más que un ser humano. Tienen sentidos ultra sensibles; pueden orientar cada oreja de manera independiente, para escuchar en todas direcciones, y captan el más ligero olor a cientos de metros. Atras de sus retinas, una sustancia reflejante, el “Tapetum lucidum“ multiplica por diez la luz que perciben, lo que les permite ver a la luz de las estrellas como si fuera pleno día. A veces, de noche, cuando las jaurías del Centro Alfa le aúllan a la luna, desde las montañas vecinas les responde el eco de prolongados aullidos. Son de los lobos salvajes que viven en los alrededores.
Precisamente a un lado, en el Valle de Molieres, se constató oficialmente, en 1992, el regreso de los lobos a Francia. De una primera jauría, llegada tímidamente de la cercana Italia, se ha pasado a unas 40 bestias que viven en el Parque Nacional. De inmediato se distribuyeron, a través de los Alpes, hasta Saboya, y después, paso a paso, han comenzado a recolonizar otras cadenas de montañas. Las jaurías tienen una cría por año, y a la llegada de los nuevos lobatos, si el territorio no es rico en caza como para alimentar a todos, los padres no dudan en expulsar a los del año anterior. Entonces, los jóvenes parten para instalarse en otras partes, muchas veces muy lejanas.
“ La población crece de manera natural aproximadamente el siete por ciento anual, y el territorio que cubre aumenta más o menos al mismo ritmo“ , explica Virginie Michel, que trabaja en el “Plan Lobo“, desarrollado por los ministerios de Ecología y de Agricultura. Así pues, el lobo está de regreso en nuestro campo. Establecido oficialmente en los Pirineos desde el año 2008, tiene igualmente una presencia permanente en Lozère desde 2006, en el Cantal l’Ain. El número de lobos que actualmente viven en Francia es de aproximadamente 180. Todos estos predadores provienen del tronco italiano, ligeramente más pequeños que la especie principal, el lobo gris o «Canis lupus lupus», actualmente extendido en España y en Europa Oriental.
En Francia, con la democratización de la caza y de los fusiles después de la Revolución Francesa, los lobos eran una rareza en el siglo XIX. El último había sido erradicado en 1937, en el Limousin, víctima de una política previa, lanzada por Carlomagno, con sus tenientes de lobetería, de acuerdo con la cual se pagaba una jugosa cantidad por cada bestia muerta.
Pero, en la actualidad, muchos esperan que, en los próximos años, los lobos vuelvan a poblar el territorio, a partir de las regiones en que abunda la caza, como los bosques de Landes o la Sologne.
En el Parque de Mercantour, la gente se alegra del regreso de la especie, como prueba del desarrollo de la fauna francesa. “Para una institución que desarrolla la biodiversidad, es una muy buena noticia“, explica Alain Brandeis, director de este parque de 70 mil hectáreas, ubicado entre la Costa Azul y la alta montaña.
“El retorno de un súper predador muestra un ecosistema en buena salud“, añade Florent Favier, el portavoz del parque. Esto hace decir a los biólogos que la cadena alimentaria está completa. Con más de seis mil especies animales y vegetales registradas, el Mercantour es considerado una maravilla de diversidad en Europa. Y si cada año atrae más de 600 mil visitantes, los lobos tienen mucho que ver en eso. “Para nosotros es, ciertamente, un activo de notoriedad“, admite Alain Brandies.
Al lobo, Vanessa lo conoce bien. “Es una pasión que se ha convertido más en un modo de vida que en un oficio“, confiesa esta bióloga marina, que se ha reconvertido desde hace más o menos una década. Vanessa considera que el predador atrae al hombre desde la prehistoria. “Probablemente, éste empezó por comer los restos de sus presas; después, imitó su manera de cazar; enseguida, se hizo su aliado, adoptando a esos lobatos que fueron a vivir con los hombres en las cavernas…“ y que progresivamente se convirtieron en nuestros perros.
“Pero el lobo sigue indomable –prosigue Vanessa, con la voz vibrante de emoción- ; fascina por lo que se desprende de él, por su prestancia extraordinaria y por todo lo que representa de salvaje. Yo creo que representa la parte de libertad que el hombre ha perdido“.
En la jauría hay rangos
En semi-libertad –por lo tanto se les puede uno acercar- los lobos del centro constituyen la oportunidad de estudiar los componentes de un animal que uno conoce todavía muy mal, empezando por los rangos de la jauría, que consta de entre dos y ocho individuos. La dirige una pareja dominante: la hembra alfa, la única que se reproduce una vez cada año, y el macho alfa (por lo general el lobo más inteligente del grupo). La pareja tiene su “guardaespaldas“: es beta, el macho más fuerte y de más coraje. En la parte más baja de la escala social está omega, que sirve para soportar el dolor. En el apartado principal se encuentra la Marquesa, una vieja loba flaca, que cojea a causa de una terrible mordida que sufrió en una pata. “Esto parece cruel, pero no puede uno intervenir“, explica Vanessa. Ya que el animal omega juega un papel indispensable en el grupo, es el que alivia las tensiones y permite que se respete la jerarquía.
“ Esta crueldad de los animales entre sí muchas veces te parte el corazón, dice; como el año pasado, cuando una de las integrantes de la jauría se encarnizó con Hécate, a la que terminaron por matar. Se le hizo la autopsia, y nos dimos cuenta de que estaba llena de tumores. Los otros lobos habían sentido el cáncer, y la ejecutaron por ese motivo“, afirma Vanessa. Y es que, para los lobos, la superviviencia de la manada es primordial: es necesario que la loba alfa pueda reproducirse“. Por lo tanto, la crueldad de los lobos tiene su razón de ser. Es la verdadera diferencia entre ellos y nosotros. Su violencia, añade, jamás es gratuita“ .
Si en más de un siglo los lobos jamás han atacado a los seres humanos en Europa, durante el verano del año pasado mataron cuatro mil carneros, 150 cabras, 29 vacas, seis perros y dos caballos, sin contar la enorme cantidad de animales salvajes ; porque ovejas, venados y otros cérvidos representan por lo general las nueve décimas partes de sus menús; excepción hecha de las “jaurías malas“, aquéllas que, por lo general, comen 50 por ciento de carneros, sobre todo en el verano, cuando hay abundancia de ovejas en los pastos alpinos.
En la actualidad, el Estado otorga subsidios para la producción de grandes perros guardianes de los Pirineos, los patous, que son educados entre las ovejas, a fin de que las defiendan con tal ferocidad, que incluso algunos excursionistas han sido modrdidos por los perros. Pero una escena filmada por agentes del Parque de Mercantour muestra las limitaciones de esta práctica. Gracias a una filmación con rayos infrarrojos, se aprecia el momento en que tres lobos atacan un rebaño. El patou de guardia persigue a dos de los predadores, que se vuelven para atacarlo. El perro parece estar en desventaja, hasta que un compañero se le une. Pero, mientras los dos patous se baten, el tercer lobo se lanza sobre la zaga del rebaño. Durante largos minutos, las azoradas ovejas caen víctimas de sus colmillos. En la madrugada, una postrera triste imagen muestra al patou tendido cuan largo es al lado de una oveja destripada, a la que defendió hasta la muerte. Otro video muestra un lobo sediento de sangre que se lanza sobre los lomos de las ovejas, apretujadas las unas contra las otras, y de un solo mordizco de sus colmillos, lanzados al azar, les parte el espinazo y las mata.
Los pastores se muestran particularmente furiosos cuando los lobos matan tal cantidad de animales que ni siquiera se comen. Sin embargo, los guardias de Mercantour explican esta “matanza de más“: “Hay que comprender que, para el lobo, la oveja es una aberración de animal que ni sabe defenderse ni es capaz de huir –explica Gerard Caratti, el agente de Mercantour, encargado del Programa Lobo. Por principio de cuentas, eso los vuelve locos“. Sin embargo, precisa, es cuestión del hombre reaprender còmo vivir con los predadores. “Pasando más tiempo con los rebaños, protegiéndolos mejor con perros y con cercados, se disminuyen los estragos de manera sustancial“. Aun así, aunque los ataques son casi cotidianos en los pastos alpinos, el número de ovejas muertas ha bajado, en promedio, de seis a dos. Se ha terminado por aceptar que el problema no es propiamente el lobo“, explica Jean-Pierre Issautier, cuyo rebaño de dos mil 200 ovejas ha sido atacado decenas de veces. Admite que la compensación de 150 euros por cada bestia muerta (mucho más que el valor de una oveja) permite a los pastores compensar sus pérdidas.
“En el fondo es un bello animal ; tiene derecho a vivir como los otros“, agrega, y afirma que ningún pastor busca ya, como en los primeros años a partir de su regreso, envenenar o matar a los lobos. “Pero nuestras vidas se han vuelto más duras. Es necesario vigilar los rebaños 24 horas diarias. De hecho, el verdadero problema es el Estado; es como si nos despreciara. Se protege al lobo, pero son los pastores los que parece dispuesto a hacer desaparecer“, lamenta el criador, con su acento que mezcla los tonos canoros del provenzal y las tonalidades más roncas del montañez. “Sin embargo, dice, los rebaños de los pastos alpinos son un elemento esencial del paisaje francés. ¿Quién mantendrá el paisaje si nosotros desaparecemos?“ En estos tiempos, todo mundo se esfuerza por domesticar las cabras y las coles, y en ocasiones al lobo y al pastor. Virginie Michel, del “Plan Lobo“, explica que el Estado gasta cada año más de seis millones de euros para inemnizar a los criadores, pagarles los perros y otorgar salarios a guardias complementarios.
Se conserva todaqvía el miedo ancestral al lobo, herencia de nuestros cuentos infantiles y de nuestro imaginario coolectivo. “En las aldeas, algunos tienen nervios; tienen el sentimiento de un retroceso“, expresa, por ejemplo, Louis Roberi, quien atiende La Bonne Auberge de Saint-Martin-Vésubie, como su padre y su abuelo antes que él. “En torno al lobo hay pros y contras en el valle; sobre todo contras“, dice el hospedero, aun cuando reconoce los verdaderos beneficios del lobo en cuanto a la atracción de turistas. “Yo, la primera vez que escuché los aullidos en el bosque, estruve a punto de pensar en la llegada de Drácula“. Para apaciguar los ánimos, los prefectos autorizan el sacrificio de algunos lobos, pese a su status de protegidos. Pero, en nuestra campiña, las bestias tienen una memoria genética exacerbada: sólo los más inteligentes y los más desconfiados han podido sobrevivr a nuestro lado al paso de los siglos. En la docena de batidas autorizadas en los últimos años, los cazadores no han sido capaces de abatir más que a un lobo.
