Ismael Vidales Delgado
En un pueblito del norte de México, hace muchos años, sólo había cinco carros, dos de ellos iban a la estación del tren a recoger pasajeros para llevarlos a la cabecera municipal que estaba a cinco kilómetros y por ese traslado cobraban dos pesos.
Don Miguelito, un anciano, el más pobre de los dos taxistas, apenas tenía para echar andar su destartalado cochecito modelo antiquísimo. Pero nunca dejaba de ir la estación del tren.
Un día en que sólo él había ido a la estación, recogió a un desconocido que olvidó en su coche una cartera con mucho dinero, se veía “gorda”, pero don Miguelito ni siquiera la abrió, fue directo a la posada a buscar a su dueño para devolverle su cartera.
Agradecido el pasajero, que no era otro sino el mismo Gobernador del Estado que viajaba de incógnito y sin escolta, abrió la cartera y le dijo: Mire buen hombre, tome lo que quiera. Cosa que rechazó don Miguelito.
Don Miguelito ya se retiraba, cuando el Gobernador sacó un montón de billetes y se los ofreció en recompensa. Don Miguelito los rechazó también. Entonces el Gobernador, con cierta dureza lanzó su cartera al suelo y le dijo en tono serio: ¡Tome entonces todo el dinero, es suyo, usted se lo encontró!
Don Miguelito, apenado, tomó los billetes que le había ofrecido anteriormente y le dijo al Gobernador: me va a disculpar, señor, ¿me podría decir su nombre?
-Para qué, gritó el Gobernador, ¿que no me conoce? ¡Soy el Gobernador del Estado!
-Muchas gracias, señor Gobernador, dijo don Miguelito, en su nombre hoy mismo repartiré este dinero a los niños pobres de la escuela… y sin más, salió a toda prisa del lugar porque ya casi era la hora de salida de los niños, y efectivamente, en el nombre del Gobernador, don Miguelito entregó el dinero al Director de la escuela. Aunque la escuela tiene nombre oficial, la gente todavía le llama “La escuela de don Miguelito”.
