Indira Kempis
Estábamos en una reunión de la Consulta Pública que realiza el Instituto Municipal de Planeación Urbana (IMPLAN) San Pedro. Una de las aseveraciones generales, basadas en la percepción, remite con frecuencia a que la bicicleta es de uso exclusivo para quienes practican deporte. Es normal que se piense eso en una ciudad donde la movilidad urbana sustentable es todavía incipiente en la agenda pública. No obstante, aunque parezca lo contrario, el uso de la bicicleta tiene un origen fundamentalmente social.
Hablemos entonces de los costos en el transporte público que en la Zona Metropolitana de Monterrey oscila entre los 5.50 y 10 pesos (o los 4.50 pesos del metro). Uno de los motivos principales de desplazamiento es el llegar al trabajo. Lamentablemente, en una ciudad cuya densificación no ha permitido la cercanía de los puntos de casa y trabajo, hay quienes tienen que hacer hasta 3 traslados en autobús.
El uso de la bicicleta se ha convertido por esa razón en una alternativa para aquellos quienes no pueden gastar la mayor parte de su salario en el costo del transporte público. Más de una vez nos hemos encontrado con ciclistas urbanos que utilizan su bicicleta para trasladarse al trabajo. No usan casco ni guantes ni luces ni equipo especializado. Muchos de ellos, la mayoría hombres, son albañiles, plomeros, herreros. Los delata su pañoleta para el sudor, las botas del trabajo llenas de cemento, las herramientas que se asoman en la mochila. No son deportistas ni de bajo ni de alto rendimiento, algunos como los de municipio de Guadalupe, dejan estacionadas sus bicicletas en las puertas del metro.
Es importante que tengamos en cuenta que cada día, conforme incrementa el precio de los energéticos en el mundo, es menos costeable los traslados. Menos todavía si contamos con que las ciudades como la nuestra y como muchas en América Latina han creado macro-ciudades en lugar de micro-ciudades en las que se faciliten la movilidad primaria: de la casa al trabajo.
Por tanto, una de las alternativas que no sólo remiten a la sustentabilidad sino que con infraestructura adecuada y cultura vial también se puede contribuir a la reducción de la pobreza. De hecho, la misma bicicleta en algunas poblaciones de Oaxaca es utilizada para generar energía, lo que resulta en molinos o bombas que funcionan con el pedaleo.
Hay proyectos específicos en el mundo que se han dedicado a explorar el tema y ofrecer modelos de participación al respecto. Uno de ellos es Bicycles Against Poverty (BAP) http://www.bicyclesagainstpoverty.org/ cuya misión consiste en usar la bicicleta para incrementar la accesibilidad a recursos difíciles de conseguir (agua, salud, alimentos), facilitar la cooperación comunitaria y construir habilidades financieras para microempresarios. Este programa implementado en África ha logrado hacer una intersección en tema de la pobreza con la sustentabilidad. Una buena idea que lleva al ciclismo urbano como opción-solución más allá del deporte o el cuidado del medio ambiente.
