José Leal
En 1949, cuando Claude Shannon calculó sobre un trozo de papel que la librería del Congreso de los Estados Unidos mediría algo así como 100 trillones de bits, la primer interrogante en la vino a la mente de todos fue, naturalmente, ¿qué mide un bit? «Es la unidad que mide la información» dijo Shannon; hasta ese día nadie había imaginado que la información fuera siquiera cuantificable.
Desde entonces la cantidad de información ha crecido exponencialmente. Primero llegaron los kilobits, luego los bytes -compuestos de 8 bits- y con ellos los mega, giga, tera, peta y exa-bytes, y la cuenta no se detiene. Tan ubicuo como el metro, el gramo o el minuto, el bit no mide dimensiones espacio-temporales, sino a la información de cualquier tipo.
También los sistemas de almacenamiento y procesamiento de información han evolucionado de manera asombrosa. En 1970 IBM lanzó sus primeros dos ordenadores, el modelo 155 con 768 kilo-bytes, y el 165 con todo un mega-bytes de memoria. En gabinetes tan grandes como una habitación, estas computadoras se vendía por tan sólo cuatro millones y medio de dólares. Hacia fines del siglo XX ya se podía comprar un disco duro de un tera-byte de memoria con cien dólares, y el dispositivo cabía en la palma de la mano.
En 1998 Larry Page y Sergey Brin ensamblaron el primer prototipo de un motor de búsqueda al que llamaron BackRub y que después rebautizaron con el nombre de Google. Los motores de búsqueda, que entregan la información justo a tiempo a toda persona y lugar posible transformaron la antigua «supercarretera» de la información en la «nube» de la información.
Hoy la nube informacional flota sobre todos nosotros de manera espectral y amorfa, no está situada en un lugar en particular pero está en todas partes. libros, imágenes, correos, archivos biográficos, documentos secretos y hasta el dinero: todo se encuentra en esta meta-estructura que desafía los conceptos tradicionales de lejanía, invisibilidad, anonimato y privacidad.
Sin embargo el aspecto físico de la nube no podría ser menos celestial. Las «granjas» de servidores de Internet proliferan por el mundo dentro de edificios sin rótulos ni ventanas, equipados con sistemas autónomos de energía, torres de enfriamiento y kilómetros de cable. Centros de control y subestaciones, de los que depende la sociedad global y su memoria colectiva, se distribuyen y agrupan conforme a las necesidades de la economía informacional, como un organismo en rápida expansión.
