Indira Kempis

El pasado 22 de septiembre se celebró el Día Mundial sin Autos. En México, el Instituto de Políticas Públicas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP), así como diferentes colectivos ciudadanos de diversas ciudades del país como @hazciudad, @gdlenbici, @somosbicibles, @bicired @biciernagas, construyeron pequeños parques en los estacionamientos para autos. El evento se llamó parque (ando).
Habitantes de todas las edades, al menos en la experiencia sampetrina, quedaron sorprendidos ante lo que estaban viendo. Pasto natural sobre el asfalto sobre 4 cajones de estacionamiento. Libros, juegos, bicicletas estacionadas, un camastro, cojines. La tarde soleada de ese día se antojaba para sentarse y disfrutar del paisaje, aunque fuera a nivel de los autos.
Las reacciones de la gente no sólo fueron de sorpresa, también de enfado e indiferencia. Había automovilistas y personas que como si fueran autistas ni siquiera se percataban que había un parque frente o al lado de ellos. Igual, quienes en un afán de creer que las calles pertenecen a los autos mostraban su enojo por estar ocupando el espacio público.
Esta experiencia resultó positiva porque jóvenes y niños pudieron experimentar la importancia que tiene la calle como espacio público digno de usarse para actividades que permitan el encuentro, la convivencia, por ende, la cohesión social. No necesariamente todos los parques tienen que ser “verdes”, pero no cabe duda que ante la problemática de ausencia de cohesión social que nos enfrentamos, hacen falta sitios en los que el paseo, la conversación y la diversión nos encuentren.
Asimismo, los estacionamientos públicos sólo fueron una excusa lúdica para entender qué pasaría si por un día nos enfocáramos en alternativas para la movilidad urbana sustentable. La libertad en el uso de los espacios también tiene que ver con eso. En un estacionamiento exclusivo para un automóvil cabrían aproximadamente hasta 12 bicicletas o, como sucedió en esta ocasión, un parque para la convivencia social.
