(Tomado de Grandes anécdotas de la historia para todos los días del año, de W. B. Marsh y Bruce Carrick. Traducción de Félix Ramos Gamiño)
1914. En este día (7 de junio), después de cuatro siglos de deliberaciones y de 32 años de construcción intermitente, el Canal de Panamá dio paso a su primer barco, el transportador de concreto Cristóbal, a través de sus 51 millas de represas y esclusas que unen los océanos Pacífico y Atlántico por el Istmo de Panamá. A partir de esta fecha, los navíos podrán pasar de un océano a otro sin tener que navegar miles de millas extra hasta el extremo sur de América.
En el siglo XVI, el sacro emperador romano, Carlos V, había ordenado el estudio de un posible canal por dicha zona, a fin de reducir el tiempo y disminuir los peligros del traslado de oro desde Perú y Ecuador con rumbo a España, pero los trabajos nunca se iniciaron. Trescientos años después, el gobierno español estudió una vez más la idea, pero la abandonó una vez que contempló la problemática que representaban 50 inhóspitas millas de jungla y montañas.
En 1882, una compañía francesa, encabezada por el célebre Ferdinand de Lesseps, constructor del Canal de Suez, inició los trabajos en el istmo, que por entonces era parte de Colombia. En un lapso de ocho años, la aventura estaba a punto de irse a pique, con casi veinte mil trabajadores muertos por malaria o fiebre amarilla; con los costos de la construcción en constante ascenso por lo escabroso del terreno, y con la propia compañía involucrada en un escándalo de sobornos y corrupción, que amenazaba con la caída de la Tercera República Francesa.
Hacia fines del siglo, el gobierno de los Estados Unidos había captado cabalmente el valor estratégico del canal. En la guerra hispano-americana recién terminada, el barco de guerra Oregon había tardado dos meses en llegar, desde su puerto de salida en Seattle, hasta su lugar de combate en el Mar Caribe. Ante esta situación, el Congreso votó a favor de comprar la agonizante empresa Lesseps por 40 millones de dólares, y de pagar otros diez millones de dólares a Colombia por los derechos de construcción.
Cuando Colombia empezó a vacilar, y después rechazó la oferta, el presidente Teddy Roosevelt blandió su gran estaca. En 1903 envió un barco de guerra al istmo, “a fin de proteger las vidas de los americanos”; incitó a los panameños a declarar su independencia, y rápidamente reconoció al nuevo régimen. Sin el menor remordimiento por haber fomentado un levantamiento, Roosevelt atronó: “Estábamos lidiando con un gobierno de bandidos irresponsables. Yo estaba ya preparado para… tomar el istmo”. Y agregó entonces, con el mayor cinismo: “Pero consideré que, muy probablemente, pronto estallaría una revolución en Panamá”.
Los trabajos en el canal empezaron en 1904, y el presidente estaba muy al pendiente de ellos. El más grande problema que había que enfrentar en primer término era el de proteger a los trabajadores de las enfermedades producidas por los mosquitos y que había dado al traste con el esfuerzo francés. Cuando el médico responsable necesitó equipo especial para drenar los pantanos, Roosevelt se aseguró de que lo obtuviera de inmediato. En un lapso de dos años, la ruta del canal quedó relativamente libre de mosquitos. Después, al ver que el proceso de construcción avanzaba más lentamente de lo esperado, el presidente reemplazó a los dos civiles que estaban al frente por un ingeniero del ejército, de nombre George Goethals, que demostró ser el amo de todos los complejos retos que planteaba el inmenso proyecto.
El diseño final del canal siguió las ideas desarrolladas previamente por los franceses. El Río Chagres fue utilizado para la construcción de un lago artificial (en su momento, el más grande del mundo), y la electricidad generada por la presa alimentaba cinco enormes esclusas para elevar o bajar 85 pies (casi 30 metros) un navío. Empero, el reto más grande consistía en abrir un corte de diez millas a lo largo de la Montaña Culebra. Casi 40 mil trabajadores pusieron manos a la obra, y se utilizaron más de ocho y medio millones de kilogramos de dinamita para abrir el paso a través de la roca. Se necesitaron cuatro mil vagones para retirar el material excavado.
Finalmente, cuando el canal fue abierto a la navegación en 1914, había significado un costo de 350 millones de dólares, pero estaba 27 millones de dólares por abajo del presupuesto inicial. En la actualidad, 15,000 barcos utilizan este paso cada año, y tardan entre 15 y 20 horas, incluido el tiempo de espera. Cada uno paga una cuota según su tamaño, la más alta de las cuales ha sido de 141 mil 345 dólares, y la más barata, de 36 centavos de dólar, pagada en 1928 por Richard Halliburton, cuando nadó a través del canal.
