Por Ismael Vidales Delgado/ ividales@att.net.mx
Muy buenos días. Agradezco de todo corazón al Ingeniero Don Juan Antonio González Aréchiga que me haya invitado a esta sesión, para recordar a nuestra querida Etelvina Torres Areco. Desde luego que no voy a detallar su biografía, porque ustedes la conocen bien, voy a dar algunas pinceladas -seguramente insuficientes- para delinear algunos pasajes de mi vida, tocada por la bondad, el cariño, la protección y guía de quien fuera mi “cuasi mamá”.
Tuve la inmensa fortuna de verla unos días antes de que su salud se agravara y se nos fuera físicamente, fue el 10 de mayo, le llevé un gran ramo de flores, personalmente lo recibió y entusiasmada en verdad llamó a unas monjitas y visiblemente feliz y sonriente, les dijo ¡miren lo que me trajo mi hijo!
¿Se imaginan quién estaba más feliz? Efectivamente, yo era el que en mi intimidad viví esa tarde la más grande experiencia de amor.
Ella misma dice en su autobiografía “La gratitud es la memoria del corazón” por eso, No tengo ninguna duda de que Dios existe.
¿De qué otra manera pudiera explicarme tantas cosas bellas que han pasado en mi vida? Nacido en la pobreza extrema en Pinos, Zacatecas, criado en el real minero de la Compañía de Fierro y Acero de Monterrey en los cerros de Lampazos de Naranjo, avecindado en Villaldama, llegué a Monterrey para estudiar magisterio.
Aquí, mis primeros pantalones “de vestir” -se decía entonces- me los regaló Jesús Iruegas y mi primer trabajo como maestro, allá por 1959, me lo consiguió Arturo Ábrego, esto fue en la Escuela Primaria Club de Leones No. 7, en la Colonia Estrella, por esos años infestada de prostíbulos, la tarea era enorme, pero yo tenía 18 años, recién acababa de perder a mi madre que frisaba los 36, así pues, no me quedaba más que “echar pa´ delante, que empujan atrás”.
Llega la década de los 60s, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey cuyo Rector era el Ing. Fernando García Roel y la Dirección de Educación a cargo del profesor Timoteo L. Hernández, convienen, con el auspicio de la Fundación Ford, poner en práctica un programa para apoyar la educación primaria mediante clases por televisión. En esos años, la televisión era algo totalmente nuevo y las expectativas eran enormes.
La maestra Etelvina, por encargo del TEC y acompañada por Pepita Fraustro, se avoca a la tarea de visitar más de 60 maestros para verlos dar una clase ante el grupo y seleccionar a los mejores para que fueran puestos a prueba frente a las cámaras del recién inaugurado estudio de televisión del Instituto, allí llegó Antonio S. Ríos, Raúl Cantú Cañamar, mi hermano Flavio y Yo.
Fui el seleccionado, viajé con la maestra Etelvina a la Universidad de Austin, Tex., me enfermé allá, en un hotel tan elegante como el Comodoro Pery, era normal que a alguien que dormía en el suelo le saliera roña, no se crean, la verdad es que me resfrié. La maestra, personalmente me inyectaba.
Regresamos y el proyecto inició en circuito cerrado hacia el Centro Escolar “Dr. Jaime Torres Bodet”, un año después estaba en televisión abierta en Nuevo León, Chihuahua y Veracruz. Fueron tres años en que la maestra, me casó, me introdujo en su círculo de amigos: Fernando Esquivel Junco, Felícitos Leal, Tere Aveleira, Amparito Martínez, Chelo Botello, Jesús Ángel Martínez, Carlos H. García, la Señorita Oli, el Dr. Brunner, Jaime Estevané, y tantos y tantos más… me estiró las orejas diariamente por mi mala ortografía y errores sintácticos al redactar los guiones para mis clases de televisión, aunque el proyecto terminó, nuestra relación y afecto fue creciendo y creciendo, nunca terminó, ella revisó personalmente mi primer libro publicado profesionalmente por la Editorial Trillas sobre la Orientación Educativa, de hecho, es un libro que no lo escribí yo, como dijera el poeta español León Felipe, cuando alguien le dijo que escribía muy bonito: “no soy yo el que escribe, son ustedes los que hicieron los surcos en mi alma, por los que yo solamente deslizo el lápiz”. Es que un día la maestra Etelvina y el Ingeniero Juan Antonio González Aréchiga, a quien como saben se le conocía cariñosamente en el TEC como “el médico” ya sabrán por qué, porque si era capaz de construir y arreglar calderas, qué no haría en favor de los muchachos “desarregladillos”, se les ocurre formar una escuela secundaria para trabajadores del TEC, la operan varios años hasta que se acaban los muchachos, tampoco era cosa de que los trabajadores pudieran proveer de vástagos la secundaria por siempre, en ese tema, uno algún día se vuelve improductivo. El asunto es que, de alguna manera, el TEC entra al rescate de la Fundación “Melitón Villarreal” y en sus vetustas instalaciones de Padre Mier y Martín de Zavala siguen con su sueño: ayudar a los muchachos. Y sigue la secundaria “Melitón Villarreal” en la que tienen cabida todos los que no quieran en otras escuelas, por ese tiempo, la maestra Etelvina me invita al proyecto, y empezamos a recibir ciegos, sordomudos, muchachos excelentes, muchachos descarriados, como dijera el Padre Mier, gente de toda broza y laya, hasta América Rivera -destacada dama del arte de la danza- cursó con nosotros su educación secundaria, los maestros eran los alumnos del TEC, pero el alma de la escuela era Etelvina que diariamente, sin faltar un solo día, estuvo en tiempo adicional al de sus clases en el TEC, pendiente de la escuela y los muchachos, y el ingeniero González Aréchiga, sufriendo cada quincena para cubrir la nómina que ya generaba esta escuelita. Allí, puse en práctica algunos consejos, estrategias, y locuras que se convirtieron en lo que dije, mi primer libro profesional, Orientación Educativa, escrito ciertamente por mí, pero dictado por los muchachos.
Años después, la maestra Etelvina y yo volvemos a trabajar juntos en otro proyecto del TEC, ahora en el de la Preparatoria Abierta, también recibo como siempre, su orientación y guía.
De hecho, nunca nos separamos, aunque no hubiese proyecto o trabajo de por medio, siempre la visité, siempre recibí de ella su cariño y déjenme decirles que en verdad, se asumía como mi madre, no una sino varias, fueron las veces que tomó el teléfono y me llamó la atención sobre algún comportamiento mío que lo requería, pero de igual forma, fueron muchas las veces que me felicitó o me alentó, porque yo como muchos, nomás nos dolía una uña y corríamos a lloriquear con Etelvina.
En octubre de 2006 tuve la dicha de conjuntar a 30 mujeres de gran prestigio nacional y algunas hasta internacional, y convencerlas de que escribieran su autobiografía, obviamente que una de esas treinta damas con enorme presencia en la educación es la maestra Etelvina Torres, quien de su puño y letra escribe:
“Una de las decisiones más trascendentes en esta etapa de mi vida la tomé en abril de 2004, cuando decidí vivir en la Residencia Hogar Buen Suceso” atendido por religiosas españolas y mexicanas, conocidas como “Las Angélicas”. Esta fundación satisface actualmente una necesidad social; es para personas mayores que por avatares de la vida se quedan solas, viudas o solteras y que deciden vivir en un lugar digno, donde se les ofrece acogida, seguridad, atención, comprensión, consuelo, bienestar, libertad, compañía, crecimiento espiritual, etcétera.
En la residencia he tenido la oportunidad de impartir talleres de Oración y Vida, cursos sobre cómo vivir una tercera edad feliz y próximamente, Madurez Humana. Estas actividades se ofrecen a las residentes y está abierto a personas que no lo son.
A los ochenta y cinco años de edad procuro vivir intensamente el hoy, el presente en positivo, que nada me haga perder la alegría de vivir, ni la paz interior; mantenerme en proceso de madurez permanente y servir por amor, que es lo que le da sentido a mi vida. Deseo vivamente que el último instante de mi existencia, me sorprenda pensando en los demás”.
Nada más que agregar, esta era Etelvina Torres Areco que en Gloria esté.
