Tras dos décadas de observar y enviar a la tierra imágenes de galaxias, supernovas, lejanos sistemas planetarios, cúmulos galácticos y estelares, explosiones, etc., recientemente el telescopio Hubble utilizó su cámara número 3, de espacio profundo, para llevar a cabo su observación científica número un millón, apuntando sus instrumentos hacia Kepler 2 b, planeta gigante a cerca de mil años luz de la tierra para, entre otras cosas, analizar la composición química de su atmósfera y con ello buscar signos de agua.
Como se recordará, el telescopio Hubble, denominado así en honor del astrónomo Edwin Hubble, inició su viaje en órbita en abril de 1990, como un proyecto conjunto de la NASA y la Agencia Espacial Europea y circula alrededor de la tierra a 593 kilómetros sobre el nivel del mar, obteniendo imágenes con una resolución óptica mayor de 0.1 segundos de arco y con su colocación se pueden eliminar se pueden eliminar los efectos de la turbulencia, pues como está colocado más allá de la atmósfera, absorbe fuertemente la radiación electromagnética, con lo que se obtienen imágenes de mayor calidad.
En esta ocasión el trabajo de Hubble no es obtener imágenes, sino una medida espectroscópica, que al descomponer los rayos de luz en los colores que la componen, se puede averiguar la composición química de los lugares de donde procede esa luz, que en este caso es el planeta HAT- P- 7b (también conocido como Kepler 2b), gigante gaseoso en órbita de una estrella más caliente que el sol y a cerca de mil años luz de distancia.
Aunque descubierto en 2008 por telescopios situados en nuestro planeta y estudiado también por otros observatorios, la misión de Hubble se ha venido cumpliendo satisfactoriamente, pues a la fecha ha recopilado cerca de 50 terabytes de información y datos que permiten analizar la composición química de su atmósfera.
