La ciudad de las montañas

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Indira Kempis

He recorrido algunos kilómetros esta madrugada para subir a Chipinque.  A pesar del calor, se respira el fresco de los árboles. Allá abajo sólo hay luces. Cientos, miles, quizá. Los edificios son más cercanos a mi vista que la primera vez que visité el lugar. La tranquilidad se esfuma entre las casas que se asoman entre las laderas de mi lado izquierdo.

Esa cuestión no sería para nada descabellada si no implicara un sinfín de preguntas respecto al espacio y el respeto al medio ambiente. Por un lado, la imagen (y percepciones derivadas) de una ciudad dividida en dos: los que viven hacinados en los cerros porque no tienen oportunidades para más que eso y los que viven en las montañas más representativas de la región porque es un lugar que regresa la calma después del caos citadino. Así, tenemos colonias asentadas sobre lo que estos lugares de contemplación y riesgo naturales.

No es que esto debería estar condenado, si es que hubiera una planificación urbana técnica y socialmente razonable que pudiera equilibrar las condiciones económicas de los habitantes, sus necesidades, las dimensiones de las estructuras, las zonas de alto riesgo, las reservas que son intocables (leyó bien, intocables), la proporción de los terrenos, la edificación sustentable, el desarrollo de espacios públicos y, sobre todo, la relación que esto supone con los vecinos circundantes.

Lamentablemente, no podemos hablar de esto cuando salta a la vista la falta de visión integral en tanto en unos cerros como en los otros. En muchas otras partes del país esto ha sido motivo de conflictos en todos los niveles de gobierno y desde la sociedad civil por la falta de planeación en entornos naturales. Así como ha representado hogares que se vuelven vulnerables ante la falta de servicios, la ilegalidad –por tanto, los desalojos- y el constante riesgo ante los fenómenos naturales.

No se trata tampoco de dejar de utilizar los espacios que los diagnósticos técnicos adecuados permitan, pero es crítico, hasta grave, pensar que estamos cediendo cada vez más éstos a problemas que además de ecológicos afectan a la sociedad y nos ponen en jaque ya que están. Tenemos que prevenir porque la vida de la ciudad tendría que convivir con la vida (social y biológica) de los cerros, pero no destruirla ni desplazarla, que nos quitaría nuestro derecho de disfrutar el placer de escuchar a los pájaros y mirar ese cielo esta madrugada.

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