Doctora Patricia Liliana Cerda Pérez
Es un camino camino repleto de luces y sombras. Las tecnologías Web, suscritas en las autopistas de la información global, son utilizadas por millones de personas que, en medio de un entramado de cables, satélites, redes, computadoras, televisores, decodificadores e impulsos eléctricos, se integran a la infraestructura del ciber-espacio.
Desde ahí se mueven millones de dólares o euros en las bolsas de valores; expedientes clínicos de pacientes; los últimos avances de la llamada educación a distancia y hasta cartas de amor. Con las tecnologías World Wide Web, los ciudadanos digitalmente ilustrados realizan compras; leen el periódico; escriben y reciben textos oficiales, y hasta se enamoran y casan; se educan e instruyen con lecciones enviadas a través del ordenador por sus maestros o con discusiones de grupo organizadas por catedráticos virtuales.
ECONOMÍA DIGITAL
Vivimos en medio de lo que ya se conoce como “econo-mía digital”, en la cual -aseguran los miembros del famoso Club de Roma, al que están adheridos políticos, científicos e intelectuales del orbe-, sólo sobrevivirán aquéllos que estén preparados para manejar y asumir la velocidad y los cambios que tales tecnologías comportan cada año.
El mundo de la educación se ha revolucionado con estas tecnologías; la medicina, la ciencia, las relaciones interpersonales y las comunitarias han sido impactadas desde la época de los 90 con esta sociedad de “la información”, llena de ambivalencias. En ella, la riqueza global del conocimiento se duplica cada cinco años y se torna un factor fundamental para la producción. Empero, las autopistas de la información bien pueden ser calificadas como de “peaje”, porque el acceso a estos bienes no es para nada gratuito.
Existe educación virtual, ocio, entretenimiento y hasta sexo virtual en estas “infopistas”; a través de estas mismas redes, los estados difunden leyes y programas; utilizan sofisticado software para la localización de redes criminales que hoy operan también digitalmente, utilizando el fraude cibernético o la pornografía infantil.
‘INFO-RICOS’ – ‘INFO-POBRES’
Ante esta realidad, la comunidad internacional se cuestiona filosófica y no virtualmente -con una reflexión tardía-, cómo hacer para afrontar los excesos informativos de la red y la desigualdad potencial que se vive ya entre aquéllos que son “info-ricos” e “info-pobres”.
Los efectos positivos de estas nuevas tecnologías en la salud, la educación, los negocios, sólo pueden ahondarse si esta sociedad, la informatizada, se sustenta en una auténtica democracia, donde todos estemos conscientes de las consecuencias y la responsabilidad de esta era, porque hablar de economía, educación o información digital no es poca cosa. Todo ello impacta nuestras ideas, valores, hábitos y costumbres colectivas y nuestras formas y modos de interrelacionarnos. Frente a este panorama, es necesario entender que la mundialización del mercado reclama también nuevas leyes.
Urgen acuerdos internacionales en cuestiones básicas como la regularización del comercio electrónico, el control y responsabilidad sobre contenidos, derechos de autor y el freno a los monopolios que ya de hecho se tienen.
La concentración de este poder a escala multinacional, en unas pocas manos que tienen dinero, tecnología, y con ello definen los contenidos en los medios de comunicación masiva en informaciones y entretenimiento en el mundo occidental, trajo un nuevo orden internacional, y es fecha en que aún no dilucidamos cuáles serán sus consecuencias.
Es claro que no será el mercado, sino el Estado el que aceptará la carga de impulsar el desarrollo de redes, incluso con inversiones públicas, para garantizar la igualdad de acceso de todos los ciudadanos, y con ello evitar nuevas discriminaciones entre éstos; es decir, entre “info-ricos e info-pobres” que existen en cada nación y que se evidencia aún más cuando se comparan las brechas educativas, de salud, información e ingreso entre los países desarrollados y aquéllos que están en vías de serlo.
DESAFÍO DE HOY
La democratización de la red es el desafío mundial. El impulso a la calidad de información que circula por millones para activar la tolerancia y el diálogo que, en palabras de Jacques Le Goff, director de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París, equivaldría a “no reducir a unidad la diversidad, sino a lograr una diversidad convergente”. Ésa es, en pocas palabras, una responsabilidad de todos.
