Indira Kempis
La vida urbana crece con celeridad. Es relevante que cada vez más estudios muestran una clara tendencia al incremento de la población en las ciudades conforme pasa el tiempo. De ser esto así, pondría a prueba no sólo la infraestructura con la que se cuenta, también con la estructura institucional y política para dar respuesta a las demandas de los habitantes.
Ante el probable aumento de los problemas colectivos que esto supone, es importante saber qué es lo que queremos de nuestras ciudades. Sin llegar a la extrema fantasía, tendríamos que hacer una evaluación puntual de la realidad con una visión sobre lo que entendemos por ciudad, o al menos, aquellas características fundamentales para la sobrevivencia en ellas.
David Harvey, un geógrafo y teórico social británico, ha enunciado cuál es la importancia de dimensionar el espacio citadino en esa medida: “Si la ciudad, en todo caso, es el mundo que el hombre ha creado, es también el mundo en el que está condenado a vivir. Así, de manera indirecta y sin una conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al hacer la ciudad, el hombre se ha rehecho a sí mismo”, escribe en su artículo “El derecho a la ciudad”.
El autor nos explica que las ciudades poco se han caracterizado de estar libres de conflictos, “Basta leer la historia de la Comuna de París de 1871 o ver el retrato ficticio de las Bandas de Nuevas York de 1850 trazado por Scorsese para tomar consciencia de cuán lejos se ha llegado. Pero bastaría pensar, también, en la violencia que ha dividido Belfast, que ha destruido Beirut y Sarajevo, que ha sacudido Bombay y que ha alcanzado, incluso, a la “ciudad de los ángeles”. La calma y el civismo son la excepción, y no la regla, en la historia urbana”. A pesar de eso, el interés estriba en que esa ciudad que puede ser tan destructiva para las personas que la habitan, por igual puede tener una potencialidad creadora para catalizar sociedades sustentables y seguras.
Aunque en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU no se admite un derecho a la ciudad como tal, es digno de plantearnos la profunda reflexión sobre cuál sería nuestro derecho humano a la ciudad. Alejado de plantear utopías, el autor se dispone a disertar cuáles son los elementos para el cambio social que permitan materializarse en acciones concretas, sin dejar a un lado que son la indignación ante la injusticia y las ideas alternativas las que lo han inspirado. La actitud transformadora de una ciudad necesita, entonces, analizar los problemas, con una actitud crítica, tanto como resolverlos con una actitud propositiva. Sobre todo, en nuestras ciudades cuya característica común es la toma de decisiones concentrada en una pequeña élite de poder.
Por tanto, y no es coincidencia, que ante los fenómenos de movilización social en el mundo, existan ciudadanos y ciudadanas que se encuentran en ese proceso de defender su derecho a una calidad de vida citadina distinta. David Harvey, afirma: “La ciudad no es el simple derecho a acceder a lo que los especuladores de la propiedad y los funcionarios estatales han decidido, sino el derecho activo a hacer una ciudad diferente, a adecuarla un poco más a nuestros anhelos y a rehacernos también nosotros de acuerdo a una imagen diferente”.
