El libro no se acabará mañana

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(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Nicholas Clee

Desde tiempos tan remotos como los pueden recordar los observadores del fenómeno literario, nunca han faltado las Casandras que predicen el fin del libro: la radio iba a suplantar la lectura; después fue el cine; más tarde, la televisión, y enseguida, los video juegos. Ahora -se nos dice-, es el libro objeto el que está llamado a naufragar en la obsolescencia. Pero el libro se defiende como un verdadero demonio.

Las ventas siguen a la alza. Algunas obras (la serie de Harry Potter, las autobiografías de celebridades) baten récords. Y la ficción literaria, ese género que ha sido calificado de pasado de moda y de elitista, sigue encontrando elevado número de lectores. Esta resilicencia del libro no es nada sorprendente, dadas las ventajas que presenta como medio de entretenimiento: lo puede uno llevar consigo, leerlo en la cama, hojearlo en todos los sentidos, sin tener que preocuparse por una batería que se descarga o por una falla electrónica.

En contraparte, uno se ocupa menos del libro como fuente de información. En este aspecto, las nuevas tecnologías tienen considerable incidencia sobre los tradicionales modelos editoriales. A partir de 2003, las ventas de diccionarios y de guías prácticas han experimentado una caída del 40 por ciento, y la demanda se debilita igualmente en los casos de los mapas, atlas y enciclopedias. En el sector todavía menos glamoroso de la edición científica y técnica, la revolución tecnológica está en marcha desde hace tiempo. En 2006, las ventas electrónicas del grupo editorial profesional Reed Elsevier alcanzaron los tres mil 700 millones de dólares. “En el año 2000 –explica su presidente y director general Crispin Davis, al diario The Times-, Reed Elsevier era, ante todo, un editor en papel que proveía de contenido a libros y revistas. En 2004 ya habíamos pasado de manera muy importante a la difusión en línea de esos mismos contenidos”.

Es fácilmente comprensible por qué las obras profesionales y de referencia se prestan muy bien a la difusión en línea, y no la más reciente novela de Ian McEwan (por lo menos en el actual estado de cosas). En octubre de 2006, Sony lanzó, entre fanfarrias, su Reader, el lector de libros electrónicos más avanzado hasta el momento. Se basa en la tecnología de tinta y papel electrónicos, los cuales brindan más comodidad de lectura que las pantallas normales retroiluminadas; puede almacenar cientos de obras y tiene prolongada autonomía. En noviembre de 2007, la librería en línea, Amazon, lanzó a su vez, en Estados Unidos, su propio aparato de lectura, el Kindle.

Hasta el momento, sus ventas han sido modestas; pero, con el tiempo, esos aparatos de lectura se van a perfeccionar y van a ser cada vez más apreciados; así, es más que probable que para los lectores del futuro, la lectura en una pantalla sea lo más natural del mundo. En Japón, hay autores especializados en la lectura de ficción en teléfonos celulares. Una novela escrita bajo el nombre literario de Chaco ha sido telecargada más de un millón de veces. Sin embargo, estas experiencias deberán todavía, por algún tiempo, ser consideradas como un fenómeno editorial marginal.

Si las nuevas tecnologías no trastornan todavía nuestros hábitos de lectura, sí transforman ya el sector al que proveen. La manifestación más visible de ello es el crecimiento del comercio electrónico de libros. Amazon representa actualmente alrededor del diez por ciento de ventas de libros en la Gran Bretaña. Ese sitio propone un número de libros como nadie ha propuesto jamás. Ha hecho, asimismo, con su gran distribución (cuyas ventas de libros han aumentado hasta 70 por ciento entre 2003 y 2007) que las cadenas de librerías y las librerías independientes experimenten pérdidas en sus ventas. Y, siempre con los supermercados, ha contribuido al auge de una cultura de precios bajos que ensancha la brecha entre los récords de ejemplares vendidos por los best-sellers y los de títulos de “media lista”, que tardan más tiempo para encontrar lectores.

Las cifras colosales de negocios que generan estos libros a bajo precio ha acentuado la demanda para comprar sus derechos y comercializarlos. Esto se ha traducido en una concentración del sector, que ha vuelto la competencia más ruda todavía. Actualmente, sólo las más grandes editoriales pueden desembolsar los anticipos necesarios por estos títulos y pagar los presupuestos de mercado implícitos; y sólo los distribuidores más importantes pueden permitirse aplicar las rebajas que espera el consumidor. Estos distribuidores son Amazon y los supermercados. Así, la cadena americana de librerías Borders anunció, a principios de 2007, que ponía a la venta sus grandes almacenes en el Reino Unido, e incluso Waterstone’s, la más grande librería británica especializada, ha empezado a fruncir el ceño.

Pero, en el sector editorial, cada tendencia (o casi) va acompañada de otra que la contrabalancea. En tanto que el sector prosigue su concentración, prevalece el optimismo entre los editores independientes y dinámicos, como Atlantic Books y Profile Books, convencidos de poder ofrecer títulos a los cuales no hacen caso los gigantes editoriales, obnubilados como están por el mercado masivo. Y aun cuando numerosas librerías independientes han cerrado sus puertas, muchas otras se niegan a hacerlo.

EDICIONES ACCESIBLES

El progreso tecnológico da lugar a un fenómeno similar. Si los costos de edición de autores como Dawn French (actriz cómica muy famosa en Gran Bretaña) se van a las nubes (la editora Random House habría pagado dos millones de libras esterlinas -2.64 millones de euros- por publicar sus mejorías, que aparecerán este año), por el contrario, difundir un libro no cuesta casi nada. Hubo un tiempo en que aquéllos que aspiraban a ser escritores, y que no encontraban editor, se veían obligados a desembolsar hasta seis mil libras (un poco menos de ocho mil euros) a cuenta de autor. Hoy en día, pueden colocar su texto en Lulu.com, sitio especializado en la autoedición en línea, y eso no cuesta un centavo. Y, gracias a la técnica digital, los costos de impresión y de encuadernación también se han abatido.

Por otra parte, sitios como Myspace o YouTube ofrecen un medio para hacer la promoción a menor costo, de lo cual se han dado cuenta los grandes editores. La biógrafa Kate Williams recientemente evocaba así sus proezas en MySpace, donde intercambia impresiones con sus lectores potenciales, a la vez bajo su propia identidad y bajo la de  lady Emma Hamilton (la amante del almirante Nelson), a quien dedicó su libro England’s Mistress. En la misma línea, un clip que hace la promoción de Quirkology, el libro del psicólogo británico Richard Wiseman, se ubicó, el año 2007, entre los videos más vistos en YouTube.

Y, además, en el blog se puede encontrar la forma de autoedición más en boga. Si bien algunos le reprochan de convertirse con frecuencia en un medio más para impedir que los autores ganen dinero, sucede también que a veces desemboca en la firma de un contrato editorial. La editorial The Friday Project se ha especializado así en los libros sacados de textos publicados en línea, y ciertas blogueras muy leídas, como Petite Anglaise, Wife in the North y Belle de Jour, han recibido anticipos importantes de parte de editores tradicionales.

Pero hay algo más significativo que estas firmas de contratos: es el efecto que los blogs y otras formas de comentarios en Internet tienen sobre la cultura literaria. El discurso cultural ya no es obra exclusivamente de un pequeño grupo de críticos profesionales y de autores que escriben en los diarios y en las revistas; otros actores ejercen, de aquí en adelante, su influencia. Así, diarios y revistas se han hecho eco de la reciente biografía de Edith Wharton, escrita por Hermione Lee. Y con justa razón, puesto que se trata de una obra importante. Pero, muy probablemente, no se han vendido más allá de unos cuantos miles de ejemplares. Dado que el mercado dicta su ley en el ámbito editorial, como en todas partes, ¿durante cuánto tiempo más el contenido de las páginas literarias seguirá siendo tan poco en relación con lo que se vende?; eso sin considerar el hecho de que los lectores que desean leer críticas eclécticas y escritas de manera más accesible, son los mismos a quienes los periódicos cortejan a golpes de clubes de lectores e invitan a hacer comentarios en línea. La transición a una crítica literaria menos elitista parece ineluctable.

REVOLUCIÓN DIGITAL

La digitalización de la escritura es la más grande revolución en marcha en el ámbito editorial, pero no tanto porque permite la lectura en pantalla. Actualmente, cada año aparecen alrededor de 150 mil nuevos títulos tan sólo en la Gran Bretaña, y esta cifra va en aumento. Muchas de estas obras no están destinadas sino a un público predeterminado; sin embargo, todas son impresas en papel, encuadernadas, enviadas a las bodegas, después a las librerías –antes de regresar nuevamente para ir, con mucha frecuencia, al molino. Se trata de una actividad que implica mucho desperdicio; pero, hasta ahora, había sido el único medio de asegurar la variedad que genera la prosperidad editorial.

HAY QUE EVITAR A COMO DÉ LUGAR, LA SUERTE DE LAS CASAS DISQUERAS

Todo esto está destinado a cambiar. Como lo hemos dicho, crece la brecha entre los libros de éxito y los otros. Las grandes editoriales y librerías desearían publicar y vender siempre las obras de autores como Dawn French o el célebre biólogo darwiniano Richard Dawkins, porque la demanda es más grande que nunca. Querrían, asimismo, seguir publicando y vendiendo obras dirigidas a un público más restringido, por una larga serie de razones (tener un gran vivero de talentos, atraer una clientela variada…). Pero van a buscar una nueva forma de difundir esos títulos.

Las tecnologías de impresión en boga están a punto de alcanzar un nivel tal de calidad, que permitirá a los lectores exigir que los libros sean impresos especialmente para ellos, y obtenerlos en unos cuantos minutos, el tiempo de una breve espera en una librería. Sería ésta una evolución que muy bien podría significar el doblar de las campanas para las grandes librerías, con importantes existencias, que de por sí andan ya arrastrando la cobija. El lector ya no tendrá la  posibilidad de buscar en los estantes ni de hojear los libros antes de comprarlos, pero tendrá acceso a una selección de títulos más grande que nunca antes.

Con el arribo de las tecnologías de impresión en boga y, en menor medida, del libro electrónico, el control de los contenidos digitales se vislumbra como la gran batalla editorial de los próximos años. Los editores han visto lo que les pasó a las casas disqueras a raíz de que se extendió la difusión electrónica de la música, y están decididos a no correr la misma suerte. Muchos ya toman medidas, como es el caso de Bloomsbury, que ha lanzado la construcción de un “depósito” digital, de la misma forma en que ya lo han hecho Harper Collins y Random House. Sin embargo, se enfrentan a un enemigo potencial: Google, ya comprometido en el proyecto titánico, por decir lo menos, de poner en línea toda la información del planeta. Los primeros resultados se pueden apreciar ya en “Búsqueda de libros de Google”. El objetivo mediato de Google es construir una biblioteca digital que contenga todos los libros publicados; por ahora, habrá digitalizado ya más de un millón de títulos.

Algunos autores desconfían de las ambiciones de Google. Nigel Newton, presidente y director general de Bloomsbury ve en ello una “política de anexión absolutamente indecente”, y teme que Google se erija en difusor-competidor de textos digitales, sobre los cuales se abrogaría su propio derecho de autor. Por ahora, el motor de búsqueda se ha conformado con ofrecer breves extractos de las obras todavía protegidas por los derechos de autor. Pero, si los ficheros digitales le pertenecen ¿por qué se consideraría, en el futuro, autorizado a difundir extractos más extensos; en otras palabras, la obra integral? Google habría afirmado que será titular de los derechos de autor de los ficheros digitales que produzca (información que jamás ha confirmado ni negado).

Los años venideros no serán fáciles para la industria del libro. Muchos editores no han encontrado todavía la fórmula que les permitirá ganar dinero con el suministro de contenidos en línea, y no saben cómo se adaptarán a la distribución electrónica de sus títulos más exitosos. Por su parte, las librerías constatan ya que los cambios inducidos por las nuevas tecnologías condenan a las grandes librerías, donde los libros que circulan lentamente son también los que ocupan más espacio. En cuanto al libro en sí mismo, las nuevas tecnologías no lo han puesto en peligro, sino que lo han reforzado.

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