Ismael Vidales
A principios del siglo XIX lo que hoy es Texas pertenecía al Estado de Coahuila y era habitado por muchos mexicanos y estadounidenses. Los colonos norteamericanos encontraron la ocasión propicia para separarse de México cuando ocupó la Presidencia de la República don Antonio López de Santa Anna que volvió a establecer el centralismo como sistema de gobierno, contradiciendo el federalismo practicado por el recién derrocado presidente don Valentín Gómez Farías.
El movimiento se presentó y Santa Anna salió a combatirlo, pero fue hecho prisionero. Le importó más salvar su vida que la patria y firmó un tratado por el cual Texas pasaba a pertenecer a los Estados Unidos, sin embargo, esto no satisfizo a los norteamericanos, quienes alegando cuestión de límites declararon la guerra a México. A pesar de los esfuerzos heroicos de los mexicanos por detener el avance de las tropas estadounidenses, se impuso el número, la disciplina, el armamento, las estrategias y la técnica de los norteamericanos que pronto se adueñaron de las principales plazas del país.
El heroísmo mexicano quedó demostrado en las plazas de Monterrey, Churubusco y Molino del Rey pero pese a todo, los invasores llegaron el 13 de septiembre de 1847 al Castillo de Chapultepec que estaba defendido por los jóvenes cadetes que, siendo apenas niños y adolescentes y habiendo sido conminados a refugiarse en sus hogares, decidieron hacer frente al invasor y defender a la Patria. Muchos de ellos murieron y otros fueron hechos prisioneros. Se distinguieron en especial los cadetes que hoy nombramos “Niños Héroes de Chapultepec”: Juan Escutia, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca, Juan de la Barrera y Francisco Márquez.
El día 14 fue izada la bandera norteamericana de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional. Poco después se firmó una capitulación por la cual México vendía a los Estados Unidos más de la mitad de su territorio en la ridícula suma de quince millones de pesos.
